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Discapacidad y sexualidad: no vulnerar el deseo

Dos temas tabú de los que poco se sabe y mucho se imagina o niega. Una problemática frente a la que las personas con diversidad funcional buscan hacer valer el derecho a su intimidad

Discapacidad y sexualidad: no vulnerar el deseo

Enrique Plantey y Triana Serfaty Bonilla son pareja hace más de 8 años y escriben el libro Sexistimos

María Laura López Silva

María Laura López Silva
llopezsilva@eldia.com

22 de Agosto de 2021 | 08:05
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El sexo es un tema tabú. Aún en esta época donde la información está a un click de distancia, no se habla liviana ni naturalmente del asunto. Si bien es un aspecto central del ser humano, se plasma en el terreno de la intimidad y por eso es difícil de exteriorizar cualquier cosa que tenga que ver con él. Además, años y años de nuestra cultura lo han catalogado con muchas connotaciones negativas, por lo que cuesta aún nombrarlo en lo cotidiano.

Según la Organización Mundial de la Salud, la sexualidad es “un aspecto central del ser humano que abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual. Se vivencia y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, conductas, prácticas y relaciones interpersonales. Y además, está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.

En este sentido, se entiende que es algo fundante que nos permite ser y a la vez tiene una gran amplitud y complejidad.

¿Qué pasa entonces cuando se combina la sexualidad con la discapacidad? Se une un veto con otro. Por falta de información, a la mayoría aún nos paraliza la diversidad funcional.

“Para la sociedad, la sexualidad de las personas con discapacidad todavía resulta tabú por desconocimiento, se tiende a infantilizarlas y sobreprotegerlas, a pensar que son asexuadas, que no son atractivas, que no sienten ni son capaces de producir placer en otras personas, que no pueden tener pareja ni vínculos sexo-afectivos o que son hípersexuales, se va de un extremo a otro” dice Andrea López De Mora, Consultora Psicológica- Counselor, Especializada en Desarrollo Personal, Orientadora en Sexualidad y diversidad Funcional/Discapacidad.

“Debemos seguir derribando estos mitos, hay que tener en cuenta que la sexualidad nos atraviesa a los seres humanos desde que nacemos hasta que morimos y cada persona la vive de diferentes maneras, teniendo discapacidad o no. Los derechos reproductivos y sexuales son para todos, pero en el colectivo con discapacidad suelen estar vulnerados como muchos otros. Las personas con diversidad funcional tienen derechos al placer, al disfrute y a ejercer su sexualidad libremente, a decidir sobre su cuerpo y a tener autodeterminación sobre su vidas. Como sociedad nos falta mucho para respetar y hacer cumplir los derechos de las personas con diversidad funcional o discapacidad”, agrega la especialista que tiene una patología congénita neuromuscular desconocida y utiliza silla de ruedas.

“La temática se trata en un círculo muy reducido. Mi interés surgió un poco por necesidad propia en 2006 con el acceso a Internet. Nunca tuve una charla en la escuela. Yo no padezco grandes inconvenientes porque tengo sensibilidad y movimientos en todo mi cuerpo, pero hay personas que no tienen o la tienen parcialmente, hay diversas discapacidades físicas e intelectuales y no había información, sólo se hablaba del preservativo y la menstruación. En la carrera tenía la rama de Sexualidad pero no se relacionaba con la discapacidad”, recuerda Andrea y explica que su función profesional es promover “la salud sexual y reproductiva, la comprensión y la prevención de problemáticas, la orientación para la resolución, ser acompañante y/o nexo comunicante con la persona con diversidad funcional”.

Por su experiencia, López De Mora hace hincapié en que “el derecho al placer para muchas personas con diversidad funcional o discapacidad está lejos de ser una realidad por la falta de información, de educación, de accesibilidad y de apoyos físicos y materiales. La ignorancia lleva a la discriminación”.

SIN PREJUICIOS

La sexualidad tiene como valor la intimidad. Es encontrarse, tener contacto y conocimiento del propio cuerpo y del cuerpo del otro, es acariciarse, expresar afecto, sentir placer, erotizarse, empatizar con el otro. Hay personas que no se conectan a través de los genitales.

