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Charlene: la princesa triste que se ausenta de Mónaco

Hace siete meses que la esposa del príncipe reinante Alberto II está viviendo en Sudáfrica, alejada de sus hijos. Se supone que la afligen temas de salud, pero los rumores insinúan otra cosa

Charlene: la princesa triste que se ausenta de Mónaco

Alberto y Charlene en la boda de Victoria de Suecia

Por: VIRGINIA BLONDEAU
vivirbien@eldia.com

19 de Septiembre de 2021 | 10:01
Edición impresa

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real.

Con estos versos extraídos al azar del poema “Sonatina” de Rubén Darío (poeta nicaragüense, 1897-1916) evocamos a la lánguida Charlene, nacida Wittstock y hoy princesa Charlene, consorte del príncipe reinante Alberto II de Mónaco.

Aunque ella misma se ha encargado de decir que es la mujer más feliz del universo, a nosotros siempre nos pareció una chica triste. Como si sus palabras dijeran una cosa y sus ojos, su actitud y su media sonrisa, dijera otra. Y para colmo no nos parece una tristeza melancólica, romántica, fruto de un mal amor sino más bien una tristeza sosa, como si estuviera en un permanente estado de desesperado aburrimiento. En toda su historia en el principado solo los animalitos y sus hijos le han sacado una sonrisa genuina.

Si hoy evocamos a Charlene y a Alberto es porque, una vez más, están en el ojo de huracán. Y es que la última vez en que se la vio a ella por Mónaco con su marido fue el 9 de febrero pasado en un acto en el Yacht Club. Ya por esa época había generado cierta controversia su corte de pelo: un rapado irregular modernísimo pero muy poco adecuado para una princesa de más de 40 años. Y todos (en especial todas) sabemos que los cambios drásticos en el pelo son un reflejo de lo que a la cabeza le pasa por dentro.

La familia Grimaldi en la última visita a Sudáfrica

Antes de analizar la actualidad vamos a recordar los comienzos de esta historia de amor. Charlene y Alberto se conocieron en los Juegos Olímpicos de Sidney, en 2000. Ella tenía 22 años y estaba participando como nadadora por Sudáfrica, el país de adopción de ella y su familia, oriunda de Zimbabue. Él aún era príncipe heredero y estaba allí como miembro del Comité Olímpico. Es posible que se hayan vuelto a encontrar en los Juegos de Atenas de 2004 pero, por lo menos hasta 2006, no se los vio en “plan pareja”. Ellos, siempre tan olímpicos, “oficializaron” el noviazgo en los juegos de Inviernos de Turín de ese mismo año. A esa altura Rainiero ya se había muerto, Alberto era príncipe reinante y había reconocido a dos hijos de dos relaciones esporádicas y poco convenientes. Pero, a sus 48 años, no tenía ni esposa ni heredero.

Pasaron los años, Charlene se mudó a Mónaco, y se la podía ver junto a Alberto y cercana a las princesas Carolina y Estefanía, dos mujeres bravas muy acostumbradas a ejercer de primeras damas y a las que no quisiéramos tener de cuñadas.

El mundo supo que Charlene no era una más entre las cientos de novias que había tenido Alberto (y novios, según rumores que lo acompañaron a lo largo de toda su vida adulta) cuando el 19 de junio de 2010 fueron juntos y del brazo a la boda real de la princesa Victoria de Suecia en Estocolmo. Era la primera vez que un monarca aparecía con una novia en un acontecimiento tan importante. Para el protocolo “royal” las novias y los novios “no existen”; solo tienen estatus los prometidos o prometidas y los cónyuges. Pero claro… los reyes de Suecia se lo permitieron porque sabían algo que nosotros desconocíamos: que cuatro días después anunciarían con bombas y platillos su compromiso matrimonial.

Charlene comenzó a hacerse retoques estéticos en su rostro que, a sus 32 años, no necesitaba

 

Todo era alegría. Por fin Mónaco volvía a tener una “Grace” tan rubia como la anterior, igualmente extranjera, joven y de buena familia. Las similitudes solo fueron estas y de ahí para adelante, todas diferencias.

La boda religiosa se anunció para el 2 de julio de 2011, un día después de la ceremonia civil. Casi en paralelo Charlene comenzó a hacerse tratamientos estéticos en su rostro que, a sus 32 años, no necesitaba y que le profundizaron aún más el rictus entre rígido y melancólico que la caracteriza. Le pidió a Giorgio Armani que la ayudara a crear un estilo minimalista y monocromático tanto para sus actos oficiales como para su vestido de novia. En cada aparición se la veía más sofisticada aunque sin la dulzura de Grace quien, aunque le decían al principio “la princesa de hielo”, el sol del Mediterráneo había logrado descongelarla hasta convertirla en pura calidez y sonrisas.

La tarjeta de felicitación por las Pascuas de Alberto y Charlene

No sabemos las razones pero la prensa amarilla comenzó a mostrarla como una prometida inconforme a la que Alberto le había retenido el pasaporte para que no pudiera huir a Sudáfrica. Ellos se cansaron de desmentirlo y aclarar que los viajes a París y sus visitas a la embajada sudafricana se debían a la compra de su ajuar y trámites de la ciudadanía. Pero hasta el día de hoy la prensa la sigue llamando “la novia fugitiva”. Todo podría ser pero lo cierto es que Charlene y Alberto convivían desde hacía años de modo que si ella aceptó comprometerse y casarse fue porque lo deseaba. Además se conocían lo suficiente como para saber a qué atenerse. Mucho más difícil la había tenido Grace que conoció a Rainiero en mayo de 1955 y al año, después de un noviazgo a distancia, estaba casada y embarazada. Es esta la primera de las diferencias entre boda y boda. La otra es la profecía no cumplida de que los miembros de las casas reales, que habían ninguneado a Grace y a Rainiero, tampoco iban a asistir a este enlace. Nada más alejado: menos los españoles todos asistieron con sus mejores galas a los tres días de celebraciones y se mostraron encantados arropando a la pareja.

