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Jóvenes al límite

La peligrosa moda de "surfear" trenes, correr picadas o apostar la vidaPor FACUNDO BAÑEZ

Jóvenes al límite

Jóvenes al límite

Cuentan que todo comenzó en la legendaria ciudad surafricana de Soweto, donde nació Nelson Mandela hace 90 años atrás y donde ahora, con el apartheid como parte de un pasado cercano, los jóvenes practican el deporte más peligroso del mundo: el train-surfing, o surfear en tren. Hay que viajar fuera del vagón, agarrado a los costados o debajo de la formación, entre las ruedas, o directamente trepado al techo, haciendo equilibrio, agachados si se aproxima un túnel y esquivando a toda velocidad los cables de alta tensión. El surfeo de trenes tiene origen africano pero es una moda comentada y practicada en varias partes del mundo. En Europa, en Indonesia y en varias ciudades de Brasil. En nuestro país tomó estado público recién en los últimos días, cuando un chico de 16 años murió tras recibir una descarga de 25 mil voltios en la estación ferroviaria de Temperley. Ahora todos hablan y se asombran de los pibes que se juegan la vida colgados al tren o arriesgan todo en apuestas destinadas a desafiar al peligro. Y se preguntan algo que no tiene una sola respuesta: ¿por qué?

En Soweto, donde ya murieron diez chicos electrocutados arriba de un vagón, las razones que explican el fenómeno apuntan a cierta manifestación nihilista de la juventud y a su recurrente desdén por los convencionalismos de la sociedad. Aquí, en las vías del Conurbano bonaerense, los especialistas no evitan hablar de ese desdén o fastidio juvenil pero le agregan al cuadro un factor que acaso también nos emparente con nuestros distantes hermanos africanos: la falta de un horizonte.

En Soweto el desempleo juvenil llega al 50 por ciento y la miseria es cosa cotidiana y repetida entre los pibes de edad escolar. Aquí, en las vías bonaerenses, nuestras autoridades no han hecho mucho para que la situación sea distinta.

"Subirse a un tren, correr una picada o jugar a la ruleta rusa con un arma cargada son síntomas del mismo problema -resume el sociólogo Eduardo García Cantemoni-. Son situaciones que, más allá del contexto o las formas, hablan en el fondo de una misma cuestión: el descontento, la exclusión, la marginalidad, la falta de un proyecto y de valores. Frente a un panorama tan desolador, no debe resultar llamativo que para muchos jóvenes la vida tenga un valor relativo".

TIEMPOS VIOLENTOS

En enero de 2002, un pibe de 17 años se terminó matando luego de que se le escapara un tiro que le perforó la cabeza mientras jugaba a la ruleta rusa en su casa de Burzaco. Casi a la misma hora, Walter Olmos, un conocido cantante de música tropical de 23 años, se disparó en la cabeza aparentemente por el mismo motivo. Y cuatro años después, en julio de 2006, un adolescente se hizo famoso como "el tirador de Belgrano" luego de disparar hacia la calle desde la ventana de su edificio. Para muchos, los casos cambian pero hablan de lo mismo. Un arma cargada. Un tren en movimiento. Postales de una juventud atravesada por la crisis.

"El de los pibes que se suben al techo de un tren o juegan a la ruleta rusa no es una moda -advierte la psicóloga Susana Machado García, especialista en adolescencia y familia-. Del mismo modo que los jóvenes que transgreden las leyes penales no lo hacen sólo por necesidad. El montaje de adrenalina que experimentan en esa pulseada imaginaria con la muerte es una forma de goce. Una experiencia nueva y límite. Y cuanto más alta es la apuesta, mayor será el goce, de lo que se infiere claramente un desprecio por la vida y un peligroso sentimiento de omnipotencia e indestructibilidad".

