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NOVEDADES

Gombrowicz, el escritor completo

En el Diario de Witold Gombrowicz confluyen la autobiografía, el ensayo y la crítica literaria y de arte en general

Witold Gombrowikz / web

Por MARCOS NÚÑEZ

En la era del link, las visitas y los clics podemos ver y escuchar a Witold Gombrowicz. En YouTube hay fragmentos de entrevistas y otras misceláneas pero una, particularmente, realizada poco antes de su muerte en julio de 1969, muestra a un hombre de rasgos endurecidos y un perfecto afeitado; mientras habla, de cuando en cuando se atusa el mentón con el índice y el pulgar, o esgrime una lapicera con gesto ampuloso. Opina sobre la comida francesa pero también habla de por qué prefiere a Thomas Mann y a Dostoievsky antes que a Proust, Balzac o Zola. Y dice, claro, algo sobre la juventud: “Todo lo que uno hace es una negación a envejecer”. Y es que para Gombrowicz este es un tema central en su obra y en su pensamiento. Escribe en su Diario: “La juventud es un valor en sí mismo, es decir, una fuerza destructora de todos los otros valores, que no le son necesarios, porque ella es autosuficiente”.

La historia es archiconocida: el joven escritor llega a la Argentina en 1939 en el transatlántico Chrobry invitado a la inauguración de una nueva línea marítima entre Polonia y la Argentina; apenas unos días después de haber llegado, hacia finales de agosto, los nazis invaden Polonia. Gombrowicz, con sus bártulos a cuestas, está a punto de volver en el mismo barco que lo dejó es estas costas, pero en el último momento decide quedarse. Desde entonces escribirá en publicaciones del exilio polaco para sobrevivir y, más tarde, se resignará a trabajar como empleado bancario; y se rodeará, paulatinamente, de un círculo de intelectuales afectos a reuniones de trasnoche en cafés y pensiones de mala muerte. Hacia 1953, después de traducir al español Ferdydurke –publicada en Polonia en 1937– y de escribir una nueva novela, Trans-Atlántico, toma la determinación de empezar a escribir su propio diario. Y lo hará mensualmente en las páginas de la revista Kultura, que se publicaba en Francia por emigrados polacos, durante dieciséis años entre 1953 y 1969.

No debe leerse como arbitraria la asociación hecha al comienzo entre Gombrowicz y el mundo 2.0. El Diario era el “núcleo” de Kultura: “Al abordar temas fundamentales para los polacos como el exilio, el patriotismo, el comunismo, el catolicismo, provocando polémicas con los lectores (…), Gombrowicz creó una verdadera tribuna, un ‘blog’ antes de internet”, afirma Rita Gombrowicz, última esposa de escritor, en el prefacio del libro publicado por El cuenco de Plata.

“Pervive en mí la convicción de que el escritor que no sabe escribir de sí mismo es incompleto”, apunta el polaco en una entrada del diario. Con este apotegma el escritor no sólo responde a las críticas recibidas en una carta en 1953 (“¡No haga comentarios sobre su propia obra! Limítese a escribir”) sino que además hace explícita la génesis de esta voluminosa obra, lo que encuentra eco en la advertencia de los editores al inicio del libro: “Gombrowicz empezó a escribir con el fin de alcanzar la celebridad y no para reafirmarla”. A contramano de lo que connota un diario –lo íntimo, lo privado–, el escritor polaco escribe el suyo propio para hacerse conocido.

Desde las páginas de su diario Gombrowicz le gritaba a quienes rendían pleitesía a los grandes nombres propios del pasado: “El pasado tiene menos valor que el futuro”, subraya, y completa: “No somos herederos directos ni de la grandeza ni de la mezquindad pasadas, ni de la sabiduría ni de la estupidez, ni de la virtud ni del pecado: cada cual sólo es responsable de sí mismo, cada cual no es más que uno mismo”. Gombrowicz renegaba de lo heredado, por eso discutía con los “padres” de la literatura polaca y, aquí en la Argentina, se colocaba en la vereda de enfrente del grupo Sur, el centro literario del país, con Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges al frente. “El insistente tufo de esos millones, ese perfume financiero de la señora Ocampo que producía un cosquilleo un tanto excesivo en la nariz, no me invitaba a conocerla”, anota. Para el polaco, la juventud era el “único, máximo y absoluto valor de la vida”, además de la “única belleza”; y le preguntaba a los argentinos lo mismo que a los polacos: ¿no serían más auténticos, más libres y más creativos despreciando a los dioses que veneran?

En un plano más general, el autor de Ferdyurke apunta que el valor del arte puro está en alcanzar “la voz del individuo, la expresión del hombre singular”. “El arte, por lo tanto, tiene que ser la fuerza destructora de los conceptos actuales en nombre de los conceptos que se aproximan”, sentencia. Y, a continuación, añade una llamativa reflexión tras pasar una tarde en el Museo Nacional de Bellas Artes: “El exceso de cuadros me cansó aún antes de empezar a mirarlos (…). Los cuadros no están hechos para ser colocados uno al lado del otro en una pared desnuda; un cuadro sirve para adornar un interior y ser la alegría de quienes pueden disfrutar de su presencia. Aquí, en cambio, se produce una saturación, la cantidad ahoga la calidad”. Y poco después remata: “Exijo del arte que no solamente sea bueno como arte, sino también que esté bien unido a la vida”.

Sobre la pintura, Gombrowicz es coherente con su visión de la literatura: “Crees que te acercas al arte voluntariamente, atraído por su belleza, que esta relación se desarrolla en una atmósfera de libertad y que en ti nace el placer espontáneamente surgido de la divina varita mágica de la Belleza. Lo que ocurre en realidad es que una mano te ha agarrado por el cogote, te ha conducido ante el cuadro y te ha puesto de rodillas y que una voluntad, más poderosa que la tuya te ha mandado esforzarte para que experimentes sentimientos apropiados (…). De modo que tú no admiras en absoluto, tú sólo intentas admirar”. Gombrowicz bien podría haber escrito la siguiente frase: ¿quién puso esos libros sobre los estantes de tu biblioteca?

Hacia 1963 el escritor polaco viaja a Berlín invitado por la Fundación Ford. Un año después enferma gravemente y ya no volvería a la Argentina. Llegó a Europa como a “un planeta extraño”, Europa era un espejismo que nada tenía que ver con la fidelidad que le guardó durante casi un cuarto de siglo. En sus últimos años de vida, un Gombrowicz deteriorado y enfermizo le dedicaría algunas páginas de su Diario a la relación con Bruno Schulz, páginas necesarias.

En una de las entradas Gombrowiz confiesa que escribe el diario con desgana. “¿Para quién escribo? Si es para mí mismo ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el lector ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo?”. Y más adelante, anota: “Escribir no es otra cosa que una lucha con los demás por su propia celebridad. (…) En este diario me gustaría comenzar a construirme abiertamente mi talento”. Y, hacia el final, dice: “Me he puesto a escribir este diario sencillamente para salvarme, por miedo a la degradación y a un total hundimiento entre las olas de la vida trivial que ya me está llegando al cuello”. Vale la pena leer el Diario que salvó a Gombrowicz.

 

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