Charlene lloró hasta lo indecible en su boda y Alberto tuvo que consolarla en más de una oportunidad. Lo que en otros se pudo haber considerado emoción, en ella, que ya se había ganado la fama de víctima, se consideró angustia. Tampoco ayudó a las sospechas que en su luna de miel en Sudáfrica hayan tenido que dormir algunos días separados ya que Alberto aprovechó para cumplir con compromisos del Comité Olímpico Internacional.

Así comenzó el matrimonio… sin buenos augurios pero con muchas esperanzas. Sobre todo esperanzas de que pronto llegaran los hijos. Pero los Bailes de la Cruz Roja y los GranPrix de Formula 1 pasaban y Charlene aparecía cada vez con el rostro más terso pero por el botox.

Sus apariciones también se hicieron menos frecuentes y las críticas arreciaron. No solo no cumplía con su papel institucional sino que no era capaz de darle al principado un heredero, decían, como si fuera ella la culpable. Supimos finalmente que sus ausencias estaban justificadas y su cara agotada también: se estaba sometiendo a tratamientos de fertilidad que, por fin, dieron su fruto: el 10 de diciembre de 2014 nacieron los mellizos Jaime y Gabriela y la princesa volvió a sonreír.

Charlene nunca se prodigó mucho. Nada que ver con Grace que era una figura muy presente en el principado. Alberto siguió yendo solo o con sus hermanas a casi todos los actos y mucho más si eran en el extranjero. Pero poco a poco Mónaco se fue acostumbrado a su princesa ausente así que no llamó enseguida la atención que durante febrero y marzo solo hubiera una foto de ella… y en Sudáfrica.

La última foto de la pareja, en Sudafrica

Como dijimos antes, la última vez que se la vio en Mónaco fue el 9 de febrero. En marzo, en un comunicado de su fundación, expresó su sentir por la muerte del rey zulú Goodwill Zwelithini y pocos días más tarde viajó a Sudáfrica para los funerales. Para Pascua la pareja envió una tarjeta muy simpática de salutación con una foto que, ahora, se duda que haya sido actual porque, aparentemente, nunca había vuelto de Sudáfrica en donde estaba realizando una campaña para salvar rinocerontes. Mientras tanto Alberto y sus mellicitos, Jaime y Gabriela, cumplían con una agenda bastante tupida en el principado.

¿Y dónde está Charlene? empezaron a preguntarse los monegascos en mayo. Ante los rumores, el palacio dio a conocer la noticia de que la princesa debía permanecer en Sudáfrica por motivos de salud. Su marido y los niños viajaron a visitarla un fin de semana y fue la propia princesa la que recibió a los periodistas para desmentir rumores de crisis en su matrimonio. “Este año será el primero en que no estaré con mi marido en nuestro aniversario en julio, lo que es difícil y me entristece. Sin embargo, Alberto y yo no teníamos otra opción que seguir las instrucciones del equipo médico, a pesar de que resulte difícil. Él está siendo un apoyo increíble. Mis conversaciones diarias con Alberto y con los niños me ayudan inmensamente a mantener el ánimo, pero echo de menos estar con ellos. Fue especial que mi familia me visitara en Sudáfrica y fue realmente maravilloso verles. No puedo esperar a reencontrarme con ellos”.

La estadía de la princesa en su país de origen está justificada: se operó de la boca

 

La estadía de la princesa en su país de origen está perfectamente justificada. Aparentemente se operó de la boca para hacerse un implante y no tuvo en cuenta que es peligroso viajar en avión luego de una intervención así. Cuando llegó a Sudáfrica, el dolor era tan intenso que tuvo que hacer una consulta y someterse a tres nuevas intervenciones quirúrgicas, una de ellas de urgencia. Alberto y los niños fueron a visitarla nuevamente en agosto y realizaron una sesión de fotos tan poco espontánea que, en lugar de callar los rumores, los intensificó.

Sellos conmemorativos con motivo del décimo aniversario de boda

Charlene, por el momento, tiene contraindicado volar porque la diferencia de altura la descompensaría y podría causarle trastornos en el sistema auditivo. No se la espera en Mónaco hasta fines de octubre y es posible que una vez allí se acoja a una larga convalecencia. Será por largo tiempo una princesa de redes sociales, en las que sí se muestra activa. Podríamos preguntarnos por qué su marido y los niños no se han instalado en Sudáfrica durante las vacaciones de verano, o por qué no viajan, por lo menos, fin de semana por medio. Pero no tendremos respuesta. Ambos solo insisten en que no hay crisis matrimonial, que ella no se fue enojada y que no ven la hora de estar juntos y felices. Pero mientras tanto se vieron dos veces en siete meses.

Esperamos desde estas páginas que la princesa pronto se recupere, que se reencuentre con sus amores y que no esté triste como la del poema de Rubén Darío.

 

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