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¿Qué es la vida?

¿Qué es la vida?

“LA VIDA HUMANA NO TIENE VALOR, TIENE DIGNIDAD”, DIJO KANT / pexels

Por: Sergio Sinay*
sergiosinay@gmail.com

10 de Enero de 2021 | 04:16
Edición impresa

En 1923, cuando llevaba diez años en Lambaréné, un pueblo selvático ubicado en lo profundo del Congo francés, Albert Schweitzer (1875-1965) escribió: “Yo soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir”. Había nacido en Alsacia, que era parte del imperio alemán, y adoptó durante la Primera Guerra la nacionalidad francesa. Hijo de un pastor luterano, fue médico, músico, teólogo y filósofo. Se destacó en todas esas disciplinas. Tenía posibilidades de obtener fama y dinero en todos los países en que era reconocido. Sin embargo, en 1913 la vocación médica, entendida como ponerse al servicio de mitigar el dolor del cuerpo y del alma (no solo refaccionar órganos), lo impulsó a abandonar aquel cómodo y promisorio futuro y mudarse a Lambaréné para fundar un pequeño hospital destinado a atender a la población negra. Allí moriría cuarenta y dos años más tarde, tras haber sostenido ese emprendimiento de modo ejemplar. Las veces que salió del que sería su lugar en el mundo fue para dar conciertos o conferencias destinados a solventar el hospital. Y para recibir, en 1952, el Premio Nobel de la Paz por su “veneración de la vida”.

VIDA TOTAL

Pocas veces se habrá escuchado tanto la palabra “vida” en la historia de la humanidad como durante el año que acaba de terminar. Se dijo que se pretendía preservarla, se la antepuso, se la pospuso o se la comparó con la economía, se discutió acerca del momento exacto de su comienzo, hay quienes en su afán de resguardarla prácticamente dejaron de vivirla, fue objeto de discursos oportunistas y demagógicos y de discusiones de profundo sentido moral. Y finalmente corrió el riesgo que corren todas las palabras cuyo uso y abuso termina por vaciarlas de contenido o por hacer que este se desvirtúe.

Schweitzer daba en el corazón del asunto al plantear que lo vivo tiende a vivir. No solo ocurre solo con los humanos, sino, aunque sea repetitivo, con todo lo viviente, incluidos el mundo animal y el vegetal. Más allá de creencias y de disquisiciones de tipo religioso, biológico o filosófico, el universo entero es una auténtica sinfonía de vida, en la que participan los instrumentos más impensados. Incluso el coronavirus, que ocupó nuestras mentes, conversaciones, temores, especulaciones, sueños y pesadillas durante 2020, y las sigue ocupando, es una manifestación de vida. Y es posible que si hablara dijese, como Schweitzer, que quiere vivir. El médico de Lambaréné llevó su concepción al punto de afirmar que cuando mataba un insecto se sentía un asesino.

La vida, si se sigue su pensamiento, es mucho más que el mero funcionamiento de ciertos condicionamientos biológicos. Es más que la labor de los órganos, que la toma de oxígeno, que el fluir de la sangre o de la savia, que la reproducción de la especie de la que se trate. En principio es un inconmensurable misterio. Como todos los misterios no tiene solución, como ocurre con los problemas, ni revelaciones, como sucede con los secretos. Con los misterios se convive, mientras ellos aguijonean nuestra conciencia. Y es precisamente nuestra condición de seres conscientes la que nos lleva a hacernos preguntas sobre la vida. Internémonos en algunas de ellas.

TRES PREGUNTAS

¿Por qué valoramos la vida? Desde la filosofía se responde que la valoramos porque existe la muerte. Si fuésemos inmortales, todo podría esperar, casi todo nos daría igual, nuestras emociones y sentimientos serían de nula o baja intensidad. Pero sabemos que moriremos y eso nos hace amar lo que amamos, despuntar propósitos, trabajar por ellos, dolernos con las pérdidas y encontrar sentido en los logros y en todo aquello (trabajo, obras, hijos) a través de lo cual trascendemos. La vida tiene en la muerte una socia imprescindible. Solo el no tener conciencia de estar vivo, el existir en un nivel apenas vegetativo (reducido a comer, dormir, beber, tener relaciones sexuales) o el no ver más allá de los bienes materiales (se los posea o no) puede llevar a descuidar la vida propia y a desvalorizar la ajena.

¿Tiene precio la vida? En la sociedad materialista, y bajo el sistema capitalista tardío que es hegemónico en el mundo contemporáneo, se encontraron maneras de ponerle precio. Muchas veces, y en muchas circunstancias, se estipula su valor en términos económicos (a través de seguros, compensaciones, cálculos de riesgos), en términos políticos, en términos bélicos. Hay quienes compran vidas en de manera real o metafórica, a través de sofisticadas formas de servidumbre, y hay quienes las venden, a menudo incluso la propia. Pero, como señaló el filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804), la vida humana no tiene valor, tiene dignidad. Cuando se le asigna valor se la convierte en objeto y todo objeto puede ser medio para un fin. Cuando se respeta su dignidad la vida es un fin en si mismo. Algo que no han comprendido muchos de quienes vienen administrando confinamientos y otros recursos antipandemia llevados por urgencias políticas, económicas o presuntamente científicas. A menudo parecen creer que lo importante son los números de seres vivos y no las condiciones en que viven o sobreviven. Aunque, en honor a la verdad, el COVID-19 solo puso de relieve un modelo mental que opera aun sin pandemia. También se convierte a la vida en objeto mercantil cuando se habla de “capital humano” o “recursos humanos”. Un humano (su vida) jamás debería ser considerado, desde un punto de vista moral, como recurso o herramienta, o como un bien de capital. Son dos maneras de quitar dignidad a la vida. Y el propio Albert Schweitzer sostenía que el principio de la moral es el respeto por la vida en toda su dimensión y no solo como un accidente biológico.

¿Tiene sentido la vida? Acaso este sea el más profundo y esencial de los interrogantes. Hay quienes dicen que la vida simplemente “es”, que se trata de vivirla y que no hay en ella un sentido. Si fuera así, daría lo mismo nacer como humano, como alguna especie animal, como planta o simplemente existir como parte del reino mineral. Pero la conciencia, ese atributo humano decisivo, nos inquieta y sigue sosteniendo la pregunta por el sentido. Eliminar la noción de sentido hace de la vida un absurdo. Albert Camus (1913-1960), autor de “La peste”, “El extranjero”, “El mito de Sísifo” y la “La Caída”, entre otras obras fundamentales, decía que esa sensación de absurdo generada por la pérdida del sentido lleva al suicidio, y por eso consideraba al suicidio como la cuestión central de la filosofía. Juzgar si la vida tiene sentido o no. Algo a lo que solo se puede responder viviendo de una manera que es responsabilidad de cada uno, de sus elecciones, de sus decisiones, de sus valores. Víktor Frankl, el gran médico y pensador vienés autor “El hombre en busca de sentido” y “El hombre doliente”, explicaba que en la búsqueda del sentido de la propia vida asomaba la trascendencia. Decía que el sentido de una vida se refleja en otra y que vivir con sentido es vivir para algo y vivir para alguien. ¿Qué es la vida, entonces? Sea lo que fuere, es mucho más que mezquinos y miserables números, estadísticas y cálculos políticos o económicos.

 

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