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El actor llega el fin de semana próximo a la Ciudad para mostrar “La ballena”, una historia que llama la atención por sus superficies pero que es, dice el actor, un cuento sobre la soledad
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
Lo primero que llama la atención de “La ballena” es lo primero que interesó a su protagonista, Julio Chávez: ese cuerpo. La exitosa obra teatral que llegará al Coliseo Podestá este fin de semana (funciones sábado y domingo) tiene en el centro de la escena a Charlie, profesor de literatura que no sale de su casa a causa de su obesidad mórbida. Ha decidido no hacer nada al respecto, no atenderse, y enfrentar la certeza de sus últimos días, en los cuales intenta reencontrarse con Ellie, su hija, a la que no ve desde hace ocho años. Son los últimos días de un hombre que intenta reparar algo impulsado por una esperanza en el mundo. Pero también, es la historia, el cuerpo, que llevó al Oscar a Brendan Fraser.
La obra, que es anterior a la película (fue escrita por Samuel D. Hunter en 2012; la puesta argentina la dirige Ricky Pashkus) “contiene algo muy atractivo para cualquier actor”, reconoce Chávez, en diálogo con EL DIA. “Es ficcionar una situación física que no es la mía. ‘Juguemos a que te cuento que…’ En este caso, jugamos a que yo soy alguien que no soy, no tengo esa morbidez de Charlie, y ahí aparece un hecho teatral muy atractivo, yo subo a escena a proponer eso y el espectador se aviene a jugar conmigo”.
El traje es un desafío físico para el actor, que tiene que maniobrar en escena con el cuerpo pesado de prótesis y actuar a través de ellas, pero, dice, “si no tuviera el traje no podría contar el cuento. Charlie es una persona está separada del mundo, de alguna manera, por una situación física, así que esa sensación de coraza que genera el traje, esa imposibilidad, forma parte de algo que me hace vivenciar de una manera muy fuerte lo que le puede pasar a Charlie. Y además está la voz, el texto: el traje no impide que se comunique. Al principio me pregunté cómo contar esto, pero hoy por hoy, si no me pongo el traje me sentiría desnudo, lo necesito para relatar, es un elemento muy importante”.
“El problema de Charlie no es la obesidad, es ser humano: la humanidad de Charlie está fallada, como toda humanidad. Intenta ser un ser humano feliz y no lo logra. Pero intenta”
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Pero, dice el actor, todo el tema del traje queda rápidamente en segundo plano. “Una vez que el espectador entró en esa convención, ¿qué contamos?”, se pregunta, y responde: “No contamos la magia de un traje, eso dura un minuto. Ahí viene la segunda parte de ‘La ballena’”.
Esa segunda parte es una historia profundamente humana, donde una persona, por las cuestiones que le tocan, se va separando del mundo. La obra de teatro, en ese sentido, cuenta un cuento muy diferente a la película de Darren Aronofsky, que apuesta mucho más al patetismo, a la miseria, incluso al asco. La palabra clave de la obra de teatro, en cambio, es “empatía”.
- La película, que salió casi en paralelo con el estreno teatral, fue muy vista y comentada, pero generó críticas por su tratamiento de Charlie. ¿Le trajo problemas a la obra, prejuicios de los espectadores?
- Bueno, por suerte nuestra “Ballena” ha sobrevivido, aunque hubo que remar en algunas ocasiones. Y en particular eso tiene que ver con que la película no es empática. La película se estrenó unos meses antes que la obra. Yo no sabía que la película no era empática, no vi la película, y mucha gente, después de ver la película, dijo “yo no la vuelvo a ver, no voy al teatro a ver algo así”. Pero mucha gente vio la obra y la película, y estaban sorprendidos por las diferencias que había. Aquellos que quedaron tocados por la película, desde ya, hay que hacer un trabajo de convencimiento. Hay que decir que esta obra no se desencadena a partir de la película, sino a partir de la obra de teatro original, así que tuvimos la posibilidad de tener una mirada personal de la obra. La película tiene otra mirada, produce otra cosa en los espectadores. Estoy contento de la respuesta que dimos nosotros ante las preguntas de la obra: este es un espectáculo empático, respetuoso, y no involucra a Charlie dentro del conflicto de la humanidad. La obra se inicia con un aparente problema, la obesidad, pero cuando termina los espectadores no podrían decir que el problema es ser obeso, sino ser un ser humano: la humanidad de Charly está fallada, como toda humanidad, intenta ser un ser humano feliz y no lo logra, quiere ser un buen padre y no lo logra. Pero intenta. El problema de ser un ser humano.
- En ese sentido, más allá de la circunstancia de la obesidad, la película parece hablarle incluso al presente, a esta epidemia de soledad que atravesamos.
- Agregaría a la epidemia de soledad, que me parece fuerte pero también me parece adecuado, el desinterés que hay por los otros. Estamos desinteresados por las humanidades, las reales, las presentes. Incluso, en estos tiempos de inteligencia artificial, hay un desinterés por la estupidez humana: siempre nos comunicamos con algo de estupidez, y es hermoso, fallido. Estamos con un problema entre nosotros. Es una soledad producida por nuestros actos: es muy difícil no estar solo si estás en comunión con el celular 8 horas diarias. Pero si no estás en comunión con el celular, te da la sensación de que es poco interesante lo que pasa en el mundo, como si el hecho concreto, la realidad, no fuera suficiente. “La ballena”, como muchas obras de teatro, proponen abandonar esa fuente de estímulos, establecer un contacto con lo humano que está enfrente, recordar que tenemos lenguaje, que tenemos capacidad de comunicarnos, que podemos tener empatía, sin necesidad de tener el celular. Es un recordatorio importante para mí: cuando hago la obra y percibo el silencio, pienso “es un silencio casi religioso”, es un hermoso silencio. Y ahí está lo humano, un humano le está contando una historia a otro humano, y el ser humano que recibe eso está siendo despertado. Para mí, ese hecho humano tiene mucho sentido. Yo no soy de despotricar contra las contemporaneidades, pero sí defiendo la belleza de que los seres humanos somos los únicos animales que se cuentan cosas.
- No querés despotricar, pero me imagino que habrás tenido tus momentos en escena donde suena un celular. Momento difícil.
- Bueno, en eso vale la pena despotricar, si tu celular está sonando en el medio de la función, que me ha pasado, vos sos responsable. He parado funciones por celulares que empiezan a sonar. Hay espectáculos inmersivos que invitan a no abandonar el celular, a usarlo, a mostrar que fuiste a verlo, porque si no sacás una foto, ¿dónde está que viniste a ver un espectáculo? Son formas, pueden ser atractivas para determinado espectáculo. Pero en este espectáculo, “La ballena”, el celular no tiene nada que hacer: todo lo necesario lo tenemos, está en el escenario y en la butaca. Después, el que no lo hace, el que no le gusta, bueno, quizás “La ballena” no sea para esa persona, y está bien.
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