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Sara Gallardo llevó la novela a un punto de rotura y revelación: un libro coral, itinerante y formalmente libre, donde el relato se deshoja como una flor azotada
La escritora argentina, autora también de “Los galgos, los galgos” / Web
Cuando Leopoldo Brizuela escribió sobre “los pétalos de una rosa” que se van deshojando mientras se leen, no eligió un adorno poético para presentar la novela: describió su mecanismo íntimo. Con un breve núcleo narrativo que apenas coagula, cada historia es independiente, autosuficiente, pero pertenece a una órbita mayor: una flor que se destruye mientras la mirada intenta ordenarla. En ese gesto —mínimo y radical— radica la modernidad de “La rosa en el viento”, la última novela que Sara Gallardo publicó, y también una de las más arriesgadas del siglo XX argentino.
El libro es caleidoscopio y también bitácora: todas las personas están siempre yéndose. De Buenos Aires a la Patagonia, de la Patagonia a Roma, de Europa al recuerdo, del recuerdo a lo alucinatorio, los personajes no “cambian”: mutan por desplazamiento. Hay en ellos una brújula defectuosa que, sin embargo, es la única posible: avanzar. Olaf —inmigrante sueco que huye de un drama brutal en Italia— se reinventa como criador de ovejas en la Patagonia junto a Andrei, periodista ruso que también llega detrás de una mujer inconquistable. Oo, la india que Andrei compra, Lina, la chica que lo sigue al sur, y Olga, que dos generaciones antes siguió a un revolucionario, configuran una genealogía del desarraigo: América como promesa que nunca se cumple del todo, pero de la que es imposible desistir.
La novela rompe la linealidad sin ostentarlo. Salta de la tercera a la primera persona, al género epistolar, a lo histórico malsoñado y a un metaliterario que interroga la existencia verdadera filtrada en los intersticios de los acontecimientos. Y aun así, todo “calza”: no hay ruido; hay viento. Ese viento —patagónico pero también metafísico— se vuelve el operador que une segmentos que podrían leerse como cuentos conectados por hilos del azar, asociaciones secretas o resonancias afectivas. La precariedad del orden narrativo, apenas bendecido por la belleza y por la misericordia, hace que el lector avance como quien intenta atrapar pétalos sin quebrarlos: sabe que es inútil, pero sigue.
Entre quienes la preceden en un imaginario canon de escritoras argentinas, la obra de Gallardo suele ser comparada con Enero, Eisejuaz y Los galgos, los galgos. Tal vez La rosa en el viento no tenga la potencia absorbente del drama social y corporal de Enero, ni la atmósfera visionaria extrema de Eisejuaz, ni la profundidad psicológica quirúrgica de Los galgos, los galgos. Pero —y es un “pero” ilustre— juega en esa misma liga del riesgo bienaventurado. El listón era altísimo, se dijo. Y sin embargo, Gallardo lo roza con la astringencia de una frase seca y la electricidad pictórica de una imagen que se emancipa.
No se trata de una escritora que aplaca sus conflictos con miniaturas líricas. Gallardo proviene de una estirpe ilustre: tataranieta de Bartolomé Mitre, bisnieta de Miguel Cané, nieta del naturalista y político Ángel Gallardo e hija del historiador Guillermo Gallardo. Pero su verdadero linaje —el que importa para esta novela— no es sanguíneo sino estilístico y geográfico: el campo, el viaje, la cama de enferma, la frontera. A los 18 años recorrió Europa; a los 24 publicó Enero, hablando de aborto y tensiones de clase cuando casi nadie lo hacía; fue corresponsal en Oriente Medio; escribió columnas que anticiparon el llamado “nuevo periodismo” en el semanario Confirmado y, décadas más tarde, su regreso como “clásico” llegaría por la colección de Ricardo Piglia y por la edición de Narrativa breve completa en Emecé, con prólogo del propio Brizuela, su gran lector y redivivo guardián.
La rosa en el viento también es un libro sobre lenguaje como intemperie corporal.
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El libro termina sin clausurar. Queda flotando una flor deshecha y un país por interpretar: la tradición italiana, la nórdica, la mapuche, todos injertos de la Argentina ecléctica que Gallardo entendió antes que muchos.
La escritora argentina, autora también de “Los galgos, los galgos” / Web
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