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La literatura y los trenes

La relación de los escritores con el ferrocarril. Los viajes del general San Martín en la línea férrea junto al Sena y el escrito de Alberdi. La obra del autor norteamericano Paul Theroux y su testimonio en “La Trochita”

La literatura y los trenes

La Trochita, el tren que anda por la Patagonia / web

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

18 de Octubre de 2020 | 08:32
Edición impresa

Desde su irrupción hace dos siglos, el ferrocarril deslumbró a los escritores. “Caballo de hierro” o “caballo de vapor” se les llamó primero a esos mitológicos armatostes que precipitaron la expansión de muchos países, pero que también debieron vencer resistencias y que definieron la decadencia de los seculares carruajes impulsados por tracción a sangre. Lo cierto es que, si bien no se conoce el motivo, los trenes fueron como criaturas mitológicas para los escritores que se enamoraron de ellos y los incluyeron en varias obras maestras de la literatura.

Romances, crímenes, suicidios, tramas policiales, exposiciones de frivolidad, transportes genocidas, muertes éticas y ejemplares como la de León Tolstoi –acaso el mayor maestro de la novelística ferrocarrilera- la historia humana de los últimos doscientos años viajó en los vagones del Transiberiano, del Orient Express y de tantos otros trenes cubiertos de fama, de esplendor y de tragedias.

Los trenes inspiraron a muchos escritores famosos para crear libros inolvidables

 

Algunos trenes, como los de Estados Unidos que unieron las costas de los dos océanos a fines del siglo XIX se convirtieron en cofundadores de imperios. Otros batallaron en México, en Rusia, en el Asia, en la Guerra Civil española. Los trenes modernos ahora se convirtieron en “balas” por su velocidad. En Japón o en Europa cruzaron bajo el mar y unieron continentes. Y también los heroicos trenes argentinos, después de haber unido localidades distantes, de haber fundado colonias y transportado riquezas ilimitadas, languidecieron penosamente y fueron degradados por políticas inexplicables. Para todo ello existe una copiosa bibliografía.

Sí, existe una infinidad de libros sobre el ferrocarril. Y escritores famosos que los retrataron en libros inolvidables, como el mencionado Tolstoi, Agatha Christie o Stefan Zweig. U otros que escribieron casi exclusivamente sobre ferrocarriles, como el norteamericano Paul Theroux (1941- ) que sobre el ferrocarril argentino escribió “El Viejo Expreso de la Patagonia” o “Trenes de América”, en los que el tren le sirvió también de excusa para hablar de la vida, la política, las ciudades y todo el devenir humano.

En el libro patagónico y relatando su viaje en “La Trochita” –que recorría 400 kilómetros desde Ingeniero Jacobacci, en Río Negro, hasta Esquel, en el noroeste de Chubut- Theroux señala con enorme naturalidad que allí vio que había llegado al fin del mundo. Dijo así: “Lo más sorprendente de todo era que seguía estando en el mundo al cabo de ese tiempo, en algún punto inferior del mapa. El paisaje tenía una expresión adusta, pero no podía negar que poseía rasgos legibles y que yo existía en él. Eso constituyó un descubrimiento: su aspecto. Pensé: el fin del mundo es un lugar”.

Con algo de la errática y pujante filosofía de vida de Zorba, Theroux escribió esta frase acerca del ferrocarril: “Creo que el placer de los trenes radica en su simplicidad: en un tren puedes comer, estar sentado, escribir; te puedes enamorar de alguien, dormir; puedes conocer a alguien y acostarte con esa persona; puedes beber y luego sentarte y pasar la resaca... y, al mismo tiempo, estás yendo de un sitio a otro”.

SAN MARTÍN Y LA PORTEÑA

En la Argentina la primera referencia ferrocarrilera tiene que ver con la locomotora “La Porteña” (hoy expuesta en el Museo de Luján), que en 1857 con punto de partida en la plaza Lavalle, recorrió con sus cuatro vagones un periplo de 13 kilómetros por la asombrada ciudad de Buenos Aires. La estación de partida se llamó “Parque” y se encontraba donde hoy está el Teatro Colón. Pero hay un dato insólito, como antecedente, que unifica a tres grandes figuras de nuestra historia con el ferrocarril. Ellos son José de San Martín y los estadistas y escritores Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento.

Diez años antes de la irrupción de La Porteña, allá en París se encontraba San Martín en su destierro. Un destierro que fue más dinámico, más fascinante acaso, que lo que habitualmente se cree. San Martín fue un hombre inquieto, interesado por todo. De modo que en 1848 decidió subirse a un tren y viajar en él desde París hacia Boulogne Sur Mer. Ese tren corría al principio junto al Sena y el Libertador lo había tomado varias veces, para pasear y llegar desde su domicilio alquilado en el centro parisino hasta su casa de campo en Grand Bourg, un viaje de seis leguas.

