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Séptimo Día |“VIDA, OBRA Y MILAGROS DE MARCELO FOX”
La leyenda Fox

La mítica, contradictoria y extravagante figura del escritor argentino vuelve a brillar en este trabajo de Matías Raia y Agustín Conde De Boeck

La leyenda Fox

Por: AUGUSTO MUNARO

21 de Noviembre de 2021 | 07:13
Edición impresa

Marcelo Fox (1942-72) fue un escritor argentino, inclasificable, contemporáneo a Luis Gusmán y Osvaldo Lamborghini. Pero su figura extravagante parece ser mucho más evasiva y contradictoria. “Invitación a la masacre” (1965) y “Señal de fuego” (1968), sus dos únicos libros publicados, le bastaron para situarlo en una zona destacada dentro de la literatura argentina. Una apartada y aún más solitaria: la contracultura de la contracultura porteña. El hecho que fuera circunstancialmente nazi, muriera joven, en un cuestionado accidente (decapitado por un tren en las vías del Ferrocarril Mitre), no hizo más que acrecentar su figura mítica. Fogwill y Alberto Laiseca (el segundo, amigo íntimo de Fox), más tarde lo transformaron en personajes laterales de sus propias obras, mientras que él, se perdió en los pliegues del tiempo.

El presente libro realizado por Matías H. Raia y Agustín Conde De Boeck intenta reunir algunas respuestas en relación a su figura contradictoria y misteriosa. Entre una ética de vanguardia y la fascinación por la locura, “el gordo Fox” legó una curiosa mitología narrativa. Este muestrario que recupera, a través de textos, anécdotas, entrevistas e imágenes exclusivas, constituye una fehaciente prueba de justicia literaria.

¿Cómo se construye una leyenda? Fox parece haberlo sabido ya desde sus inicios. El secreto de su posteridad, el camino a la ansiada inmortalidad. Proveniente de una familia adinerada, estudió Filosofía y Letras, y desde 1961 comenzó a publicar sus primeros textos. Como ocurrió con “Ciudad”, poema aparecido en Eco contemporáneo, revista de Miguel Grinberg, donde ya prefiguraba su obsesión por la hecatombe. Hubo por aquel entonces una obra de teatro escrita en rima, y un frondoso anecdotario aquí exquisitamente reunido, en páginas impregnadas por ese carácter oracular del biografiado. El esquema del libro, suerte de archivo abierto, rixomático, se adecua al discurso alucinado, más o menos cronológico, y discontinuo del propio Fox. Un artefacto biográfico a la medida de su protagonista, como si se tratara de un invento más de Martial Canterel.

La figura de Marcelo Fox y su propuesta narrativa vuelve a cobrar sentido a partir de este lanzamiento / Web

De estatura elevada (1.92m), obeso (120 kilos), Fox se paseaba con una capota de la Gestapo por la calle Florida con el objetivo, entre otras cosas, de escandalizar a los transeúntes. Merodeaba ese ecosistema cultural, circuito que incluía galerías, restaurantes, librerías, y hasta el Instituto Di Tella. Sus chistes lapidarios fueron legendarios. Irónico y profético, por ahí Fox pontificaba sus ocurrencias dadaístas (de punk avant la lettre), llamando la atención con sus manuscritos, que leía de a ratos a sus amigos, como posteriormente fue el editor (y “asaltante de bancos”) José Antonio Yelpo, o el multifacético pintor y bombero voluntario Ithacar Jalí. Su imaginación sórdida y ácida era desbordante. Textos perdidos como “Las monjitas antropófagas”, eran fiel testimonio de su originalidad, y sobre todo, un insólito repertorio de inventos que si bien lo sitúan entre Edgar Allan Poe, Lautréamont y Alfred Jarry, más correspondería al escritor y humorista francés Alphonse Allais, por su tinte divertido. Un inventario desopilante. El geniómetro, la Máquina de la Memoria Lunar, o de la Mutilación del Tiempo, por ejemplo, son prueba de ello. Aires de patafísico trasnochado.

Los relatos foxeanos, nos indican los investigadores, también pueden hallarse en publicaciones dispersas de época, como ser: La hipotenusa, Mantrana 7000; o la mítica revista beatnik Opium, etc. Allí también se hace expansivo su programa literario: sembrar el escándalo. Sea a través del uso polémico de esvásticas, o actitudes iconoclastas. Para Fox, el cuerpo solo existe para ser sometido al goce de la destrucción. Esta estética adquiere mayor efecto con Invitación a la masacre (1965), su libro maldito por excelencia. Narrados, todos, en primera persona del singular, son trece relatos plagados de personajes víctimas del sistema; crímenes, revoluciones, proyectos delirantes: extravagancia y marginalidad deliberada. Todo atravesado por una proyección de violencia política sin parangón. Naturalmente mucho de esto, tal vez en su tono sacrificial cuasi esotérico y místico, se ve reflejado en su “Señales de fuego”, libro aforístico que trae consigo mucho de las Voces, del poeta italo-argentino Antonio Porchia, aunque desde otro horizonte, el fraseo apocalíptico. Una serie de revelaciones que parecen ser dictadas por un acento zaratustreano, anunciando la condena final, la purificación por el fuego; el advenimiento del hombre nuevo. Intenta dar así con la búsqueda de un nuevo orden. La operación estremece por prefigurar, con tanta claridad, el aciago porvenir de su país: el Proceso de Reorganización Nacional (1976-83); los años del horror. En ese sentido, Fox fue un visionario de las contradicciones de una sociedad profundamente autodestructiva.

El libro de Raia y Conde De Boeck quedó tercero en el Fondo Nacional de las Artes

 

Electroshocks (Fox se hacía aplicarlos por “temor a cometer una atrocidad”), manicomios y lobotomías, surcan su leyenda. Entre el esoterismo negro y la locura, sus últimos tiempos no fueron felices, y parecen haberse tejido a favor de la lógica de las sombras. Anfetaminas, LSD, soledad y un aura de malditismo como épica, culminaron aquel aciago 11 de diciembre de 1972, en la estación de Belgrano R. Acaso su narrativa no resulte tan perdurable como la presente biografía coral que indaga sus días y noches. Su obra maestra fue el personaje que supo construir, aquel por quien Laiseca llegó a decir: “Fox no tenía ningún talento, solo tenía genio”. Genio para establecer, lo que parece ser, un largo y saludable porvenir. Un futuro foxeano.

“Vida, obra y milagros de Marcelo Fox”, de Matías Raia y Agustín Conde De Boeck, ganó el tercer premio en la categoría de “No ficción” en el Concurso de Letras 2021 organizado por el Fondo Nacional de las Artes y lleva una contratapa firmada por Rafael Cippolini.

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