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PERSPECTIVAS

¿Qué se puede esperar?

¿Qué se puede esperar?

Por SERGIO SINAY (*)

sergiosinay@gmail.com

El historiador inglés Eric Hobsbwam (1917-2012), una de las mentes que con más claridad exploró el complejo siglo veinte, sostiene en “Entrevista sobre el siglo XXI” que “todo el mundo prevé o trata de prever el futuro. Interrogarse sobre el mañana forma parte de la vida; todos lo intentamos hasta donde es posible. Pero el proceso de previsión del futuro debe basarse necesariamente en el conocimiento del pasado. Lo que vaya a ocurrir tendrá relación forzosamente con lo que ya ha ocurrido”. Aun así, prevenía que “debemos ser conscientes de que gran parte del futuro es, por principio, o para fines prácticos, imprevisible”.

Estas reflexiones adquieren relieve en tiempos sombríos, de crisis e incertidumbre. Tiempos en los que una y otra vez no preguntamos cómo seguirá esto, hacia dónde iremos, qué se puede esperar. Mirar al pasado puede recordarnos, sobre todo viviendo en la Argentina, que esta no es la primera vez en que andamos sobre terreno pantanoso. Por supuesto, cuando se viven en tiempo presente todas las situaciones son más intensas que cuando se recuerdan. Ocurre con todos los hechos dramáticos. Sobre todo, porque una de las funciones de la memoria es olvidar parte de lo ocurrido y construir con lo que queda un relato que, aun cuando sea doloroso, nos permita seguir viviendo. Hay una memoria histórica, que recoge documentos, testimonios, archivos, imágenes, sonidos. Es la que podríamos llamar “objetiva”. Y hay una memoria narrativa, la del relato que cada uno de nosotros cuenta, convencido de que es el verdadero, acerca de acontecimientos personales y colectivos. Lo cierto es que, parados en este presente, una mirada sobre las recurrentes crisis del pasado terminaría por darle la razón a Albert Einstein cuando, interrogado acerca de cuál era su definición de neurosis, dijo: “Hacer siempre lo mismo y pretender resultados diferentes”.

ESPERANZA VS. OPTIMISMO

“Hacer lo mismo”, en el caso de la sociedad argentina, puede manifestarse de diferentes maneras. Votar en “contra de”, votar con bronca, votar con fe ciega en las promesas de alguien que ya demostró que no cumple, volver a confiar en quien defraudó o malversó, confiar en la llegada de una persona providencial, desentenderse de la propia contribución al clima general, pensar en el propio interés e ignorar el interés común, deslindar responsabilidades y buscar culpables, esperar soluciones mágicas, no exigir que quienes pretenden gobernar desplieguen y expliquen programas. El pasado ofrece sobradas pruebas de lo que ocurre cuando se siguen algunas de las conductas enumeradas.

¿Qué se puede esperar, entonces? Esperar, vocablo proveniente del latín “sperare”, es el origen de la palabra esperanza. El novelista, dramaturgo y político checo Václav Havel (1936-2011), un humanista que llegó a la presidencia de su país, hizo una oportuna advertencia sobre esta palabra. “Esperanza no es lo mismo que optimismo”, señaló. “No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”. La memoria y la experiencia de quienes habitamos este país deberían advertirnos de las costosas consecuencias de la confusión entre ambas palabras. Hoy padecemos consecuencias de lo que el filósofo inglés Roger Scruton llama optimismo inescrupuloso en su ensayo “Usos del pesimismo”. Define así al optimismo que no se basa más que una cuestión de fe, la fe en que todo va a salir bien porque sí, porque no hay otra alternativa, y por lo tanto solo hay que esperar resultados, no es necesario hacer nada.

El optimismo promete llegar sin viajar. La esperanza, un punto de partida y uno de llegada

 

Padecemos los resultados de esa actitud maníaca en la política, en la economía, en el orden social, en el estado anímico de la sociedad. Pero en otras ocasiones hemos sido víctimas de ella en el orden deportivo (cuando nos creemos campeones antes de jugar, cosa que ocurre en cada Mundial o torneo internacional y terminamos en la depresión), en lo cultural, en la vida cotidiana, regada de actitudes y decisiones guiadas por este optimismo. Frases como “Soy optimista por naturaleza” denuncian a quienes se guían por esa fe ciega y dejan su destino en manos de la magia, del azar o de otros.

A diferencia del optimismo, en la esperanza no hay una trama secreta y mágica que une el presente con el futuro sin que haya que hacer algo para obtener esa ligazón. El optimismo promete llegar sin viajar, la esperanza propone un punto de partida y un punto de llegada, a sabiendas de que el viaje será largo, que tendrá alternativas impredecibles, que algunas de ellas serán difíciles o incluso insalvables. El escritor Lu-Xun (1881-1936), a quien se considera el padre de la moderna literatura china, decía que la esperanza no es ni realidad ni utopía. “Es como los caminos de la Tierra, señalaba; sobre la Tierra no había caminos; han sido hechos por el gran número de transeúntes que la recorren”. Caminante no hay camino, se hace camino al andar, recita entonces la esperanza por la pluma de Antonio Machado.

CIGARRAS Y HORMIGAS

Se trata de fijarse un destino y afrontar una tarea. El esperanzado parte de una comprobación. Las cosas están mal y no quiere vivir así. Está dispuesto a hacer algo, a arriesgar, a comprometerse para que eso cambie. No tiene garantías, pero tiene voluntad y tiene una visión. No es optimista, porque no da el éxito por sentado, porque no se echa en la poltrona aguardando que todo cambie porque sí. La esperanza se liga siempre a lo difícil, nunca a lo fácil, apunta el agudo ensayista británico Terry Eagleton en su lúcido libro “Esperanza sin optimismo”. Con ella se puede esperar lo improbable, pero nunca lo imposible, y esa diferencia es esencial a la hora de las decepciones y las depresiones. Aplicando la clásica fabula del cuentista francés Jean de la Fontaine (1621-1695), se podría decir que la cigarra es optimista, porque dedica el verano a cantar y cree que llegado el invierno habrá mágicamente alimento y abrigo, mientras la hormiga es esperanzada porque trabaja infatigablemente, y en equipo, con el propósito de mantenerse nutrida y abrigada cuando llegue el tiempo inclemente. A veces debe reconstruir más de una vez su hormiguero, a veces pierde todas sus provisiones porque alguien lo patea o el agua lo inunda, pero vuelve a empezar, tiene claro su propósito, no espera que otros lo hagan por ella, no confía en el azar, en lo innominado, la guía un propósito.

Lo que se puede esperar en tiempos difíciles, y en cualquier tiempo, no nos lo dirán otros, ni lo harán por nosotros. Depende de cuáles son nuestros propósitos existenciales más allá de las coyunturas, que por cierto los condicionarán. Lo que esperamos acerca de la sociedad tendríamos que comenzar a practicarlo cotidianamente en los lugares que habitamos, transitamos, interactuamos. Lo que esperamos para nuestra vida personal debería orientar nuestras acciones familiares, laborales, vinculares, sociales, íntimas y públicas en el día a día. Los tiempos no son fáciles, pero eso puede ser un obstáculo para el optimista, no para el esperanzado. Como bien dice Eagleton, las dificultades e imposibilidades pueden dañar a la esperanza, pero nunca al deseo que la sostiene.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

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