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“Había mucho amor por la Universidad”

María Celia Agudo de Córsico y Hugo Raúl Satas, coautores de un libro que rescata los ideales de los estudiantes y docentes de la década del 40 en la Ciudad. La influencia de Fattone, Borges, Mastronardi y Henríquez Ureña. La lucha de los reformistas contra el nazifascismo

20 de Julio de 2014 | 00:00

Por MARCELO ORTALE

“Había mucho amor por la Universidad. Nosotros creíamos en el ideal de la Reforma, en lo que ella significaba de reparaciones en lo social y de defensa de lo ético en lo privado. Claro que sí, fuimos reformistas”, dice María Celia Agudo de Córsico, profesora e investigadora en educación de la Universidad Nacional de La Plata, en la de Buenos Aires y en muchas casas de altos estudios de América del Sur y en la de Minnesota (Estados Unidos).

Junto a ella se encuentra Hugo Raúl Satas, profesor e investigador en Historia, con una también vasta trayectoria en la UNLP , en los colegios Nacional y Liceo Víctor Mercante y como titular de cátedras en universidades y colegios del interior.

Lo que los une es que ambos decidieron escribir juntos un libro –”Ideales: aquellos jóvenes que buscaban a sus maestros”- una especie de “Juvenilia” platense, que apunta a rescatar los ideales y modos de obrar de los jóvenes estudiantes de las décadas del 40 y el 50. “Muchos de esos jóvenes ya han desaparecido físicamente. Sin embargo, vivieron lo suficiente como para dejar testimonio de sus ideales y de sus aspiraciones juveniles”, dice Agudo. Otros dejaron la ciudad y están radicados en otras ciudades, en Europa o en los Estados Unidos, aunque siempre volvieron a La Plata. Ese libro acaba de ser presentado en el salón del Círculo de Periodistas bonaerense y circulará pronto en las librerías.

La parte troncal de la obra se le debe a María Celia Agudo. Y al profesor Satas le corresponde un capítulo entero dedicado a la creación y a las actividades que desplegó entonces el recordado Cine Club La Plata, surgido como corolario de que “el mayor atractivo para la sociedad platense allá por la Segunda Guerra era la ida al cine”. Poco tiempo después, nuestra ciudad brindó sus salas a producciones de De Sica, Rossellini, Fellini, Visconti, René Clement, cuando estaban en pleno funcionamiento los cines Astro, Mayo, el Rocha, el San Martín, el Select, el Paris y en los barrios el Eden Palace, el Sarmiento y el Princesa, entre muchos otros.

El Cine Club surgió de la inspiración de Moneo Sanz y tuvo entre sus mentores a Satas, César Cortelezzi, Alfredo Linares y Harold Teijeiro. Allí se proyectaron las películas de Bergman y Sjoberg y junto a él se desarrolló la Cátedra de Enseñanza Libre, que fue una tribuna estudiantil de batalla contra el nazifascismo en la Argentina y de rebeldía frente al gobierno militar surgido en la revolución del 43.

La Cátedra de Enseñanza Libre fue inspiración de Agudo y estuvo formada originalmente por ella, Satas, Arnaldo Calveyra, Rubén Córsico, César Cortelezzi, Armando Delucchi, José Miguel Mussacchio y Saúl Yurquievich.

Satas dice que cuando Perón accede democráticamente al poder en 1946 “su principal finalidad en el aspecto educativo fue la de optar por docentes ajustados al nuevo giro político. Lo que se buscó fue anular el espíritu antiperonista de sus maestros y alumnos”.

LOS MAESTROS

¿Quiénes fueron aquellos hombres resplandecientes, los maestros que buscaban los jóvenes platenses? El primer nombre que aparece es el del filósofo Vicente Fatone. “Era ya figura prestigiosa de la intelectualidad argentina cuando vino a La Plata, donde hasta 1946 dictó la materia Historia de las Religiones en la facultad de Humanidades”.

Sigue el de Pedro Henríquez Ureña –”para mí, un ejemplo”, dice Satas-. O aparece el del ensayista Arturo Marasso. “Y no olvidemos a Eugenio Puciarelli”, dice Agudo. Y los dos Romero, Francisco el filósofo y José Luis, el historiador.

