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NICOLÁS J. PAPALÍA (*)
Estoy soltero. Hace casi tres años que corté con mi ex y, desde entonces, me he sumergido en el tenebroso mundo de las citas on line por el que, inevitablemente, atravesamos quienes estamos en búsqueda de una relación, ya sea ocasional, por un tiempo o con el proyecto (que aún se resiste) del “para toda la vida”. Las experiencias que he sumado, en este hostil, complicado y superficial mercado, me han animado a escribir estas breves líneas que, quizás, sirvan pensar y repensar la cuestión de los vínculos en los tiempos que corren.
En una conferencia reciente, Estefanía Santoro -periodista especializada en temas de género- , habló sobre “el amor libre en tiempos feministas” y planteó que si bien estamos dejando atrás viejos paradigmas como el del “amor romántico” y transitamos hacia relaciones “más libres”, tenemos que tener cuidado de no repetir bajo nuevas formas, las mismas prácticas violentas y de subordinación patriarcal.
En este sentido, resulta interesante señalar además otro punto, que tiene que ver no sólo con las formas, sino con cómo entendemos, pensamos y vivimos los vínculos en estos tiempos.
Apenas entrando en Google, podrán darse cuenta que el título de este comentario no es para nada original. Sin embargo, la mayoría de los textos que hablan del amor en los tiempos de las aplicaciones, se dedican a comentar las características de las nuevas reglas de la seducción o bien a señalar la reproducción de estereotipos y prácticas sexuales. Y mi reflexión va por otro lado...
Lo que quiero plantear es que estamos fritos en términos de cómo y para qué construimos nuestros vínculos. Es cierto que hemos cuasi derrumbado el paradigma del “amor romántico” y asociado a él, muchas de sus características: la fidelidad, la monogamia, el famoso (e ¿imposible?) “amor para toda la vida”. Este modelo nos plantea una exigencia muy difícil de plasmar en la práctica.
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Cualquiera que haya transitado por una relación podrá coincidir en que (lamentablemente) no existen ni las princesas ni los príncipes azules. Todos somos personas complejas que vamos a encontrar en los demás cosas que nos gusten y cosas que no, con las que no soñamos o deliramos de amor en los primeros meses.
Pero este modelo, y sus dificultades, están siendo fugazmente reemplazados por otro: el “amor libre”.
Según este modelo están habilitados el poliamor, las relaciones abiertas y toda aquella práctica que nos haga sentir más libres, menos cargados de prejuicios y mochilas de generaciones pasadas. Pero he aquí mi preocupación.
En primer lugar, porque parece que este nuevo modelo se vuelve a instalar como mandato: hoy se es más “cool” si se tiene o se plantea una relación abierta, “free” o como les guste llamarla. Así como antes era socialmente más aceptado llegar virgen al matrimonio hoy lo que “garpa” es no cerrarse a un vínculo monogámico y deambular por muchas habitaciones ajenas.
Y en segundo lugar, lo que esta nueva forma de entender los vínculos pone aún más de manifiesto, es la necesidad de pensar y repensar la cuestión de la libertad. ¿Para qué queremos ser más libres? ¿Qué significa para nosotros la libertad? Pareciera que hoy este tema se juega por el lado de la satisfacción de “placeres” individuales que nos vuelven personas superfluas e intercambiables (¡¡¡por favor leer a Rita Segato!!!). La edificación de los planes individuales difumina las posibilidades de construcción de vínculos colectivos (en términos de parejas, pero también de otras formas de lazo social). Por eso también las dificultades para sembrar relaciones “estables” y quizás un poco más duraderas. Impera la lógica del “algo mejor voy a conseguir”, el tilde para el costado izquierdo del Tinder en busca de alguien que tenga mejor físico, que haya visitado más lugares en el mundo, que use ropa copada o que simplemente “me guste más”. Es decir, de personas que se “amolden” a mis propios parámetros o a lo que cada uno de nosotros cree que son “nuestros parámetros”.
La libertad en tiempos de Tinder, Grindr -el Tinder para el mundo de los varones gays- y las aplicaciones parece oponerse a la posibilidad de conocer en profundidad a la persona que tenemos en frente, a darnos la chance de comenzar algo juntas y a plantearnos la posibilidad de sortear los obstáculos que se atraviesen en el camino.
Es cierto que se derrumbaron estructuras que nos hablan de un nuevo sujeto. Hoy puedo identificarme con mi género autopercibido y la ley me ampara y protege (o debería hacerlo), por ejemplo. Pero, cuidado, porque bajo el manto de la libertad aparecen nuevas estructuras que nos condicionan a un mundo que parece, por lo pronto, un tanto más cruel.
¿Por qué tengo que “debutar sexualmente” a los 13, 14 ó 15 años? ¿Por qué antes de preguntarte qué plato de comida es tu preferido tengo que aclarar si quiero tener una relación abierta o cerrada?
¿Por qué si me separé hace muy poco tiempo tengo que dedicarme a coger con quien se me cruce en frente y no puedo plantearme una nueva relación “seria”? ¿Por qué tengo que tener sexo para ser feliz?
Tenemos en claro que el modelo del “amor romántico” nos ha traído muchos dolores de cabeza. Pero no perdamos de vista que parece que lo estamos reemplazando por otro, que nos puede llevar por caminos igual de turbios.
Quizás la cuestión no pase por la monogamia o la pareja abierta. Sino por pensarnos como personas primero y luego como sujetos relacionales de una forma diferente. Quizás resulte más conveniente, en lugar de comprarnos moldes preestablecidos, entender que lo mejor es darse la posibilidad de dialogar con quien tenemos enfrente y poder construir las reglas en conjunto. Si hay quienes deciden vivir su vida siguiendo el libreto de un cuento de hadas, bienvenidos. Si hay quienes quieren ampliar hasta lo impensable los límites del poliamor, ¡genial! Pero siempre y cuando entendamos que eso debería ser el producto de un diálogo sincero.
Me niego a pensar que no necesitamos de las demás personas. De nuestras familias, de nuestros amigos y también de otros con los que transitar y explorar otras sensaciones. Debemos darnos esa posibilidad, ¿no les parece?
(*) Abogado. Especialista en Derecho Constitucional y DD HH. Investigador de temas de género
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