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Séptimo Día |LOS CASOS DEL ESTADIO ÚNICO Y DE LA AUTOPISTA LA PLATA-BUENOS AIRES
En las letras de “rosa” está la rosa y todo el Nilo en la palabra “Nilo”

El permanente cambio de nombres en los sitios públicos. Una polémica que viene desde Grecia y que Borges reflejó en “El Golem”. Caso notable en City Bell, cuyas calles tienen tres designaciones cada una

En las letras de “rosa” está la rosa y todo el Nilo en la palabra “Nilo”

El estadio de 25 y 532 fue nombrado de distintas formas a lo largo de los años: “Único”, “Ciudad de La Plata” y “Diego Armando Maradona” / EL DIA

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

30 de Abril de 2022 | 05:08
Edición impresa

Quien te dice su nombre, ya te está diciendo quién es. “Es lo primero que preguntamos cuando conocemos a alguien, y así ha sido desde hace milenios. El nombre dice mucho de nosotros y de quienes nos lo han puesto, también de la sociedad, sus modas, historia y evolución”, expresó Isabel Gómez Melenchón, columnista del diario catalán La Vanguardia en un artículo titulado “La importancia de nuestro nombre”.

“Desde que el hombre y la mujer existen, existen los nombres…El nombre es nuestra primera señal de identidad”, agrega la articulista española.

Pero una cosa son los nombres de las personas y otra, muy distinta sobre todo en nuestro país, los nombres de los lugares públicos. En ese caso está claro que los nombres “dicen mucho de quienes los han puesto…” que non dejan de cambiarlos todo el tiempo.

En la Argentina los nombres de lugares públicos son artículos perecederos, sometidos al capricho de gobernantes y legisladores de turno. Los nombres duran un ratito histórico –no importa si pertenece a un prócer- y muy pronto se los cambia por otros, incansablemente. En este último caso, tampoco importa si son los nombres de personas insignificantes o, peor, que están vivas. Los sitios que estaban bautizados vuelven a recibir las aguas de bautismos sucesivos. El tema ha merecido reflexiones por parte de filósofos, poetas y otros intelectuales. Borges elevó el tema, como se verá más adelante, en el poema “El Golem”, basado en una postura de Platón.

Sobran demostraciones de rápidos recambios. En La Plata se lo llamó popularmente –sobre todo en las décadas previas a su construcción, cuando buena parte de la sociedad deportiva platense lo pedía- como el Estadio Unico. Y así lo sigue llamando la mayoría.

El Unico fue inaugurado parcialmente en 2003 y se le puso el nombre oficial de “Estadio Ciudad de La Plata” (así lo llaman algunos), pero en 2020 el gobierno provincial lo denominó “Estadio Diego Armando Maradona”. Tres nombres distintos en menos de veinte años.

En la Argentina los nombres de lugares públicos son artículos perecederos

 

Cuando en 1995 se inauguró en forma parcial la Autopista La Plata-Buenos Aires, en solemnes sesiones de ambas cámaras, la Legislatura bonaerense la denominó “Oscar Alende”. En el palco de honor estuvieron, como invitados especiales, la señora y familiares directos del ex gobernador bonaerense. Aplausos mil al ser sancionada. En los archivos periodísticos pueden encontrarse fotos de carteles señalizadores ya colocados sobre la vía rápida, con el nombre de “Autopista Oscar Alende”.

Pocos años después, el Congreso Nacional sostuvo que la obra había sido pagada por Nación, de modo que consideraron que correspondía que los legisladores nacionales le dieran su propia designación a la Autopista, a la que le pusieron “Ricardo Balbín”. Una ley deroga a la otra. Un nombre sustituye al otro. Es todo lo que le preocupa a los legisladores, el aspecto legal. Así de llevadero lo hacen.

La autopista La Plata-Buenos Aires / EL DIA

Es un continuado de iniciativas erráticas, fugaces, un revoleo de designaciones supuestamente honrosas, pero que dejan en mucha gente del país la sensación de que nada es duradero, de que no hay posibilidad de forjar tradiciones en un clima barrido por ráfagas volubles.

Ninguna traba legal –pero tampoco casi ninguna valoración cultural- impiden que cualquier día de éstos algún legislador proponga ponerle un nuevo nombre a la Autopista. O que otro circunstancial ocupante de bancas -si la selección argentina ganara el Mundial de Qatar- promueva designar al Estadio Unico con el nombre de Lionel Messi. Ese proyecto saldría votado por unanimidad de todos los bloques, con aplausos mil.

La Plata, al igual que el resto del país, ha sufrido esta suerte de vértigo nombrador que, a la larga, termina por convertir a los sustantivos en meros adjetivos, anulando cualquier posibilidad de acendrar en la sociedad un verdadero culto al pasado. En las últimas noches platenses preocuparon por su gran tamaño y por las humaredas que despedían, las llamas de la Destilería YPF. Perdón, la Destilería, que así se llamó desde siempre y que ahora pasó a ser la “Refinería YPF”. No hay resuello posible.