Y San Martín en su estadía en Francia tuvo dos visitantes ilustres –Alberdi y Sarmiento- que también viajaron en ese tren para llegar a Grand Bourg y que años después impulsarían la aparición del primer ferrocarril a nuestra patria. Así describió Alberdi su viaje a la casa del Libertador: “Este paseo debía ser para mí tanto más ameno cuanto que debía de hacerlo por el camino de hierro [ferrocarril] en que nunca había andado. A las once del día señalado nos trasladamos con mi amigo el señor Guerrico al establecimiento de carruajes de vapor de la línea de Orleans, detrás del Jardín de Plantas. El convoy, que debía partir pocos momentos después, se componía de 25 a 30 carruajes de tres categorías. Acomodadas las 800 a 1000 personas que hacían el viaje, se oyó un silbido, que era la señal preventiva del momento de partir”.

“Un silencio profundo le sucedió, y el formidable convoy se puso en movimiento apenas se hizo oír el eco de la campana que es la señal de partida. En los primeros instantes, la velocidad no es mayor que la de los carros ordinarios; pero la extraordinaria rapidez que ha dado a este sistema de locomoción la celebridad de que goza, no tarda en aparecer. El movimiento entonces es insensible, a tal punto, que uno puede conducirse en el coche como si se hallase en su propia habitación. Los árboles y edificios que se encuentran en el borde del camino parecen pasar por delante de las ventanas del carruaje con la prontitud del relámpago, formando un soplo parecido al de la bala”.

Los trenes fueron como criaturas mitológicas para muchos escritores

 

Mucho más cerca en el tiempo, otro escritor argentino, Roberto Arlt (1900-1942), dijo alguna vez esta frase: “Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad y que no nos queda otro remedio que escribir desechos de pena, para no salir a la calle y poner bombas o instalar prostíbulos”. Estaría perfilando la figura de su personaje Remo Erdosain, que decidió quitarse la vida en un tren.

En su inmortal novela “Los siete locos”, Arlt relata que Erdosain, el inventor, toma el tren eléctrico y antes de llegar a la estación Moreno se suicida de un balazo en el corazón. El narrador dice: “Una serenidad infinita aquietaba definitivamente las líneas del rostro de ese hombre que se había debatido tan desesperadamente entre la locura y la angustia”.

OTROS TRENES

Otro eterno, el escritor ruso León Tolstoi (1828-1910) hace morir a su protagonista central, Ana Karénina (así llamada la novela) , una mujer bella, desgraciada y adúltera, arrojándose bajo el tren. Casada y con hijos, ella decide quitarse la vida en el mismo lugar en donde había conocido por primera vez a su amante.

Famoso en el mundo, candidato varias veces al Nobel de Literatura, Tolstoi decidió un día “anonadarse” a si mismo, abandonar al mundo, dejar de lado su fortuna y pasar, como un desconocido, sus últimos días en un tren. El pueblo ruso, sin embargo, sabía eso y lo iba a ver en las distintas estaciones por las que pasaba. Eran como un éxodo en tren hacia la soledad del ser, hacia la humildad definitiva. El escritor alemán Stefan Zweig (1881-1942) escribió páginas maravillosas sobre este póstumo viaje de Tolstoi .

En su libro “Momentos estelares de la humanidad”, Zweig lo hace hablar al jefe de la estación ferroviaria de Astápovo, donde finalmente murió Tolstoi en un vagón, cuando concretaba su huida del mundo de lujo y de riquezas a las que había podido acceder por su fama mundial de escritor y el éxito alcanzado por Ana Karénina y “Guerra y Paz”. El ferroviario consternado le expresa: “Mi corazón no puede y no quiere entender que ese hombre, ese tesoro de nuestro suelo ruso, haya tenido que sufrir por nosotros, los hombres, y que uno mismo haya vivido entre tantos despreocupados...Debería uno avergonzarse, hasta de respirar”. A ciento diez años de aquella muerte, hoy, el tren más suntuoso de Rusia, con vagones de lujo y cabinas dormitorio con ducha y baño privado, se llama “Tolstoi”

Faltaría hablar, entre tantos otros, del Transiberiano (10 mil kilómetros de trayectoria entre la Rusia europea y Mongolia, China y Corea del Sur, enriquecido por mil historias literarias) y el mitológico Orient Express (París-Estambul), que sirvió de inspiración a Agatha Christie en su novela “Asesinato en el Orient Express”. Ese servicio convocó a pasajes repletos de personalidades de la política, de la ciencia, la moda o el arte mundial y cuenta con una estación terminal, la de Estambul, de arquitectura otomana, hoy convertida en un museo-restaurante que deslumbra a los visitantes.

La idea de cambiar de lugar, el hecho de ver casas, árboles y postes que “viajan hacia atrás”, la extraña ecuación de tiempo y espacio ferroviarios que al físico teórico Hawkins le sirvió para hablar de la teoría de la relatividad, el hecho de que en ellos viajan comunidades humanas, el “misterio de adiós que siembra el tren” como dijo Homero Manzi, todo los ha convertido en compañeros y en protagonistas de la mejor literatura.

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La Trochita, el tren que anda por la Patagonia / web

“Tren Tolstoi”, así llamado en Rusia en homenaje al escritor León Tolstoi / web

Estación Orient Express, en Estambul / web

León Tolstoi

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