Y el poeta Carlos Mastronardi. Y el físico Rafael Grinfeld, a quien los estudiantes platenses defendieron cuando fue separado de su cargo por razones políticas en 1946. Y el de Abrahan Rossenvasser, el egiptólogo “que le enseñó en Londres a tomar mate a todos los egiptólogos del mundo”. Y el historiador Tulio Halperín Donghi. Y el escritor Jorge Luis Borges, que “en aquellas épocas vino a La Plata muchas veces atraído por el espíritu libertario de los jóvenes universitarios”.

De Borges recuerda Agudo en su libro varias anécdotas. Menciona la “infinita amplitud y humildad” del escritor. Dice que venía muchas veces acompañado por distintas mujeres intelectuales –Margarita Guerrero, Emma Risso Platero, Bettina Edelberg- y que le gustaban mucho los juegos de ingenio, en los que se trataba de formular una pregunta a todo un grupo y que cada uno contestara por escrito. “En dos ocasiones tuve la suerte de escribir preguntas. Una de ellas fue ¿Dónde estará la llave del reino de los cielos? Y Borges contestó: “En todos los bolsillos”. La otra pregunta que recuerdo era “¿Qué es la gloria del mundo”. Y Borges tenía su respuesta, que rezaba: “Un castillo de cenizas”.

Para Agudo haber visto y conocido a Borges es “como haber contemplado una de las maravillas de la naturaleza o de la humanidad, sean las Cataratas del Iguazú o las Pirámides de Egipto”. Eso era, agrega, “el contacto con Borges, la experiencia de escucharlo pensar, su hondura como lector, la sabiduría de sus respuestas”.

Los dos coinciden en que el libro que ahora escribieron busca rescatar aquella juventud maravillosa. Satas incorpora datos llamativos: “para mí La Plata significa una forma de vida muy influenciada por el Colegio Nacional y por la Segunda Guerra Mundial, que dividió a la población entre nazifascistas y democráticos”

Hay matices, interpretaciones diversas. “En algún sentido nuestra generación fracasó, porque no pudo imponer sus ideales”, dice Agudo. En cambio, Satas se resiste y dice que “cada vez que me encuentro con un alumno que me saluda y también agradece, siento que no hemos fracasado”.

¿Están de acuerdo con este sistema de ingreso a la Universidad o proponen que haya exámenes de ingreso? Agudo dice que “lo que yo defiendo es la capacitación del aspirante a ingresar, para que llegue a la Universidad con el nivel que hace falta”.

Satas se muestra más expresivo: “Yo quiero el examen de ingreso. Cuando dicen que el examen es elitista, yo les digo que tuve que rendir examen y que sólo me pude preparar tres días. No tomé clases particulares ni nada de eso. Yo era un joven que había nacido y vivido en Entre Ríos”.

¿Qué sienten por haber escrito este libro de memorias estudiantiles? Agudo responde: “es como una estudiantina que hacía falta en La Plata, creo. Y siento un gran alivio, que es el de haber podido rescatar ese pasado en el que disfruté la compañía de personas maravillosas. Es saber que ese tiempo no se perdió, que ninguno de ellos pasó en vano por la vida”

Satas responde en términos similares, pero agrega: “para mí este libro es el honor que siento de haber sido convocado por Celia para que colaborara”.

Conocidos por sus cátedras, por sus libros, por su larga trayectoria universitaria, queridos por sus alumnos y colegas, ambos quedan definidos en este párrafo que figura en la introducción del libro que escribieron: “Sabíamos que la Reforma, nacida en Córdoba, se había expandido de tal modo hasta configurar un gran movimiento emancipador de la inteligencia americana. Aunque surgida en las aulas, sus valores representan un compromiso con la vida...El estudiante reformista en las aulas, debe serlo también como ciudadano. De lo contrario, sería sólo un falsario”.

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Hablar con Agudo de Córsico y con Satas en una reposada casa de la avenida 44, sentir lo que dicen desde la hondura de sus vidas, es comprobar, de una manera íntima, muy coloquial, que ninguno de los dos defraudó a su propia juventud, que ambos siguen vivos y luchando en el camino de la sabiduría y del compromiso que asumieron como ciudadanos.

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