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Información General |Historias reales que parecen increíbles
Los castrati: Sacrificios extremos en pos de la voz infantil perpetua

Tuvieron en Europa una extensa fama como grandes cantantes. Pero para lograrlo sufrieron la castración de sus genitales, algo que, en muchos casos, los llevó a la muerte. Las privaciones sexuales y los casos de algunos que resultaron “amantes de excepción”

Los castrati: Sacrificios extremos en pos de la voz infantil perpetua

Los niños del coro Thomanerchor cantan en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig (Alemania), durante la ceremonia conmemorativa por el octavo centenario del coro, fundado en 1212 / Peter Endig

2 de Octubre de 2022 | 03:41
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Los castrati o eunucos, es decir varones que han sufrido la ablación de sus testículos, dominaron la interpretación musical vocal en Europa hasta bien entrado el siglo XIX, aunque fue durante el barroco que alcanzaron su máximo esplendor, dado que hasta entonces se prohibía a las mujeres cantar en las iglesias y en los escenarios. Se trataba de niños que eran entrenados como cantantes solistas desde pequeños y ejercían sus dotes musicales, al principio, en el ámbito de la música religiosa, aunque después abarcaron los géneros del Oratorio y la Ópera italiana, según describe Claudio Morla, especialista en música medieval.

Hay testimonios de la existencia de eunucos desde siglos anteriores en otras sociedades orientales, los más antiguos se encontraban en China y la India, así como en Egipto, Persia, Grecia y Roma, y, en la Edad Media, en Bizancio y el mundo islámico. Aunque en estas culturas, la mayor parte de los muchachos que eran castrados lo eran total o parcialmente, extirpándoles también la posibilidad de obtener satisfacción sexual.

La consideración social de los eunucos en estas culturas era muy diversa, y, además de ser percibida su castración como indeseable, se encontraba la consideración de personas fieles como un esclavo o, incluso, cualidades como la pureza de un asceta, señala Morla.

UNA INTERVENCIÓN, A VECES, MORTAL

En Europa, la intervención que sufrían los niños en sus genitales para mantener una voz entre infantil y femenina, se efectuaba antes de que se iniciaran los cambios que llevaban a la madurez sexual. El procedimiento, que se concretaba en barberías, consistía en cortar los conductos espermáticos de los testículos, sin llegar a extirparlos ni mutilarlos, aunque su crecimiento quedaba atrofiado.

Para realizar esta operación se introducía al niño en un gran barreño lleno de agua o leche muy caliente y se lo drogaba con opio, para que tuviera menor sufrimiento. Sin embargo, muchos de ellos morían a consecuencia de estos procedimientos.

Si eran operados antes de cumplir los diez años solían presentar unas características bastante femeninas, su pene no crecía y su descompensación sexual provocaba que no sintieran ningún tipo de deseo por el sexo.

Pero, si los niños eran castrados cuando su pubertad ya había dado comienzo, su desarrollo era más normal, su pene continuaba creciendo y eran capaces de alcanzar erecciones y obtener satisfacción sexual.

CODICIADOS COMO AMANTES

Algunos de ellos llegaban a casarse, siempre con dispensa papal, pues el matrimonio con un castrati estaba prohibido, pero eran muchos los que sacaban provecho de esta situación ilícita, como lo hiciera el famoso Consolino, un verdadero mujeriego que se beneficiaba de sus delicados rasgos femeninos y acudía disfrazado de mujer a sus citas para mantener apasionadas aventuras ante el propio marido.

Para las mujeres de la alta sociedad europea, lograr la relación con un castrati tenía un doble beneficio, puesto que no concebían y obtenían, además, una dosis mayor de placer sexual, ya que la castración alargaba el rendimiento de ese hombre al que, la falta de sensación, le hacía fijar más su atención en el deseo de la mujer, al contrario que los hombres normales que sólo se ocupaban de su propia satisfacción.