Esto es un poco lo que quieren mostrar Enrique Plantey y Triana Serfaty Bonilla. Él es esquiador alpino profesional -representó a la Argentina en distintos Juegos Paralímpicos- y quedó parapléjico a los 11 años. Ella es una enfermera española que vino al país a trabajar hace un poco más de una década. Se enamoraron y hace 10 años que están juntos.

Durante 2020, en plena pandemia, decidieron escribir Sexistimos, un libro en el que participan profesionales y la pareja cuenta su propia historia y experiencia sabiendo que “no es la verdad absoluta de nada”. Unieron ‘sexo’ con ‘existimos’, con esa parte tabú que esconde un poco a la discapacidad, “como si las personas con diversidad funcional no pudieran tener relaciones sexuales”, explican.

“Lo que más nos sorprendió armando el libro fue la cantidad de profesionales que se nos acercaron para compartir sus saberes y el sinfín de personas que nos escribieron para pedirnos consejos, recomendaciones o que tratáramos algún tema en particular”, resalta Triana desde Ushuaia, donde Enrique está entrenando.

“Las personas con diversidad funcional tienen derecho al placer, al disfrute y a ejercer su sexualidad

Andrea López De Mora
Orientadora sexual

Más allá de la buena repercusión que tuvieron con su proyecto, la pareja cree que aún quedan muchas cosas por resolver respecto a la sexualidad en la discapacidad: “hay que dejar de creer que hay un problema cuando te cruzás una persona con diversidad funcional, que hay métodos diferente para acercarse a la otra persona cuando hay conexión. Si nos ponemos una barrera antes de que algo salgan con naturalidad, ahí está la traba. Y para que esa barrera no exista, hay que hablarlo mucho: salir, mostrarse, que salga en la tele, que esté en las redes sociales, que la gente se de cuenta que es natural. Algún día este mito se va a derribar y la gente no va a tener que ponerse límites antes de tener una relación completamente normal con otra persona. Hay que naturalizar”.

Y en cuanto a lo social en general, Triana destaca que “si bien ha habido un cambio muy grande en la última década con modificaciones en la terminología, por ejemplo, la igualdad está pendiente. Aún te sigues cruzando con gente que lo mira a Enri y dice `hay pobrecito´y a mí me dicen `qué buena eres´. Ese es el cáncer que aún tenemos: la gente aún no entiende que son personas normales, que pueden tener cualquier tipo de personalidad. La vida de Enri no tiene nada de sacrificado, hace lo que quiere, cuándo quiere, se manda un montón de macanas. Él creció sin tener esas barreras. Tras el accidente, sus amigos y su familia lo trataron igual que siempre, lo incluyeron y si se peleaban no les importaba tirarlo de la silla. No le daban prioridad en nada, sino de igual a igual. Eso hizo que él tenga seguridad y que cualquiera que lo conozca se sienta como un par”.

ASISTENCIA SEXUAL

El caso de Enri no es el común denominador. Muchas personas con diversidad funcional no cuentan, por varios motivos, con esa seguridad personal. Quienes tienen algunos recursos más, a la hora de mantener encuentros o vínculos sexoafectivos pueden recurrir a un asistente sexual: un profesional que acompaña a personas con discapacidad y les enseña a tener una vida sexual activa ayudándolas a experimentar y a acceder sexualmente a su propio cuerpo o el de otra persona. En el caso de que la persona con diversidad funcional tenga pareja, se les ofrece ayuda a ambos y si no, se trabaja varias formas de socializar, siempre y cuando sea posible.

El o la acompañante ofrece intimidad, afecto y confianza, estableciendo límites entre ellos, acompañando y asesorando a la persona con discapacidad en todo lo que puedan necesitar sobre el área sexual, puesto que es una necesidad básica. A través de este tipo de servicio, las personas con discapacidad crecen como personas, mejorando su autoestima, promoviendo su autonomía, libertad y autorreconocimiento. Además de esto, hace que se sientan deseadas y atraídas por otras personas.

