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Espectáculos |35º FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE MAR DEL PLATA
“Las Mil y una”: amor a pesar de todo

En su segunda película, Clarisa Navas filma desde los márgenes romances, amistades y resistencias en un entorno hostil

“Las Mil y una”: amor a pesar de todo

Renata e Iris, protagonistas de “Las Mil y una”

Pedro Garay

Por: Pedro Garay
pgaray@eldia.com

24 de Noviembre de 2020 | 05:01
Edición impresa

“Hay contextos, lugares que oprimen muchísimo, y personas que parecen valer menos en ciertos lugares”, explica Clarisa Navas, directora de “Las mil y una”, su segunda película, que se puede ver hoy y mañana en el marco del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, de forma gratuita a través de su plataforma, y que llegará la próxima semana a Cine.Ar. “La película se arma contra eso”, sigue la realizadora correntina; “Cuando todo un sistema te dice que no valés, que no se puede, que son todos imposibles, ¿cómo hace alguien para armarse contra eso? ¿Qué posibilidades tienen en relación al amor, a abrir la vida, a hacerla más vivible?”

Allí, en esas búsquedas de felicidad en entornos hostiles, es que Navas narra una historia de amor, la de Iris, una tímida jugadora de basquet, y Renata, misteriosa y rodeada de rumores, calumnias y críticas. Una historia de amor jaqueada por las violencias que abruman en ese barrio correntino al margen, Las Mil, y soportable solo gracias a las cofradías, frágiles, invencibles, que se conforman en esos espacios.

Pero no hay en Navas un inocente rescate de esas resistencias: sin caer en miserabilismos, con el pincel sutil trazando imágenes complejas, habilitadas por la experiencia vivida, y buscando “construir imágenes éticas de un espacio así, que muchas veces aparece representado por la marginalidad y los actos delictivos”, igual la tragedia late, es una posibilidad para cualquiera de los protagonistas, que simplemente se abrazan entre ellos “como una forma de sobrevivir. La vida de Renata es una de tantas”, analiza la directora, “son historias que se repiten: hay ciertos lugares de riesgo y muchas veces las personas son forzadas a encarnar esos lugares”.

Navas explica que uno de esos espacios es ese barrio olvidado, uno de tantos en tantas provincias, donde ella se crió. “El cine que me interesa hacer parte siempre del territorio, un lugar local desde donde pensar las problemáticas que tienen que ver con una pregunta latinoamericana pero también con un hacer de la periferia, tratando de descifrar qué pasa con los cuerpos en un lugar donde son todo el tiempo amenazados, arrasados y lo que eso comporta. Esto anudado a una experiencia de vida, porque yo me crié en esos lugares", comenta Navas, y revela que “transité historias muy similares a las que transitan los personajes”.

Es por eso que “Las mil y una” y sus historias poco visitadas nacieron de una urgencia de Navas: “Tenía una necesidad de construir este cine desde la periferia”, explica. “Tratamos siempre de filmar desde el margen, historias que nos convoquen de forma personal”, agrega la directora, y relata que filmar en Las Mil era su deseo pero que también “suponía un desafío muy grande: siempre plantear una filmación altera los modos y ritmos cotidianos de un lugar, y mi idea era contraria, quería un rodaje diferente a toda esa lógica, que empoderara a la gente del lugar, y no que sea algo que altere. Así que armamos un esquema que pudiera posibilitar eso, con mucha ayuda de las y los vecinos”.

Esa colaboración con los habitantes del espacio se palpa en una película interpretada por actores profesionales de la región, y en la que debuta como actriz la protagonista Sofía Cabrera, basquetbolista y amiga de Navas que “había atravesado una adolescencia muy parecida a la mía”.

Navas y Cabrera jugaron durante años juntas al básquet, y cuando comenzó a pensar “Las Mil y una”, la directora pensó en su ex compañera de picados. “Tiene una inteligencia espacial y deportiva muy grande, y en algo ese campo del deporte para mi se vincula a una inteligencia para actuar, para poder estar presente con el cuerpo en las escenas, poder reaccionar”, cuenta Navas.

La presencia de Cabrera, su personaje Iris, siempre vestida con musculosas, siempre picando la pelota, vuelven a instalar, como en su primera película, “Hoy partido a las 3”, al deporte como un escenario de libertad, donde se ejercen ciertas resistencias. Pero Navas hace cine desde los cuerpos y los entornos, no desde los discursos, y la propia idea de que el deporte opere como una vía de escape de todo es debatida en los pasillos de Las Mil, en una escena del filme.

“Creo que muchas trayectorias de vida se pueden modificar por el deporte… como así también no, algunos han encontrado un camino más luminoso y otros no. La película habilita esa pregunta”, dice al respecto la realizadora correntina.

La cancha de basquet es en la película, además, una de varias resistencias posibles: alrededor de Iris se agrupan otros disidentes, dispuestos a resistir los embates de la realidad junto a ella. 

“Hay una resistencia que se suele dar, por suerte, en la periferia. A mi me pasó, la película es un poco un homenaje, a mis mejores amigos: una se agrupa casi por sobrevivencia con otres que son parecidos, personas que comparten ese mismo estar, que atraviesan los mismos rechazos y violencias. Esa resistencia que se arma es casi un deseo de sobrevivir natural”, dice al respecto Navas: esta resistencia, una energía vital que ya recorría su primera película, es la que les permite a los personajes y a “Las Mil y una” explorar el deseo aún cuando todo alrededor oprime, violenta.

Y es lo que ha conseguido que “Las Mil y una” sea colocada en esa extraña categoría llamada cine LGBTQ: “Indica más la manera en que se ve, que lo que es la película”, opina de la categoría Navas. “Siento que muchas veces se necesita clasificar para poder entender, y con eso se reduce mucho ese mundo, esas personas, como siempre que aparecen las etiquetas. Yo no la considero una película LGBTQ: obviamente, hay una defensa de modos de estar que tienen que ver con la disidencia, pero eso no la hace una película LGBTQ. Hay muchas otras preguntas que pensar, como por qué existen estos barrios, cómo se da la vida en estos lugares, por qué hubo ingenieros, arquitectos, gobiernos, que planificaron la vida de ese modo, en esos lugares, con una mezquindad gigante. También puede ser una película del colectivo, pero creo que es mucho más que eso”.

Es para mostrar todas estas preguntas que Navas no negocia dirigir desde su Corrientes, lejos de Buenos Aires, donde en cine como en el resto de las cuestiones parecería ocurrir todo: ella y su cine también resisten en entornos hostiles.

“Creo que en consonancia con la historia y con los personajes, hay mucho de esa resistencia, de un hacer cine que parte antes que nada de una necesidad de hacer más vivible la vida de quienes las hacemos”, dice al respecto Navas. Ese cine, cierra, “es un posicionamiento político, ético, que nos reporta felicidad, como también angustia: no sabemos si vamos a hacer una próxima película, y mientras tanto hay que trabajar de mil quinientas cosas para sostener ese tiempo de escribir, de ensayar”.

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