El de la relación entre jóvenes y armas es un tema que merece atención. Hace apenas unos días, el ministerio de Salud de la Nación difundió unos datos de la provincia de Buenos Aires que pusieron luz sobre una realidad que alarma. Entre 1997 y 2005 los suicidios se incrementaron un 53% en suelo bonaerense, pero ese crecimiento fue mucho más notorio entre los jóvenes. El incremento de suicidios en la franja que va de los 15 a los 19 años, por ejemplo, fue de un 156%. Y en la franja de 20 a 24 años, la crecida fue del 148%. Otra vez la pregunta: ¿por qué?

"No hay un solo motivo -argumenta García Cantemoni-. Se trata de una realidad en la que confluyen varios factores. Pero hay una característica que suele atravesar tanto a los chicos que juegan con armas como a los que desafían a la muerte arriba del techo de un tren: la desesperanza. Por lo general son pibes que no tienen buenos niveles educativos y la disciplina familiar no existe. La realidad en muchas zonas del Conurbano es así: los pibes a los 12 o 13 años tienen a la violencia y la muerte como postales de su vida cotidiana. Conviven con el peligro. Y sin peligro muchas veces sienten que no hay vida".

Otra vez los números avalan la teoría: los autores de homicidios dolosos en suelo bonaerense, según las cifras del Ministerio de Salud, son en su mayoría hombres jóvenes. En el año 2004, por dar un ejemplo, de un total de 1.582 imputados por este motivo, el 91% era de sexo masculino y un 46% menor de 24 años.

Por todo esto, para Machado García "hay que pensar seriamente en algo más que una cuestión de moda adolescente. Hace unos años lo que estaba muy de moda era tomar alcohol hasta llegar al límite casi del coma etílico. Ahora es subirse a un tren y esquivar la muerte a toda velocidad. Pero hay que tener en cuenta que el adolescente va a desafiar siempre las leyes. Y si vive en un contexto social desfavorable, su conducta impulsiva no lo va a hacer mediatizar los riesgos reales de su acciones. Por eso somos los adultos los que tenemos la responsabilidad de ayudarlos. Y la mejor ayuda es no minimizar ninguna de estas situaciones. No son travesuras. Son síntomas que nos están hablando de una realidad que puede ser dramática".

EN LAS VIAS

Clic para ampliarEn Soweto, los pibes que surfean trenes tienen un baile conocido como Viva la Raza. Lo patentó un ídolo de la lucha libre mexicana llamado Eddie Guerrero -todo un héroe entre la juventud sowetana luego de que apareciera muerto en la habitación de un hotel en 2005- y se baila únicamente arriba del techo de un tren, en pleno viaje a toda velocidad, con el viento dando a la cara y los ojos fijos y sin parpadear mirando frente a frente a la muerte. Aquí, en nuestro suelo, los pibes no conocen a Eddie Guerrero ni bailan el Viva la Raza, pero ya empiezan a practicar el train-surfing como si fuera un rito tan deportivo como sagrado.

Muy parecido a lo que ocurre por estos días en varias ciudades importantes de Brasil, donde los adolescentes ya lo convirtieron en una moda que hace furor. Bailan, se cuelgan de los laterales de la formación en movimiento y se agachan un instante antes de llegar a un puente. En Alemania, hace poco, trascendió la historia de un joven que subió al techo del tren bala como una de las últimas actividades de su vida. El adolescente, conocido como "el trainsurfer", sufría de leucemia y decidió vivir al extremo sus últimos momentos. Su premisa fue clara: sólo se puede ser libre si no se tiene nada que perder. El joven murió un año después de capturar las imágenes, que se encuentran ahora subidas al popular sitio YouTube.

El momento de mayor peligro, ya sea en Soweto, en Río de Janeiro o en las vías que recorren el Conurbano bonaerense, llega cuando el tren se acerca a un túnel. El espacio entre el techo del tren y el muro suele ser de menos de medio metro. Entonces el surfer se acuesta boca abajo sobre la formación y se queda durante unos instantes sin moverse y sin siquiera respirar. Si lo hace, lo más probable es que el resultado sea la muerte.

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