Los especialistas en este servicio, que son pocos, explican que hay que capacitarse, informarse y sobre todo, deconstruirse. “Se aborda un cuerpo que funciona diferente. Muchas veces no existen palabras por la discapacidad de la persona o no se entienden porque tienen dificultad para hablar. También pasa que hay personas que tienen dificultad en sus movimientos. Hay que estar habilitado a la diversidad que forma parte del cuerpo del otro: sondas o catéteres en algunos casos.

Si las personas tienen una diversidad funcional intelectual, generalmente son las familias o los grupos de profesionales -acompañantes terapéuticos, kinesiólogos o psicólogos- quienes contactan a los asistentes sexuales. Los encuentros son íntimos y llevan un proceso de conocimiento, respeto y acuerdos mutuos.

La educación sexual sirve para que las personas con discapacidad intelectual conozcan sus derechos

López De Mora dice que “por un tema cultural desde el patriarcado y el machismo los hombres con diversidad funcional tienen más legitimado su deseo, por ende, si quisieran experimentar o explorar su sexualidad con una trabajadora sexual o asistente sexual nadie se sorprendería. Con respecto a esto es más común que los familiares de varones acompañen la situación con dinero, poniendo la casa o llevándolos; en cambio, con las mujeres es un hecho impensable. La mujer siempre es vista como sumisa y no se habla de su placer. Es por eso que la mayoría de los clientes de las asistentes sexuales son hombres y hay pocos varones que se dediquen a esto”.

Pero además, la especialista destaca que hay otro factor que limita el acceso a una asistencia sexual: lo económico. “Si la persona no maneja sus ingresos es imposible. Con una pensión no alcanza para cubrir todos los gastos y la sexualidad puede quedar relegada. Aún no escuché que una familia pague o colabore para que una mujer tenga una experiencia sexual. Si ella no puede pagar muchas veces no canalizar su placer si no tiene otra opción. Quiero remarcar que la asistencia sexual es una opción para promover la sexualidad de las personas con diversidad funcional o discapacidad pero no es la única, es una propuesta para quienes opten por ella. No todos necesitan lo mismo, hay personas con discapacidad que gozan de una vida sexoafectiva activa sin la necesidad de adquirir un servicio sexual, por eso debemos seguir creando espacios, contextos y promoviendo accesos a lugares comunes de la sociedad, autonomía y autodeterminación, derruir estigmas para que cada vez sean más personas con diversidad funcional las que puedan vivir adecuadamente sus propias sexualidades”.

Otro factor importante es que la figura de asistente sexual no está cubierta en nuestro país. No está nomenclada la figura, no existe legalmente. En Bélgica, Dinamarca y Suiza se sostienen desde hace décadas modelos de asistencia o acompañamiento sexual. En algunos casos, el Estado cubre o subvenciona el servicio. Quienes pretenden formalizar este servicio en Argentina no plantean la asistencia sexual como una necesidad, sino como parte del deseo, ya que una persona con discapacidad puede tener su pareja, en forma estable, ocasional o del tipo que fuera, pero la realidad es que muchas no acceden a ello, por razones en las que se enquista la discriminación.

Hasta no hace mucho tiempo las trabajadoras sexuales eran las únicas que atendían a la sexualidad de las personas con diversidad funcional. Ahora se busca darle otro marco a esa tarea y que no se haga desde la compasión o la lástima, sino que se sepa qué hacer con ellos o ellas, que los lugares donde se atiende no tengan barreras de acceso. Vale aclarar que se trata de trabajadoras que han elegido independientemente esa actividad y a encuentros entre personas mayores de edad.

“Se abusa de los cuerpos: los mueven y los cambian sin respetar la intimidad”

 

Con algunas discapacidades intelectuales surge el problema de que nunca hay una “mayoría de edad completa”. Estas personas están a cargo de un tutor, que inclusive maneja su economía. Bajo esa lógica, ellos no pueden disponer de su dinero y tienen que pedir permiso para gastarlo. Si ese dinero fuera para una asistente sexual, es difícil que alguien lo consienta.

Algunas personas tienen pensión por discapacidad. La ley 26.378 aprobó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad -mediante resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 13 de diciembre de 2006- y garantiza en el artículo 28 un nivel de vida adecuado, otorgando una pensión. Pero si el dinero no lo pueden manejar ellos sino que lo administra un tutor, él es quien decide si la persona va tener sexo o no.

 

 

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