Estimado lector, muchas gracias por su interés en nuestras notas. Hemos incorporado el registro con el objetivo de mejorar la información que le brindamos de acuerdo a sus intereses. Para más información haga clic aquí

Enviar Sugerencia
Conectarse a través de Whatsapp
Avisos Clasificados
Buscar
Dólar Oficial $98,64
Dólar Ahorro/Turista $162.76
Dólar Blue $147,00
Euro $115,50
Riesgo País 1583
Toda la semana |PERSPECTIVAS
¿Qué normalidad nos espera?

¿Qué normalidad nos espera?

Adaptarse a la nueva normalidad dependerá de nuestra capacidad de reflexión y análisis

Por: SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com

4 de Abril de 2021 | 08:02
Edición impresa

En la antigüedad la palabra norma definía a una escuadra usada por los carpinteros para determinar el ángulo recto de las piezas de madera que construían. Es un término proveniente del latín. Su uso hizo que llegara a nuestros días como significado de que las cosas y los hechos se atienen a lo que “debe ser” y a lo que se debe seguir. Entonces consideramos “normal” lo que responde a la norma. Cuando sucede así hay “normalidad”. Como los hábitos y las tradiciones, las normas no provienen de la nada ni bajan del cielo como órdenes divinas. Son producto de actos que se repiten hasta establecerse como si fueran naturales. “Normales”. Es decir que son el resultado de acciones, actitudes y conductas humanas reiteradas en el tiempo. Y cambian con las épocas, debido a que la vida es un proceso continuo de transformación. Lo es en todos los planos. Físico, psíquico, colectivo, individual. La “normalidad” no es para siempre ni es la misma en todas partes. Salvo aquella que hace a lo que acordamos para convivir en una comunidad o en una sociedad, tampoco es la misma para todas las personas o todas las familias en su ámbito íntimo.

La normalidad se ha instalado como pocas veces en nuestro vocabulario de estos tiempos. Hay quienes esperan que regrese, que se reinstale, para reintegrarse a sus hábitos de antes, a sus buenas y malas costumbres, a sus rutinas. Otros aguardan que comience la nueva normalidad y transitan esa expectativa con más preguntas que respuestas, enredados en esperanzas y presagios y sin rumbo fijo. Entre los primeros abundan quienes parecen no saber moverse si no es con las antiguas normas, muchas de las cuales caducaron para siempre hace un año. Entre los segundos se cuentan los que abren caminos donde no los había, descubren potencialidades inesperadas, descubren en sí mismos y en las circunstancias recursos para crear nuevos mapas.

ESAS PEQUEÑAS COSAS

Si hay una “nueva normalidad” no despertaremos una mañana instalados súbitamente en ella. No se construirá durante la noche, mientras dormimos, sin nuestra participación y nuestra responsabilidad. En su libro “Paz vital, plenitud y placer de vivir”, la terapeuta y escritora austriaca Elisabeth Lukas, discípula dilecta y heredera intelectual de Víktor Frankl, y directora del Instituto de Logoterapia y Análisis existencial de Alemania del Sur, puntualiza que nuestra vida está condicionada genéticamente en un 60% y que el 40% restante depende esencialmente del estilo de vida que elijamos, el cual se compone de una sucesión de pequeños actos llamados “hábitos”. Si se investigan los modelos de conducta de las personas a lo largo de su vida, dice Lukas, se podrá ver cuáles de esos hábitos las llevaron a ser felices o infelices. No solo actuamos en función de lo que somos, afirma, sino que somos en función de lo que actuamos. Nuestra actitud ante las circunstancias que la vida nos presenta como desafíos o como interrogantes se traduce en hábitos en los que se reflejan nuestras decisiones, nuestras elecciones y nuestras conductas. Una vez que el hábito se instala, ya no reflexionamos sobre él. Pasa a constituir nuestra normalidad.

