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Toda la semana |EL GRAN SOSTÉN DE LA REINA ISABEL
Felipe: el príncipe sin tierra pero con sarcasmo

El duque de Edimburgo falleció a los 99 años. No fue rey, pero se ganó el afecto de los británicos como si lo hubiese sido. Una vida llena de labores, amores y sinsabores

Felipe: el príncipe sin tierra pero con sarcasmo

El duque siempre fue conocido por su simpatía

Por: VIRGINIA BLONDEAU
vivirbien@eldia.com

18 de Abril de 2021 | 08:34
Edición impresa

“La realeza británica de luto por la muerte del príncipe Felipe”

“Un durísimo golpe para la reina Isabel”

“Rey de lo políticamente incorrecto y el consorte que batió todos los récord”

Con estos tres títulos informaba EL DIA del fallecimiento del hombre que, desde noviembre de 1947, era el esposo de Isabel Alejandra María, princesa heredera del trono de Inglaterra cuando se casaron y reina cinco años después.

Felipe en su juventud, antes de conocer a la reina

Las frases que escribimos en este diario nada más conocerse la noticia resumen los tres aspectos fundamentales del Su Alteza Real, el príncipe Felipe, duque de Edimburgo: lo que representaba para la nación, lo que significaba para la reina y lo que realmente era. Porque, aunque consciente y responsable de los deberes reales, nunca dejó de hacer travesuras como una manera de rebelarse y sentir que podía seguir siendo él mismo más allá del corset real que se le imponía.

Su biografía dice que nació el 10 de junio de 1921 en el palacio de Mon Repos (Mi descanso), residencia de verano del familia real griega en la isla de Corfú. Más específicamente en la mesa de la cocina, según cuenta la leyenda sin explicar muy bien las razones de por qué no nació en una cama. Pero bueno… una vida tan singular no podía comenzar de manera estándar.

Su segunda infancia y adolescencia la pasó en internados ingleses, escoceses y alemanes

 

¿Por qué Felipe nació allí? Porque su padre era príncipe griego, hijo del rey Jorge I. En realidad de griego tenían poco ya que pertenecían a la impronunciable dinastía de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg-Beck, alemana por los cuatro costados, y reinaban en Dinamarca. Aunque se esforzaron en hablar la lengua del Peloponeso y adentrarse en su cultura, los griegos nunca los aceptaron y en una de las tantas revoluciones el príncipe Andrés, padre de Felipe, fue arrestado y su esposa, la princesa Alicia, con su pequeño hijo Felipe tuvieron que exilarse.

Se ha hablado mucho de las grandes privaciones que vivió en su niñez y que, incluso, salió de Grecia en un cajón de manzana. Es verdad que el príncipe Andrés no había heredado gran cosa de su padre quien había renunciado a sus títulos daneses y en Grecia no había ganado ni para disgustos, pero su esposa y su hijito pasaron esta primera parte del exilio en Francia, en una casa que les prestó la princesa María Bonaparte, esas tías ricas y generosas que todos queremos tener.

Claro que María era, además, discípula de Freud así que, intuimos, que muy pronto habrá detectado que algo no andaba bien y cuando Felipe tenía 8 años a su madre, una mujer inteligentísima y altruista, le fue diagnosticada una esquizofrenia severa y fue hospitalizada.

Como su padre no pensaba hacerse cargo del niño ya que estaba en Montecarlo con su amante gastando en el casino los pocos morlacos que tenía, el niño fue a parar a la casa de su abuela materna, en Inglaterra, y su tío, Luis Mountbatten se hizo cargo de su educación.

Felipe y su hijo Carlos

Este cambio lo marcó para siempre. Griego ya no era porque los republicanos le habían quitado la ciudadanía; alemán nunca se había sentido; el corazón de su familia seguía en Dinamarca pero habían renunciado a los títulos nórdicos de modo que no solo no tenía nacionalidad sino que tampoco tenía apellido. Hacerse inglés fue como llegar a destino. Y eso que no sabía lo que le tenían preparado.

Su segunda infancia y adolescencia la pasó entre internados ingleses, escoceses y alemanes. Eran instituciones muy rígidas pero para un chico que había crecido solo con una madre excéntrica, la camaradería escolar, los deportes y los desafíos impuestos dejaron en él recuerdos agradables y persistentes. Luego ingresó en a la Marina Real y ya para ese entonces su tío tenía claro que su sobrino preferido era un candidato ideal para una jovencita muy cercana a su familia.

Cuando en 1939 las princesas Isabel y Margarita visitaron el yate real Britannia fueron recibidas por el mejor cadete de la promoción, un primo lejano que, como ellas, era tataranieto de la reina Victoria y que ahora respondía al nombre de Felipe Mountbatten. Isabel tenía 13 años y quedó deslumbrada por ese joven de 18 tan alto, tan rubio y tan de mundo. Ella, inocente le agradeció al destino por haberlo puesto en su camino. Él, mucho más terrenal, se lo agradeció a su tío, artífice verdadero del encuentro y el “celestino” más exitoso de la historia.

Los jóvenes conversaron, tomaron el té y al rato nomás sobrevino la Segunda Guerra Mundial. La amistad fue epistolar hasta que en 1943 Felipe obtuvo un permiso y pasó una temporada con los Windsor. El rey, Jorge VI, no estaba tan convencido de que Felipe fuera el candidato ideal para su niña. Por las venas de Felipe corría sangre azul suficiente para que fuera considerado un príncipe ídem. El hecho de que una de sus bisabuelas fuera Julia Hauke, una “simple” condesa polaca que se había casado con un príncipe alemán estando embarazada, no era impedimento para el matrimonio aunque los más esnobs de la familia hablaban de ese ancestro con la boca torcida. Lo que no le gustaba al rey era que Lilibet había crecido entre algodones y el muchacho ya se había arrastrado por el fango. Ella era la inocencia y él la experiencia. Demasiada, pensaba el suegro.

