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DIA DEL LECTOR

Ladrón de mi cerebro

“Así como un músico concreta sus sensaciones en sonidos y un pintor en formas y colores, yo tengo una mente literaria”. Así se definía Jorge Luis Borges que nacía un 24 de Agosto de 1899, 120 años después seguimos celebrando su nacimiento

JORGE LUIS BORGES / ARCHIVO DIARIO EL DIA

JORGE LUIS BORGES RECIBIENDO LA DISTINCIÓN DE VISITANTE ILUSTRE DE LA CIUDAD DE LA PLATA, DE MANOS DEL ENTONCES INTENDENTE CARLOS ALBERTI / ARCHIVO DIARIO EL DIA

JORGE LUIS BORGES / ARCHIVO DIARIO EL DIA

MARÍA KODAMA Y JORGE LUIS BORGES / ARCHIVO DIARIO EL DIA

JORGE LUIS BORGES / ARCHIVO DIARIO EL DIA

JORGE LUIS BORGES ES AGASAJADO EN EL CONSULADO ARGENTINO EN NUEVA YORK / ARCHIVO DIARIO EL DIA

Por Marcos Cantasano

Supo definir a la Ciudad de La Plata como: “Un lugar en donde tengo muchos amigos y gratos recuerdos, es una ciudad de llanura de la cual conservo una imagen visual que se remonta a 1955, o tal vez antes, cuando sus casas eran casi todas bajas como las del Buenos Aires de ayer. Hoy seguramente no debe ser así pues la mano del progreso la debe haber transformado. Recuerdo que era un sitio muy acogedor, de gente muy amable y culta. En definitiva, es un lugar enclavado en el sur, y el sur siempre me atrajo”.

Este hombre, a quien prácticamente no se le conoce otra vida más que sus libros y quien consideraba su propia vida como insignificante, ha sido y será objeto de muchas biografías. El autor que se deleitaba en escribir reseñas de libros que no existían se ha transformado en el tema central de libros que hablan de su aparente, monótona existencia como ensayista, editor, poeta y cuentista, de bibliotecario a profesor de literatura. La ironía envuelve todo aquello que tenga que ver con Borges, el escritor o el hombre.

Los hechos en la vida de Borges se pueden resumir brevemente: nació en 1899 en Buenos Aires, provino de una familia de gente muy culta aunque no muy adinerada; se educó en Argentina y Europa, volvió a su ciudad natal en 1921. La década del 30 marcó el comienzo de su carrera como escritor, aunque la repercusión de su trabajo en inglés no llegó hasta la década del 60. En los últimos años dictó seminarios y conferencias por el mundo, pero el lugar en dónde se sentía más a gusto era la sencilla soledad de su biblioteca.

Pasó la mayor parte de su vida en compañía de su madre viuda, quien le leía a medida que iba perdiendo la vista. Se casó por primera vez a los 68 años, con un amor de su infancia, pero se divorció tres años más tarde. Unas pocas semanas antes de morir, en 1986, se casó con su secretaria y acompañante, quien anteriormente había sido su alumna.

Borges desestimó la mayoría de los principales discursos literarios del siglo 20; exceptuando la avant-garde de su juventud, nunca tuvo en cuenta a los movimientos artísticos. Descartó la novela porque, desde su punto de vista, tiende a usar tipos psicológicos anormales que, eventualmente, se transforman en predecibles. Además, siempre aborreció los libros largos afirmando que había muchas hojas de Proust que eran tan tediosas como la vida misma.

En política, Borges era conservador, y como tal era rechazado por el marxismo, en teoría y práctica. Enemigo del sentimentalismo, rechazó la política y la poética de identidad cultural que dominó Latinoamérica durante tanto tiempo.

Hay mucho humor en Borges, junto con cierto capricho extravagante; por ejemplo, cuando proclamó que el cuento policial era la forma literaria más sublime o cuando exaltó a un escritor como Evaristo Carriego pero rechazó a Ortega y Gasset por su uso excesivo de las metáforas.

La estrategia más ampliamente desplegada de Borges fue su capacidad para ser conciso. No escribió una novela ni intentó erigir una doctrina filosófica. En lugar de eso produjo, de manera concisa y precisa, ensayos que se leían como cuentos y cuentos que se leían como ensayos. Creó un sub-género dentro de la ficción. Sus obras (fundamentalmente Ficciones, Laberintos y El Aleph) son como el montaje de diversas partes que parecen haber pertenecido a un todo alguna vez (pero un todo que sólo pudo haber existido como una forma de negación).

Si bien sintió nostalgia por las grandes creaciones como La Divina Comedia, estaba seguro que ese tipo de trabajo era imposible en el mundo moderno. Opinaba lo mismo de los complicados sistemas filosóficos, a los que consideraba el resultado de la arrogancia intelectual, cómica o trágicamente predestinados a fracasar, subproductos de nuestro descarriado anhelo de una utopía.

Entre los maestros del siglo 20, Borges está ubicado junto a Kafka por su orgullosa ironía y su resignado nihilismo. La fuerza más positiva en su universo es la imaginación, capaz de sondear el abismo de visiones efímeras pero intensas. La revelación y el conocimiento de sí mismo guía al trabajo de Borges, como en la tragedia clásica, hacía la muerte, como si la realización intelectual fuera una débil llama, una alucinación, provocada por la extinción de la propia identidad. En una ocasión, Borges escribió refiriéndose a Kafka: “Los incidentes en la vida de este autor no ofrecen mayor misterio que el de su relación con su extraordinario trabajo”. Seguramente, podría decirse lo mismo de Borges.

Borges sintió una extraña fascinación por las enciclopedias en sus comienzos, demostrando su predilección por la información catalogada en vez de la investigación. Le gustaba destacar, generalmente con humor, la arbitrariedad de las clasificaciones, y la enciclopedia era el emblema perfecto de su escepticismo. Así lo definió con contundencia e ironía: “Quienes elaboran el diccionario de la Real Academia Española son un grupo de desacreditados empeñados en que cada nueva edición sea más grande que la anterior”.

En un país como Argentina, donde abundan los seguidores de las distintas modas intelectuales y artísticas, Borges los rechazó a todos y, al mismo tiempo, se transformó en uno.

Una de las presas intelectuales más ricas de todos los tiempos, cada escritor quiso, quiere y querrá hincar sus dientes en un flanco particular de Jorge Luis Borges y tratar de parecerse mínimamente en este intelectual que supo atrapar (y lo sigue haciendo) el cerebro de varias generaciones de lectores.

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Desde el 2 de Marzo de 1884, fecha fundacional del Diario El Día y hasta la actualidad, funciona uno de los archivos más importantes de la Ciudad de La Plata.
En miles de hojas quedaron impregnados los hechos que fueron formando la opinión de la sociedad. Desde este espacio trataremos de abordar y rescatar, desde los más recónditos espacios del archivo, anécdotas, fotografías y noticias que han sido del pasado.

No olvidemos... Un archivo reconstruye la memoria de un pueblo.

Marcos Cantasano
Responsable del Archivo del Diario El Día

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