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Venganza y codicia en un paisaje salvaje y peligroso

6 de Septiembre de 2014 | 00:00

Por alejandro castañeda

EL ARDOR, de Pablo Fendrik.- Western latinoamericano, con un mexicano una brasileña y unos argentinos animando una trama densa y salvaje en medio de un verdor feroz que está a punto de caer bajo el avance del poder y la codicia. Historia de venganza con un solitario que viene de la nada a salvar todo. Sangre y acción en un escenario donde la naturaleza y sus pocas armas lucha como puede para no ser arrasada. Con toques místicos (el tigre defiende su hábitat y protege a quienes se resisten a entregarlo) y bellas imágenes, un film parsimonioso, desparejo, lacónico que pone al progreso y al poder como agentes destructivos y que convierte a sus desamparados pobladores en parte esencial de un entramado donde los rugidos, los árboles, los arroyos y la bruma van interponiéndose a su manera a la marcha de los depredadores. Le falta más rigor, hay demasiadas caídas en el efectismo y, al final, lo inverosímil y un par de clishes mal puestos le quitan potencia. Pero es un cine distinto, que explora otros territorios, que asume la textura de su ambiente y que busca la moraleja entre los rasgos amenazantes de un paisaje americano que suele ser al mismo tiempo bendición y condena. (*** BUENA).

HOMENAJE A FELLINI

QUE EXTRAÑO LLAMARSE FEDERICO, de Ettore Scola.- Es –trata de ser- una evocación sobre Federico Fellini, pero Fellini aparece sólo cinco minutos. El resto son escenas trabajosamente reconstruidas y unos pocos testimonios recogidos de apuro. El que lo hizo es otro grande del cine italiano: Ettore Scola (“Nos habíamos amado tanto”, “Un día muy particular”) que a esta altura parece haber perdido la vitalidad y el aliento emotivo de sus mejores años. A falta de imágenes reales, el film tiene un par de actores para que hagan de Fellini. Pero todo huele a falso.

Scola y Fellini compartieron algo más que el cine: fueron redactores de la revista satírica Marco Aurelio, de allí saltaron a la pantalla grande y terminaron siendo entrañables compañeros de insomnio en la noche romana. Hay pocos datos de interés. Y Scola apela a largas entrevistas de ficción para permitir que el falso Fellini deje declaraciones sobre la impronta de su arte y de su vida. Pero todo es muy impostado, muy de entrecasa, de poca consistencia y menos naturalidad. Vale, por supuesto, como el homenaje de un amigo entrañable. Y por suerte están Sordi, Tognazzi, Gassman, Giulietta para preludiar una cabalgata final donde surgen como imborrables fogonazos momentos de algunos de los grandes films de este gran mentiroso que le insufló fantasía, inspiración y grandeza a su vida y a su incomparable obra. (** REGULAR)

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