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Votos que hablan

Votos que hablan

Aunque el voto sea secreto, la boleta que depositamos en la urna habla de nosotros / Archivo

Por: SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

14 de Noviembre de 2021 | 05:53
Edición impresa

Considerado como el padre de la tragedia francesa, el dramaturgo y poeta Pierre Corneille (1606-1684), autor de clásicos teatrales como “Medea”, “El Cid”, “Horacio” y “Cinna”, entre otros que reflejaban con notable agudeza la realidad de su época, supo decir que “el que elige mal para sí, elige mal para el prójimo”. Por supuesto, Corneille no pensaba en aquella época, cuatro siglos atrás, en las elecciones legislativas que tienen lugar hoy en la Argentina. Pero su pensamiento es aplicable a la situación. Como advierte en su reciente y agudo ensayo “El mito del ciudadano ingenuo” Mónica Beatriz Borgna, especialista platense en filosofía del derecho y catedrática en la materia, quien a la hora de votar piensa ante todo en sí y mismo y en sus intereses personales no puede decirse engañado a la hora en que aquellos por quienes votó muestran que no fueron honestos en sus promesas proselitistas. Abundan, dice Borgna, quienes de la boca para afuera manifiestan una intención de voto que será tomada por quienes lo escuchen como honesta o correcta, pero en la urna depositan una boleta diferente, correspondiente a una convicción íntima que entienden inconfesable. “¿Por qué votan lo que votan si no creen que sea lo mejor para el bien común?”, se pregunta la autora. Y responde que lo hacen “por propia conveniencia o mezquinos intereses personales” que no exponen públicamente, mientras pretenden que aquellos a quienes votan tengan la conducta coherente que ellos no manifiestan como ciudadanos.

UNA ESPECIE A RESCATAR

Votar es mucho más que completar un casillero en la lista de deberes ciudadanos. Es un desafío al pensamiento crítico, especie en peligro de extinción. Este pensamiento es libre por excelencia, no está encadenado a creencias rígidas, a dogmas, a militancias, a obediencias debidas e indebidas. No sigue la corriente en busca de ventajas o pertenencias. En su libro “La segunda venida” el filósofo, poeta, ensayista y activista social italiano Franco “Bifo” Berardi señala que tal pensamiento no viene dado, que se adquiere, que es producto de una evolución tanto personal como social, y lo describe de este modo: “La facultad cognitiva que llamamos crítica es la capacidad del individuo para distinguir entre proposiciones verdaderas y falsas, así como entre actos buenos y malos, y solo se desarrolla bajo condiciones especiales”.

Se trata de un pensamiento que no está secuestrado por lo emocional, que no es reactivo, que hace una evaluación consciente y crítica de la información circundante, que no se traga sin digerir toda la chatarra tóxica que, bajo la forma de información, arrastran hoy las redes sociales y muchos portales supuestamente informativos. La actual tormenta de infoestimuación, advierte Berardi, “nubla la vista, y las personas terminan por envolverse en redes de autoconfirmación”. En ese contexto, insiste con acierto el ensayista italiano, el problema no es la nube venenosa de “fake news” bajo la cual vivimos y respiramos, “sino la descomposición de la mente crítica cuyos efectos incluyen la credulidad entre la muchedumbre y la agresividad autoconfirmatoria de la multitud”. Se hace circular cualquier cosa, apunta Berardi, nadie se toma el trabajo de verificar nada y así es como, por ejemplo, fue elegido Trump”. No solo Trump, por supuesto. Abundan los gobernantes y legisladores que le deben mucho, o todo, a la ausencia de pensamiento crítico a la hora de votar o de exigir rendición de cuentas a los votados.

Quien abandona, por pereza mental, por especulaciones espurias o por fanatismo el ejercicio del pensamiento crítico resigna aquella que el filósofo alemán Emanuel Kant (1724-1804), una de las grandes mentes de las Ilustración, consideraba como la más básica de las libertades humanas: la libertad de pensar, de hacerlo por cuenta propia. Solo quien se atreve a correr ese riesgo es verdaderamente libre. Porque la libertad no consiste en la posibilidad de hacer lo que a uno se le antoja, en verse libre de obstáculos (naturales, sociales, legales) o en transgredirlos o burlarlos, sino en comprender que, precisamente porque somos seres sociales y vivimos entre otros, con otros, no se puede todo, lo cual nos pone ante la obligación de elegir. Si mandara el deseo y todo se pudiera no habría necesidad de elegir. Como consecuencia, elegir es resignar. No puedo todo. ¿Qué camino seguiré y cuál no, qué tomaré y que dejaré? Esto me enfrenta a la responsabilidad. Cualquiera sea mi elección (no elegir es también una elección), ella tendrá consecuencias. Algunas de esas consecuencias son previsibles, otras no. Pero no hay acción, palabra, silencio o inacción que no tenga efectos. El solo hecho de existir genera consecuencias. Y estas no solo afectan a quien toma la decisión, sino también a otros, porque vivimos relacionados, sea en la pareja, la familia, el barrio, el trabajo, la comunidad en cualquiera de sus formas. Somos partes de un todo que es más que la suma de sus partes. De ahí la verdad que aletea en la frase de Corneille: “El que elige mal para sí, elige mal para el prójimo”. Y esto es aplicable a todas las elecciones humanas.

EL ANZUELO DEL MIEDO

No solamente en nuestro país, sino en casi todos, el proselitismo y el marketing electoral apuntan a anular el pensamiento crítico y a estimular el voto emocional. Esto se refuerza en situaciones de crisis, y más aun cuando las crisis son prolongadas. En el libro “Ceguera moral”, producido en coautoría con el filósofo y politólogo lituano Leónidas Donskis (1962-2016), el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) apunta que “vivir en condiciones de incertidumbre prolongada y aparentemente incurable augura dos sensaciones igualmente humillantes: la ignorancia (no saber qué deparará el futuro) y la impotencia (ser incapaces de influir en su curso)”. En ese contexto, observa Bauman, un número cada vez mayor de personas estaría dispuesta a entregar una parte sustancial de su libertad a cambio de poder olvidar “el espectro aterrador de la inseguridad existencial”. La situación es propicia para quienes ofrezcan falsas seguridades, futuros incomprobables y otras promociones. “La incertidumbre y la vulnerabilidad humanas constituyen las bases de cualquier poder político”, indica Bauman. Prometer protección contra esas “hermanas siamesas” (como él las llama) y contra el miedo y la ansiedad que ellas provocan ha bastado una y otra vez para generar la obediencia de los ciudadanos y el apoyo electoral, concluye este pensador.

Por su parte el político y educador estadounidense William Bulger (que como representante del partido Demócrata presidió durante dieciocho años, cifra récord, el senado de Massachussets) comparte algo que aprendió durante su carrera: “No hay mejor medida de lo que una persona es que lo que hace cuando tiene completa libertad de elegir”. De manera que, aunque el voto sea secreto, la boleta que depositamos en la urna habla de nosotros.

 

(*) Escritor y ensayista, su último libro es "La ira de los varones"

 

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