Respecto de esto, Lukas advierte que no es el hábito en sí lo que importa para nuestra vida, sino el tipo de hábito. Por ejemplo, quien en los simples actos de la vida cotidiana respeta las reglas de convivencia, es atento con los demás, puede ser compasivo o tiene la costumbre de escuchar sin juzgar, no tendrá que hacer un gran esfuerzo ni ponerse a reflexionar antes de ayudar a alguien, de ceder un lugar, de postergar sus intereses en bien de los otros. Todo eso se habrá hecho hábito en él y actuará naturalmente así. Su mérito no está en la acción individual y específica, sino en el hábito.

Pero no somos prisioneros de nuestros hábitos, no estamos fatalmente determinados por ellos, sobre todo por los malos hábitos. Mientras construimos la “nueva normalidad” tenemos una inmejorable oportunidad de revisar nuestros hábitos, de reflexionar sobre qué costumbres, actitudes, modalidades y conductas hemos llegado a considerar “naturales” e inmodificables tanto en nosotros como en los otros y cómo hemos contribuido con ellas a generar modelos de vida tanto individuales como colectivos que tenían (tienen) mucho de disfuncionales y resultan insatisfactorios y tóxicos para todos. Acaso nos encontramos en un momento en el que antes que pasividad se requiera proactividad, no esperar una “nueva normalidad”, sino salir a construirla, instalar nuevos hábitos para una vida mejor. “Es posible salirse del hábito, señala Lukas, pero no de forma inconsciente y ahorrándose la reflexión, la clara voluntad y la decisión renovada. Al cambiar la acción cambia también la actitud”.

UN ÁRBOL EN EL CAMINO

Para la psicoterapeuta austriaca el cambio de la actitud, la reflexión que lleva a decidir la salida de conductas y costumbres tóxicas y disfuncionales, constituyen “el milagro de todo desarrollo psíquico y de toda curación”. En este sentido hay un valioso aspecto terapéutico en la transformación de los hábitos, en la gestación de una “nueva normalidad” que no sea una simple versión actualizada de la vieja.

El rabino estadounidense Harold Kushner, autor de una serie de libros de luminosa y profunda sabiduría (como “Cuando la gente buena sufre”, “Vencer el miedo”, “Cuando nada te basta”) rescata en su obra “Cuando la vida te decepciona” unas palabras de Robert Frost, grande y sublime poeta del siglo veinte. Son las siguientes: “El árbol que la tempestad con crujir de madera/ arroja frente a nosotros no es para impedir/ Nuestro pasaje en el trayecto/ Sino para preguntarnos quiénes creemos ser”. Podemos deducir que la tempestad es la vida, la realidad, y que el árbol arrojado ante nosotros representa las situaciones que esta nos propone para sacarnos de costumbres automáticas, de hábitos que nos anestesian. Alguien que se especializó en el estudio y en el potencial de los hábitos sanadores, el ensayista, pastor y catedrático Stephen Covey (1931-2012), autor del ya clásico “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, señalaba que vivir, amar, aprender y dejar un legado son las cuatro necesidades y habilidades humanas esenciales una vez cubiertos los requisitos básicos de supervivencia. Ahora que la tempestad arrojó a nuestro paso un árbol con su crujir de madera es cuando, deteniendo el andar automatizado y las falsas certezas de la “vieja normalidad”, podemos revisar si hemos atendido esas necesidades y si hemos ejercido esas habilidades. Una respuesta positiva nos alentará a seguir por ese camino en la marcha hacia una “nueva normalidad”. Y una respuesta negativa resultará un alerta oportuno y saludable para empezar a entrenarnos en nuevos hábitos. Y a practicarlos.

Como bien señala Covey, cuando las cuatro necesidades y habilidades no están satisfechas, nos sentimos vacíos, insatisfechos, incompletos. Entonces solemos hacernos adictos a lo urgente, a lo superficial, a las satisfacciones temporales. A una “normalidad” sin sentido. Y si la próxima no lo tiene no será “nueva”.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"

 

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE

cargando...
Básico promocional
Acceso ilimitado a www.eldia.com
$30.-

POR MES*

*Costo por 3 meses. Luego $265.-/mes
Mustang Cloud - CMS para portales de noticias

¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Para ver nuestro sitio correctamente gire la pantalla