Finalmente lo convencieron con la condición de que el compromiso se anunciara cuando terminara la guerra e Isabel fuera mayor de edad. Así que esperaron hasta 1947: en julio se comprometieron y en noviembre se casaron. Si bien se le otorgó el ducado de Edimburgo, Felipe tuvo que renunciar a todos sus títulos anteriores.

Resultó que ella no era tan inocente ni en la alcoba ni en su papel institucional y él tuvo que luchar para encontrar su espacio en una casa real tan matriarcal. Diez años son los que esperó para que su esposa le devolviera el título de príncipe y quince para poder darles el apellido Mountbatten a sus hijos. Y solo a los menores porque Carlos y Ana aún hoy son Windsor.

Toda la familia: Felipe, Isabel y sus cuatro hijos

Lo que sigue después es historia conocida: 73 años de servicio a la corona, actos institucionales casi a diario, siempre unos pasos atrás de la reina pero sin resignar protagonismo, un poco infiel pero siempre leal, un padre duro y un abuelo blando. Los lectores encontrarán anécdotas que lo pintan de cuerpo entero al punto de que se ha escrito un libro con sus “golden gaffes”. O sea, sus meteduras de pata más famosas, la mayoría de ellas rozando el racismo y ese sentido de superioridad tan inglés.

Ejemplos hay cientos. Una vez le preguntó a un estudiante que había hecho prácticas en Kenia como había sobrevivido a los caníbales; en plena recesión dijo no entender por qué trabajadores desocupados que se habían quejado siempre de que no tenían tiempo libre, ahora que lo tenían se quejaban también; a un invitado al palacio que era negro le preguntó de qué lugar exótico provenía a lo que el hombre, molesto, le contestó “de Birmingham”. La más curiosa y bastante reciente es cuando visitó un asilo de ancianos y preguntó, si a una señora en silla de ruedas, abrigada con una manta aislante color plateada, la iban a meter en el horno.

Y la gaffe que más de cerca nos toca es la que tuvo lugar en 1966 en el Hurlingham Club. El príncipe había venido a Argentina a inaugurar un campeonato ecuestre y, de paso, jugar un partido de polo. Pero como su hándicap no era muy bueno le pusieron como compañeros a dos de los hermanos Heguy, famosos por su destreza. Por supuesto que ganaron y al finalizar el partido Felipe les dijo a los periodistas que le gustaría cambiar las Malvinas por los dos jugadores.

Felipe dijo que hubiese cambiado las Malvinas por dos hándicaps argentinos

 

No era esta su primera visita a nuestro país. En 1962 la embajada británica lo había mandando a Argentina en un intento de evitar, con su presencia, el golpe que se tenía preparado para derrocar el gobierno constitucional de Arturo Frondizi. Los actos oficiales resultaron accidentados y la visita fue un fiasco. Los militares igual tomaron el poder y Felipe fue resguardado en una estancia cuya dueña, Malena Nelson Hunter viuda de Blaquier, pasó toda su larga vida (falleció en 2016 a los 100 años) negando haber sido amante del duque y remarcando que solo los unía el amor por el polo.

Felipe regresó en 1992 como representante de la WWF para actos que realizó la Fundación Vida Silvestre de Argentina. Inauguró un congreso de medioambiente y una muestra de arte en la galería Zurbarán. Desconocemos si en esa ocasión probó algún asado con sus correspondientes mollejas, de las que era fanático.

Aunque en 2017 el príncipe dejó de participar en actos oficiales pudimos verlo en las bodas de sus nietos, la última el año pasado en plena pandemia, siempre elegante y al lado de su reina.

En 2021 fue cuando empezaron los achaques más serios y a mediados de marzo se mostraron, innecesariamente a nuestro entender, unas fotos del duque muy desmejorado saliendo del hospital luego de haber sido operado del corazón. No lo sabíamos pero su familia, sí: quería morir en su casa y ese corto viaje en auto, era el viaje final.

Isabel se despidió en silencio pero sus hijos eligieron recordarlo en un documental que la BBC emitió una vez fallecido y que recomendamos a nuestros lectores.

El duque cuando viajó a Argentina

El 9 de abril pasado nos despertamos con la triste noticia de su fallecimiento. Toda la semana su familia, estadistas, reyes y hasta Boy George, Mick Jagger y los Beckham evocaron su servicio al país y lo valioso que fue para la reina. Se hubiera reído él un poco de tanta alabanza y, seguramente, hubiera preferido ser recordado por su aspecto más humano. Ayer fue su funeral al que, en este marco sanitario, solo pudieron asistir sus familiares más cercanos. Dicen que, de todas formas, él no quería un servicio de estado pero, creemos, tampoco algo tan deslucido que no le hace honor al símbolo al que fue, según palabras de su hijo, el abuelo de toda una nación. Se cumplió su voluntad de que su cuerpo fuera trasladado en una especie de utilitario, un híbrido que el mismo diseñó y que refleja fielmente su espíritu aventurero.

Por dos meses no llegó a cumplir los 100 años, una cifra redonda que él hubiera considerado un burdo cliché, una fecha en la que su ausencia hubiera sido imperdonable pero su presencia en silla de ruedas y demacrado hubiera sido directamente el acabose. Felipe fue oportuno hasta para morir. Y murió brindando, además, el último servicio a la corona que, hasta hace pocos días vivía sus horas más bajas con las declaraciones, acusaciones y desplantes de Harry y Meghan.

Su muerte hizo revivir la mística. Puede descansar en paz.

 

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