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Silvina Ocampo: la escritora que reinventó la literatura argentina desde un segundo plano

Silvina Ocampo, la menor de las hermanas de una de las familias más acaudaladas de Buenos Aires / web
Silvina Ocampo, la menor de las hermanas de una de las familias más acaudaladas de Buenos Aires / web
A lo largo de su vida, recibió premios por sus obras: entre ellas, el premio nacional de poesía en 1962
A lo largo de su vida, recibió premios por sus obras: entre ellas, el premio nacional de poesía en 1962

Por Redacción

Sigue siendo hoy un misterio fascinante: una mujer que eligió la discreción, que convirtió la fantasía y la infancia en literatura, y que dejó una obra que continúa inspirando a lectores y escritores de todo el mundo

Silvina Ocampo, la menor de las hermanas de una de las familias más acaudaladas de Buenos Aires, construyó a lo largo de su vida un perfil enigmático y fascinante que todavía despierta admiración y curiosidad. Rodeada de figuras literarias de la talla de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y su propia hermana Victoria, Silvina eligió un segundo plano que no disminuyó su talento ni la profundidad de su obra, hoy considerada esencial en la literatura argentina.

Murió un día como hoy, pero de 1993. Tenía 90 años y estaba en Buenos Aires. Fue sepultada en la cripta familiar de los Ocampo en el cementerio de la Recoleta.

Nacida el 28 de julio de 1903 en Viamonte 550, en el corazón de Buenos Aires, Silvina Inocencia María Ocampo pasó su infancia entre lujos y excentricidades: institutrices inglesas y francesas, viajes anuales a París con vaca incluida para asegurar leche fresca, y largas temporadas en las mansiones y estancias de su familia en San Isidro, Pergamino y Córdoba. Este entorno, sumamente protegido y privilegiado, no impidió que la pequeña Silvina desarrollara una mirada curiosa hacia el mundo de la servidumbre que la rodeaba, explorando los últimos pisos de las casas y participando en tareas domésticas que la marcarían para siempre.

La escritora Mariana Enriquez, en su libro La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, describe a Silvina como alguien que nunca trabajó por dinero ni participó de la vida política o cultural de manera activa. Su vida social se fue reduciendo con los años y, aunque la fortuna le dio libertad, apenas la usó. “Todos esos títulos no la explican, no la definen, no sirven para entender su misterio”, escribe Enriquez.

De niña, Silvina pintaba más que escribía, y su obra posterior refleja con frecuencia la infancia y las dependencias de servicio que conoció. Sus cuentos están poblados de niños crueles, perversos o trágicos, de costureras, institutrices, adivinas y perros embalsamados. Su primer libro, Viaje olvidado (1937), recrea su infancia deformada por la memoria, mientras que su libro póstumo, Invenciones del recuerdo (2006), se aproxima a una autobiografía infantil.

A los 26 años, Silvina viajó a París para estudiar dibujo y pintura, integrándose al Grupo de París, donde compartió experiencias con artistas como Norah Borges, Raquel Forner y Xul Solar, y tomó clases con figuras como Giorgio de Chirico y Fernand Léger. Sin embargo, con el tiempo abandonó la pintura para dedicarse por completo a la literatura.

Su vida personal estuvo marcada por su relación con Adolfo Bioy Casares, con quien se mudó a la estancia Rincón Viejo entre 1934 y 1940. Allí, lejos de los convencionalismos sociales, la pareja vivió una etapa feliz e intensa: Bioy Casares decidió abandonar la abogacía para dedicarse a la literatura, y Silvina comenzó a escribir los cuentos de Viaje olvidado. En ese mismo escenario se consolidó la amistad con Borges, un vínculo que perduró hasta la muerte del autor de El Aleph.

Si bien a menudo se la consideró a la sombra de su hermana Victoria, de su marido Bioy y de Borges, muchos sostienen que Silvina eligió ese lugar. Desde allí, pudo construir una vida privada lo más libre posible y, al mismo tiempo, desarrollar una obra literaria que desborda imaginación, ironía y un humor oscuro muy particular.

Su producción abarcó poesía, cuentos y colaboraciones con Borges y Bioy. Entre sus libros de poesía se encuentran Enumeración de la patria (1942), Espacios métricos (1945), Poemas de amor desesperado (1949), Los nombres (1953), Pequeña antología (1954), Lo amargo por lo dulce (1962) y Amarillo celeste (1972). Junto a Borges y Bioy escribió Antología de la literatura fantástica (1940) y Antología poética argentina (1940), y con Bioy, la novela policial Los que aman odian (1946). Sus cuentos, como los de Autobiografía de Irene (1948), La furia y otros cuentos (1959) o Cornelia frente al espejo (1988), están poblados de seres fantásticos y reflejan su singular mirada sobre el mundo.

A lo largo de su vida, Silvina recibió reconocimientos como el Premio Municipal de Literatura (1954), el Premio Nacional de Poesía (1962) y la Beca Guggenheim.

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