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Confesiones desde la radio

Dice no estar seguro de que la radio sea su vocación y que sigue sólo por la paga. Pero si pudiera abandonar, tampoco sabe si lo haría

28 de Julio de 2003 | 00:00
Antonio Carrizo conduce "El Locutorio", programa que se emite por Radio Rivadavia, de lunes a viernes de 21 a 23. Lo acompañan en su tarea: Roberto Risso y Yael Levisman en la producción y Mauro Cabral en la locución. Se encargan del micro "Brújula marítima" Susana Halperín y Liliana Maino. También participan del espacio el doctor Rizolía, Daniel Liniares (operador) y toda la estructura del rotativo del aire de la emisora. En la FM 103.9 de Quilmes, el citado conductor es el responsable de "Perspectiva", ciclo que se emite los sábados de 10 a 13.

¿Por qué hace radio?

"Porque es mi trabajo, pero no sé si es mi vocación".

¿Hacia qué universos impensados lo llevó su profesión?

"Hacia el conocimiento de gente muy interesante, hacia la formación de una familia, hacia la popularidad, y los viajes".

La radio, ¿sirve para solucionar grandes problemas?

"Nadie puede esperar que la radio le solucione ningún problema, por mínimo que sea, salvo que se trate de un profesional que trabaje en el medio y gane bien".

¿Cómo es el oyente que lo sigue?

"Creo que es el típico argentino curioso por cierta aventura intelectual, literaria e interesado por lo popular y el fútbol".

A su leal saber y entender, ¿cuáles son los tres principales elementos de la radiofonía?

"La palabra, el oyente y el diálogo entre el profesional y esa entidad fantástica que conforman los escuchas".

Al aire, ¿cuál es el sentimiento que más reprime?

"El llanto. Siempre fui muy pudoroso. Cuando veo que puedo llegar a lagrimear, doy un golpe en la mesa y hago algo para salir de la situación".


EL VICIO DE LOS LLAMADOS

En radio, ¿qué errores no se deben cometer?

"Depender de las llamadas telefónicas de los oyentes, porque eso lleva a que sean ellos los que hagan el programa".

Dentro del ámbito periodístico, ¿qué lugar siente que ocupa?

"Ninguno en especial. Soy un locutor, aunque la gente me haya a visto como conductor, animador o Carrizo".

Sin pecar de soberbio, en ocasiones, ¿se siente más importante que la empresa para la que trabaja?

"Jamás. Siempre tuve el temor del profesional que trabaja conchabado. En este caso, la palabra temor debe entenderse como sinónimo de respeto".

Cuando está frente al micrófono, ¿se tiene noción de la cantidad de oyentes que hay del otro lado?

"No, y no importa. Veinte o miles es lo mismo. Uno sabe que siempre hay alguien escuchando del otro lado. Lo importante es establecer un diálogo de respeto mutuo y elevar cada vez más el nivel de la comunicación".

Cuando le dicen "maestro", ¿le dan ganas de dictar cátedra?

"No, me dan ganas de reírme. Aquí también se le dice maestro a un tipo que uno no conoce. Aclaro que también me gritan: 'lungo', 'no te mueras nunca' o 'bostero hijo de puta'.


LAS CRITICAS

¿Cómo toma las críticas respecto de su trabajo?

"Mal. Si son justas me dan rabia. Si son injustas, siento furia, pero después se me pasa".

Usted, ¿qué se critica?

"Mi falsa humildad que disfraza una cierta petulancia y no haber tenido límites para meterme en temas que, seguramente, estaban más allá de mí mismo. Ortega decía: 'El hombre sólo hace bien lo que está por debajo de sus posibilidades' y yo no sé si, muchas veces, no he incursionado por territorios que estaban por sobre mis posibilidades. Hacerlo fue como hacer una travesía a pie por y sin agua por el Sahara".

¿Y cómo siente que ha salido de esa aventura?

"Muchas veces con elegancia, otras con habilidad profesional, y unas tantas pisoteando algunas flores del almácigo".


AÑORO EL NUMERO VIVO

Del pasado radial, ¿qué añora?

"El número vivo, la radio en show y la época en la que a los profesionales se les pagaba un sueldo. Hoy, en cierto modo, el profesional de radio y televisión tiene que colaborar con el patrón".

En lo profesional, ¿qué defiende sí o sí?

"No soy el Robin Hood del ambiente. No sé si defendí algo. He tratado de manejar mi profesión con la mayor dignidad posible en un país donde, muchas veces, fue muy difícil conservarla. Lo he hecho sin darme cuenta, no fue una actitud volitiva".

Hay gente que afirma que en el medio prevalecen las personas con buenos contactos y no los inteligentes, ¿qué opina?

"Que en esta profesión, como en cualquier otra, hay de todo. Siempre habrá cotos cerrados que sólo se abrirán con las llaves correctas".

¿Cómo explica su permanencia?

"Por la necesidad que tengo de laburar para mantener a mi familia. De no haber sido por eso, ya me hubiese ido".

De haber podido, ¿hubiese abandonado la profesión para dedicarse a otra cosa?

"No lo sé. La profesión viene con un valor agregado que es la popularidad y no sé si hubiese podido vivir sin la popularidad, a pesar de haber tenido vocaciones muy solitarias como la lectura. Uno está muy conectado con su entorno. Yo he dejado de ser yo para pasar a ser yo y los que me miran y me dicen maestro".

A un iniciado, ¿qué consejo le daría?

"Que no le tenga miedo a la lectura, a las preguntas y a la conversación, que son los tres grandes entrenamientos".


SIEMPRE IGUAL

Muchos colegas sostienen que tenemos una buena radio y otros aseguran que existen espacios importantes manejados por inexpertos con escaso vocabulario, ¿cuál es su posición al respecto?

"Toda la vida ha sido igual. De la literatura sólo nos llegan las grandes obras, los otros millones de libros que se han escrito se han perdido en el mar de los sargazos".

Por último, ¿tiene algún remordimiento profesional?

"Sí. No haberlo podido entrevistar a Stalin. Ese dictador tiene que haber sido un tipo muy inteligente y apasionante porque, siendo un asesino, fascinó a todos los intelectuales de Occidente. Hoy mismo, se siguen estableciendo diferencias entre Stalin y Hitler. De hecho, en una conversación podés decir que fuiste stalinista, pero no podés decir que fuiste nazi. Incorrecto. Si es una vergüenza haber sido nazi también es una vergüenza haber sido stalinista y, sin embargo, eso puede decirse".

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