

Ramón Gómez de la Serna
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Hombres y mujeres que sienten necesidad de fijar posiciones antes de morir Pág.2
Ramón Gómez de la Serna
Por MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar
Dramáticas unas, jocosas otras. Desoladas, cuando quien las pronuncia ve llegar el fin de la existencia o, en otros casos, esperanzadas porque sienten que empieza la otra vida. Descreídas, ante la debilidad de la condición humana o imperativas como la voz de alguien que quiere dar batalla. Inflamadas de patriotismo o agotadas por el aburrimiento de vivir.
Como si formaran parte de un género literario inclasificable y desorbitado, las últimas palabras –las que pronuncian las personas a punto de morir- conforman para la historia una suerte de exasperado patrimonio humano, necesitado de transmitir un legado a los tiempos y a los espacios.
En realidad, se trata de una suerte de literatura aforística, involuntariamente sentenciosa, a veces moralizante, a veces humorística y siempre rica en contenidos, surgida del caldero de voces agonizantes, de hombres y mujeres que sienten la necesidad de saludar al universo del cual se alejan.
En esto las últimas palabras tienen alguna similitud con las desaparecidas hoy –y antes muy populares- greguerías, creadas en las primeras décadas del siglo pasado por el heterodoxo escritor español Ramón Gómez de la Serna.
Frases breves, con mucho de idealismo y de surrealismo que buscaban compendiar en pocas palabras una escena. “Lo más lindo de la huerta es ver cómo duermen la siesta los melones”, escribía Ramón. Y los diarios de todo el mundo lo publicaban con avidez.
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O estas otras: “El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”; “Los globos de los niños van por la calle muertos de miedo” o “La gallina está cansada de ir a la comisaría a denunciar que le roban los huevos”.
Pocos saben que durante la Guerra Civil española Gómez de la Serna vino a vivir a Buenos Aires y que en su estadía había descubierto a nuestra ciudad, enamorándose de La Plata.
Así que Don Ramón se instalaba en el American Bar, que estaba por 7 entre 54 y 55, pedía un café y extraía del bolsillo interior de su saco varias lapiceras cargadas con tintas de distintos colores, y así gestaba sus flamantes greguerías, la primera en tinta roja y después venían en naranja, amarillo, verde, cian, azul y violeta. Sorbía del pocillo y escribía entonces: “El arcoíris es la cinta que se pone la Naturaleza después de haberse lavado la cabeza”.
No debe haber en la historia argentina últimas palabras más elocuentes que las de Manuel Belgrano. Según la leyenda dominante, fueron sólo tres y no hicieron falta más: “Ay Patria mía...”
Para el Instituto Belgraniano de Tucumán, la expresión completa que le dijo a su médico Manuel Castro fue: “Pensaba en la eternidad adonde voy y en la tierra querida que dejo. Espero que los buenos ciudadanos trabajarán para remediar sus desgracias”, para rematar por último con el “Ay Patria mía”. Hacia esta versión –el de las solas tres palabras emblemáticas- también se inclina el Instituto Belgraniano de La Plata, presidido por Juan José Terry.
“No le dará ningún trabajo: tengo el cuello muy fino”, Ana Bolena, a su verdugo
El historiador Enrique de Gandía ofrece una variante. Atribulado por la guerra civil que anarquizaba al país, Belgrano habría dicho: “Si es necesaria mi vida para asegurar el orden público aquí está mi pecho: Quítenmela”... seguido del “¡Ay patria mía!”
José María Paz, el militar tan bueno con la espada como con la pluma, fue el primero en decir que la muerte de Belgrano, al margen de las enfermedades que lo aquejaban, respondió a un motivo ético, consistente en su aversión a la guerra civil. Ese penoso sentimiento, escribió, es el que le hace decir el “Ay Patria mía”, una expresión que ha servido desde entonces como un extendido lamento por los extravíos de nuestra política.
En cambio, treinta años después nuestro prócer más parco y esencial, José de San Martín, sintió dos horas antes que la muerte tocaba en las puertas de su casa en Francia y le dijo a su hija Merceditas: “C´et l´orage que mene au port” –Es la tormenta que lleva al puerto- en francés. Otras versiones aseguran que la frase, traducida, decía: “Es la tormenta que arriba al puerto”. Al puerto del ostracismo y del olvido, al que lo había confinado la ingratitud de sus compatriotas.
Claro que también hubieron últimas palabras divertidas. En su ensayo “Contra esto y aquello”, Miguel de Unamuno rescata los momentos finales de Ventura de la Vega, catedrático y académico argentino, que se había radicado desde jovencito en España.
Entre otros saberes, el hombre era la mayor autoridad existente en la Península en cuanto a conocimientos sobre el Dante y su obra cumbre, La Divina Comedia. Centenares de horas de clase y muchas conferencias daban fe de eso.
“Aquí en España hizo fortuna hace muchos años una frase brutal atribuida a Ventura de la Vega...”, comienza el relato unamuniano. Ocurre que, al sentirse morir, el académico convocó a toda su familia a su habitación de agonizante y de pronto, ante la lógica expectación y silencio existentes, De la Vega se incorporó apenas del lecho y expresó: “Hijos míos...¡me jode el Dante!”, para expirar de inmediato.
Unamuno, en cambio, no pudo sonreir al final. Fiel a su destino trágico, en 1936, cuando se iniciaba la guerra civil en su patria, se encontraba descansando frente a la chimenea encendida de su casa y de pronto se le oyeron decir estas últimas palabras: “¡España no puede perderse...!”. El escritor golpeó al mismo tiempo una mesa cercana y su corazón dejó de latir.
“¡Mi caballo! ¡Tráiganme mi caballo! “ pidió José Gervasio Artigas en su última expresión terrena. “He arado en el mar”, dijo a su vez Simón Bolívar en su lecho. “No le dará ningún trabajo: tengo el cuello muy fino” le avisó a su verdugo la cortés Ana Bolena, ex-esposa de Enrique VIII, antes de morir decapitada.
Un gran campeón francés de ciclismo, Jacques Anquetil, fue visitado en el hospital donde agonizaba , por su clásico rival, Raymond Poulidor. Poco antes de entrar en coma, Anquetil le dijo: “Te he vuelto a ganar: me voy antes que tu”.
Pedidos, recomendaciones, insultos, arrepentimientos, desconciertos, miedos, esperanzas, todo el espectro de los sentimientos y pasiones desfila en las últimas palabras de hombres y mujeres. Frente al gran enigma de la otra orilla, hay vacilaciones y dudas, pero también laten en esos mensajes el coraje y el estoicismo humanos.
Mas flemático que muchos, después de haber salvado a Gran Bretaña de los ataques de Hitler, de haber pintado cuadros y fumado centenares de puros, Winston Churchill –hoy convertido nuevamente en líder, pero de las pantallas, por el drama “El instante más oscuro”- en la hora postrera revalidó su mordacidad.
A los 90 años de edad, luego de haber participado en tres grandes guerras y de haber ocupado seis décadas como líder universal, pocos segundos antes de morir dijo esta frase postrera: “¡Todo es tan aburrido!”
Ramón Gómez de la Serna
Manuel Belgrano
Winston Churchill
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