CALESITA DE NOMBRES

Pero a nueve kilómetros de La Plata se encuentra City Bell, en donde la calesita loca de los nombres aceleró hasta el vértigo y en donde todas las calles –todas, sin excepción- tienen por lo menos tres nombres cada una. Una designación corresponde a la más pretérita, la de las calles con nombres; una segunda a la designación numérica hecha en las primeras décadas del pueblo y otra, más reciente, que prolonga los números de las calles de La Plata e impone esas numeraciones.

La Plata, al igual que el resto del país, ha sufrido esta suerte de vértigo nombrador

 

Es tedioso ejemplificar, pero cualquier vecino puede vivir ahora en la calle que se llama Cantilo, antes 14 y después 473. Otros pueden vivir al mismo tiempo en la calle 21, Constitución o Intendente Silva (aquí se repiten dos nombres). En un diario de la localidad se informó hace años que una persona puede vivir en la esquina de 15 y 15. El primer 15 es de la vieja denominación numérica, que se cruza con la transversal 15 de la nueva (pero ya vieja) denominación. Cada citybelense elige el nombre que más le gusta y así se vive, en esa Babel callejera.

El laberinto callejero de City Bell no tiene parangón y los vecinos no saben qué decirles a los visitantes cuando le preguntan por una calle. Cuando los concejales decidieron aprobar una ordenanza que “traslada” la numeración que viene del diagrama fundacional de La Plata hacia esa localidad distante, City Bell alcanzó la suma record de tres nombres por cada calle.

Es más, el trasvase numérico platense llega hasta Villa Elisa y afortunadamente allí se acaba el distrito, porque de no ser así las calles seguirían designadas desde La Plata con numeraciones indefinidas hasta las fronteras norte, sur y oeste del país. También por azar Ensenada logró frenar ese desmadre topográfico en la 122 que hace de límite.

La calle Cantilo de City Bell vista desde el Camino Centenario / EL DIA

A partir de estas infidelidades con la memoria de la gente y la tradición del pueblo, quienes concibieron la nueva numeración –sin respetarse, claro está, el diagrama geométrico fundacional- se vieron obligados a recurrir a maniobras extremas. Frente a ese laberinto han sido infructuosos hasta ahora reclamos que viene presentando el infatigable César Cocoz, un ingeniero de City Bell que quiere ordenar ese descalabro.

No puede olvidarse a calle 461 de City Bell que, a la altura del Belgrano corre separada por una cuadra de la 462. Sin embargo, sobre el Centenario ambas se encuentran distanciadas por siete cuadras, con calles entre medio. De modo que se resolvió la cuestión creando las siguientes denominaciones: 461a, 461b, 461c, 461d, 461e y 461f... Los visitantes no entienden y se pierden irremisiblemente, pero los pobladores también.

Ya sea en City Bell como en muchos otras ciudades y pueblos del país no se tuvo la suerte de Roma, en donde la Vía Apia –entre muchas otras- sigue llamándose así desde hace 2 mil años.

EL GOLEM

Borges –quién otro- resumió la trascendencia de este tema en cuatro versos. En el poema El Golem escribió: “Si como afirma el griego en el Cratilo/ el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de “rosa” está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra “Nilo”/. Las palabras “rosa” y “Nilo” convocan por si solas al concepto, de modo que pasarían a ser inmutables. Nadie se anime a cambiar esos nombres, es la tesis.

Borges rescata un escrito filosófico de Platón, que establece la relación existente entre las palabras y el concepto que expresan. A esa tesis de Platón se opuso Hermógenes que negaba la existencia de una conexión natural y señalaba que los nombres surgen de los usos y costumbres. Cratilo había sostenido que la palabra contiene ciertos sonidos que expresan lo que se está nombrando. Así dijo que “el que conoce los nombres conoce también las cosas”.

En el fondo de esta polémica fluyen también problemas no sólo estéticos –hay palabras blandas para designar objetos blandos, etc.- sino también éticos, ya que cuando un objeto tiene una palabra que lo nombra –como “rosa”- la tesis platónica sostiene que nada se gana y mucho se pierde si se lo cambia. La rosa es “rosa”, no podría jamás ser “roso” o “rose”. Igual que el Nilo, al que no podría llamárselo seriamente Isis o Tutankamón (en este caso, para quedar bien con el jefe).

“El que conoce los nombres conoce también las cosas”, aseguró Cratilo

 

Hay que volver a la Argentina. En 2003 el escritor Alberto Gabriel Piñeiro presentó un libro más que interesante, titulado “Las calles de Buenos Aires”, con el subtítulo de “Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días”, editado por el Instituto Histórico porteño.

Allí dice que “nuestras clásicas calles tradicionales han sido rebautizadas bajo la emoción de la muerte de un estadista ilustre o bajo la impresión de un suceso extraordinario. No esperamos sobreponernos a la emoción, para decretar el homenaje. Y así hemos visto en pocos años transformarse de manera no sospechada las designaciones de nuestras calles. Cuando una calle ha sido bautizada con un nombre de persona, ilustre o no, esta nominación es definitiva, pues, substituirla importaría tanto como injuriar la memoria del personaje a quien se trata de honrar”.

 

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