Así, muchos castrati alimentaron su leyenda y extendieron sus habilidades como infatigables amantes, de tal manera que su fama se extendió por media Europa, y llegaron a convertirse en mitos que proporcionaban fantasías ilícitas y morbosas, a espaldas de la estricta moralidad que imperaba en la sociedad europea de la Edad Moderna.

Pero, realmente, en el terreno del arte, el objetivo de esta castración era preservar la laringe y las cuerdas vocales en su estado infantil, mientras el cuerpo se desarrollaba normalmente, aunque solían presentar un tórax más grande, así como unos brazos y piernas más largos que lo habitual, la piel se mantenía suave y la cara lampiña.

UNA VOZ “ULTRATERRENA”

En cuanto a la formación musical, castrati famosos recibieron desde muy temprano una educación muy sólida, mayor generalmente que la mayoría de los cantantes naturales y a su voz se la describía con un término común en la época: “ultraterrena”, es decir, “fuera de lo común”.

La dedicación de los castrati al canto comenzaba en la Iglesia, donde el canto litúrgico era ejecutado exclusivamente por varones y, con el uso de las polifonías, los cantos con notas más agudas eran proporcionadas por voces infantiles o por dos tipos de varón adulto, los tenores livianos, con registros muy agudos, y los denominados falsetistas.

Donde los castrati causaron sensación fue en el Vaticano, durante los papados de Sixto V y, sobre todo, Clemente VIII (en el siglo XVI y principios del XVII), quienes reorganizaron los coros de la Capilla Sixtina y la Capilla Musical de la Basílica de San Pedro, reemplazando a los niños y los falsetistas con castrati.

Pero fue en la ópera y formas asociadas de canto solista donde los castrati estuvieron más cotizados, en representaciones públicas o privadas para la clase aristocrática.

A partir de 1600, la popularidad de los castrati llegó a extenderse por toda Europa, en donde creció la tendencia de los músicos a escribir para su particular voz, de tal manera que ninguno era igualado por cantante de voz natural, fuera varón o mujer.

El castrati italiano Farinelli (Carlo Broschi, Nápoles, 1705, Bolonia, 1782) fue uno de los cantantes de mayor prestigio de la época, que recorrió los teatros más importantes europeos y organizó espectáculos musicales en las cortes españolas de Felipe V y Fernando VI.

Goethe dejó escrito sobre el teatro de ópera en Roma: “Reflexiono sobre las razones por las que me gustan tanto estos cantores, y encuentro la respuesta en la representación. El concepto de imitación y artificio se percibe invariablemente con más fuerza y se produce una suerte de ilusión creciente. Este doble placer se da en el hecho que estas personas no son mujeres, sino solamente representan mujeres”.

El último castrati fue Alessandro Moreschi (1858-1921). Aunque en 1902, al principio de la tecnología de la grabación sonora, grabó algunas piezas, lamentablemente la reproducción no es fiel a las cualidades de su arte. Sin embargo, son las únicas grabaciones que nos han quedado de estas voces sublimes que embellecieron la música, a pesar de sus ignominiosos secretos.

El último
El último castrati fue Alessandro Moreschi (1858-1921). Aunque en 1902, al principio de la tecnología de la grabación sonora, grabó algunas piezas, lamentablemente la reproducción no es fiel a las cualidades de su arte, sin embargo, son las únicas grabaciones que nos han quedado de estas voces sublimes que embellecieron la música, a pesar de sus ignominiosos secretos.

 

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Retrato de Alessandro Moreschi (1858-1922), “el ángel de Roma”, alrededor de 1883, del que se tiene la única grabación musical de un castrati, realizada en el año 1902 / EFE

Los niños del coro Thomanerchor cantan en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig (Alemania), durante la ceremonia conmemorativa por el octavo centenario del coro, fundado en 1212 / Peter Endig

Retrato del que fuera famoso castrati, Carlo Broschi, más conocido como Farinelli (1705-1782). Óleo sobre lienzo, obra de Bartolommeo Nazari, 1734 / EFE

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