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Salud metabólica: el engranaje eficiente que condiciona peso, energía y enfermedades

No es una moda ni un diagnóstico único, sino una forma de leer cómo el cuerpo gestiona su “combustible”. Qué indicadores lo definen, por qué hoy preocupa a la ciencia y cuáles son las estrategias más eficaces para mejorarlo

Salud metabólica: el engranaje eficiente que condiciona peso, energía y enfermedades
8 de Febrero de 2026 | 06:03
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La expresión “salud metabólica” aparece cada vez con más fuerza en consultorios médicos, redes sociales y discursos públicos sobre bienestar. Se la menciona como sinónimo de longevidad, prevención de enfermedades crónicas e incluso de calidad de vida. Sin embargo, definirla no es sencillo: no se trata de una patología concreta, sino de un estado general del organismo vinculado a la forma en que el cuerpo utiliza y almacena la energía.

En términos médicos, suele describirse como la ausencia del llamado síndrome metabólico, un conjunto de alteraciones que incluyen perímetro de cintura elevado, presión arterial alta, glucosa aumentada en sangre, triglicéridos altos y niveles bajos de colesterol HDL, el conocido “colesterol bueno”. La presencia de tres o más de estos factores eleva de manera significativa el riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares y diabetes tipo 2.

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. Distintas estimaciones indican que una gran mayoría de los adultos presenta al menos algún grado de alteración cardiometabólica, aun sin síntomas evidentes. En muchos casos, el deterioro avanza de manera silenciosa durante años antes de manifestarse como enfermedad.

FACTORES TENER EN CUENTA

Uno de los centrales es la acumulación excesiva de grasa corporal, en especial en la zona abdominal. La adiposidad no solo implica un aumento de peso: las células grasas cumplen funciones hormonales y, cuando se expanden más allá de su capacidad, comienzan a liberar sustancias inflamatorias que interfieren con la acción de la insulina. Ese proceso favorece la resistencia a la insulina y genera un círculo difícil de romper, en el que el cuerpo almacena cada vez más energía de forma ineficiente.

La distribución de la grasa también importa. Las personas que tienden a acumular tejido adiposo en el abdomen suelen presentar mayor riesgo metabólico que aquellas cuya grasa se concentra en caderas y muslos. Parte de esta diferencia está determinada por factores genéticos y por el comportamiento distinto de la grasa visceral, que rodea los órganos internos y se asocia a mayor inflamación.

El exceso de grasa, además, rara vez aparece solo. Suele funcionar como una señal de alerta de otros desequilibrios: aumento del colesterol, alteraciones en la glucemia o subas progresivas de la presión arterial. En etapas tempranas, estos cambios pueden parecer menores, pero su evolución en el tiempo es clave. Una presión que “todavía está dentro de lo normal”, pero viene subiendo de manera sostenida, puede ser una advertencia temprana de disfunción metabólica.

Cuando estos factores se mantienen, las consecuencias se extienden a múltiples sistemas del organismo. La hipertensión daña las arterias y sobrecarga al corazón y los riñones; la diabetes afecta vasos sanguíneos y órganos de filtración; y la acumulación de grasa en el hígado puede derivar en enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica. Incluso se ha observado una mayor incidencia de ciertos tipos de cáncer en contextos de obesidad y niveles elevados de insulina.

EJERCICIO, ALIMENTACIÓN Y SUEÑO

Frente a este escenario, la prevención aparece como la estrategia más efectiva. Mejorar la salud metabólica no depende de una única intervención, sino de un conjunto de hábitos sostenidos en el tiempo. Los especialistas suelen señalar como punto de partida el abandono del tabaco, asociado a mayor grasa visceral y daño vascular. A partir de allí, la alimentación, el movimiento, el sueño y el manejo del estrés cumplen un rol central.

No existe una única dieta válida para todos, pero los enfoques que muestran mejores resultados comparten rasgos comunes: alimentos poco procesados, bajo consumo de azúcares añadidos, aporte adecuado de proteínas y un patrón que pueda mantenerse a largo plazo. En ese marco, dietas bajas en carbohidratos, esquemas ricos en proteínas, variantes de la dieta mediterránea y planes basados en plantas han demostrado mejoras en distintos indicadores metabólicos, más allá de la pérdida de peso en sí.

El ejercicio actúa como otro pilar. La combinación de actividad aeróbica, entrenamiento de fuerza y, en algunos casos, ejercicios de alta intensidad mejora la sensibilidad a la insulina, la presión arterial y la composición corporal. Incluso pequeños cambios —caminar más, usar escaleras, interrumpir el sedentarismo— pueden marcar diferencias cuando se sostienen en el tiempo.

El descanso y el estrés tampoco son aspectos menores. Dormir mal o vivir en un estado de tensión permanente se asocia a alteraciones hormonales que favorecen la resistencia a la insulina. Prácticas como la meditación, el yoga o simplemente incorporar pausas activas pueden contribuir a un mejor equilibrio metabólico.

Aunque existen medicamentos que ayudan a controlar componentes aislados —glucosa, presión o peso—, los consensos científicos coinciden en que ningún fármaco reemplaza a los cambios en el estilo de vida. La salud metabólica, más que una meta puntual, se construye como un proceso: un ajuste continuo del modo en que comemos, nos movemos y habitamos el día a día.

En ese sentido, medirla va más allá del número que marca la balanza. La circunferencia de cintura, los análisis de sangre, la presión arterial y la composición corporal ofrecen una mirada más completa sobre cómo está funcionando el organismo. Entender ese engranaje silencioso puede ser el primer paso para intervenir a tiempo y evitar que los desequilibrios se conviertan en enfermedad.

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