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The Truman vos

Cuchi Calderón

Por CUCHI CALDERÓN (*)

Fito Páez logró capturar, al inicio de la pandemia, un fenómeno novedoso. Mientras tocaba desde el living de su casa, una comunidad compartía, en simultáneo y desde distintas plataformas, una catarsis virtual. Descargos personales en el chat de YouTube, tendencia en Twitter, mensajes de ánimo en la pantalla de TV y una extraña sensación de unión ante la incertidumbre.

La atención a la pantalla ya era un tema de debate. La adicción digital, la conspiranoia y la detox de redes eran parte de la discusión. Lo que no se había puesto aún en escena era la imposibilidad de elegir. Se aceleró un proceso que nos instaló como espectadores 2.0 en un salto al vacío al consumo digital.

La demanda de contenido creció exponencialmente y la atomización también. La ilusión de que todo era posible de transmitir se concretó en lecturas y relecturas de la producción cultural a través de diversos canales: Zoom, Meet, hangouts se sumaron al vocabulario rápidamente. Los live titilaron con mayor frecuencia, los podcasts y las radios online crecieron en audiencia. Uno de los fenómenos más interesantes es el de Twitch, una plataforma que parecía reservada a los gamers y cambió su sentido. El sueño del propio canal cobró vida desde el cuarto de casa. Andy Warhol tenía razón, todos tendrán sus 15 minutos de fama. Le faltó predecir la locación.

Con el paso del tiempo, la ola de cantidad empezó a decantar y creció un tipo de espectador interesado en hacer un recorte y aportar monetariamente de ser necesario para satisfacer su deseo. Comunidades sosteniendo mediante suscripciones, aportes únicos o intervenciones aquello que desean ver por fuera de las grandes distribuidoras de contenidos. No es algo nuevo, pero creció considerablemente. Ya no sólo es el on-demand sino la alianza para respaldar una idea. El compromiso de pago incluye, hace parte y por supuesto establece códigos que cristalizan una identidad. Hay un leve corrimiento del foco, el espectador se vuelve dinámico, volátil y se percibe como “cliente” una vez que aporta. Exige una contraprestación que tiene que ver con un cuidado minucioso y artesanal por parte de quienes brindan contenido de cultura digital.

(*) Gestor cultural. Periodista

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