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Réquiem por el pensamiento crítico

Réquiem por el pensamiento crítico

Para ser capaz de distinguir críticamente, la mente necesita procesar información, sopesar y luego decidir

Por: SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

5 de Septiembre de 2021 | 08:42
Edición impresa

El grotesco espectáculo brindado por una docente lanzada a insultar a un alumno que no pensaba como ella, su incompetencia para escuchar y admitir una idea diferente a la propia y la asombrosa pobreza de lenguaje en alguien que, por su profesión, debiera enriquecer la palabra dado que esta es el vehículo esencial de las ideas, vino a confirmar en días recientes que el pensamiento crítico sufre hoy una inquietante anemia en planos esenciales como la educación, la política, los medios de comunicación y las relaciones humanas en general. La profesora de marras no es la enfermedad, sin embargo, sino el síntoma. Como ella hay muchos otros indicios. Basta con escuchar a la mayoría abrumadora de los candidatos a las elecciones primarias y a sus sponsors, voceros y entrenadores (por no mencionar a funcionarios, ministros, primeros mandatarios, vices y gobernadores) para advertir cómo tropiezan con las palabras para balbucear ideas que no admiten argumentos en contrario ni posibilidades de debate.

En su reciente y muy recomendable ensayo titulado “La segunda venida” el filósofo, poeta y activista social italiano Franco “Bifo” Berardi describe al pensamiento crítico como “la facultad del individuo para distinguir entre proposiciones verdaderas y falsas, así como entre actos buenos y malos, y solo se desarrolla bajo condiciones especiales”. Como bien señala Berardi, se trata de una habilidad que no se da naturalmente, sino que necesita ser desarrollada, es producto de la evolución individual cuando se trata de una persona, y de la evolución colectiva cuando se trata de una sociedad en su conjunto. Es decir que se enseña a pensar críticamente, se estimula a hacerlo y para ello es esencial el ejemplo.

EL ORIGEN DE UNA ANEMIA

Según el filósofo italiano, “para ser capaz de distinguir críticamente nuestra mente necesita procesar información, sopesar y luego decidir”. Entre la información que se recibe (ya sea visual, oral, escrita, etcétera) y la respuesta que se emite debe haber un tiempo de elaboración. En ese lapso se suceden los elementos básicos que enriquecen y desarrollan el pensamiento. Esto significa, entre otras cosas, comparar, dudar, recordar, bucear en el propio vocabulario en busca de las palabras precisas. Cuando se saltean estos pasos se recurre a la respuesta automática, a la repetición de un dogma, a una reacción emocional sin sustrato intelectual. La descalificación inmediata que muchas personas (demasiadas, lamentablemente) manifiestan ante la palabra “intelectual” es indicio de ausencia de pensamiento crítico, de reactividad dogmática y también de la admisión inconsciente de un complejo de inferioridad por carecer de argumentos y herramientas para disentir con fundamentación. Intelectual remite a intelecto, a ejercicio de la razón, una característica exclusivamente humana producto de un enorme salto de calidad en la evolución de la especie. Justamente en el desprecio de la razón y de su ejercicio comienza la anemia del pensamiento crítico.

Quien está incapacitado para pensar críticamente necesita imperiosamente de ideas preconcebidas por otros e incorporadas a ojos cerrados. A cambio de ese empobrecedor “delivery” cerebral, se resigna autonomía mental, capacidad de aprendizaje, amplitud de mirada sobre la realidad y habilidad para el diálogo. Sin pensamiento crítico se habla por boca de ganso. Tiempo atrás se llamaba ganso al preceptor que tenía a su cargo la educación de los jóvenes. Esa persona escribía y enseñaba a escribir con una pluma de ganso que sopaba en el tintero. Se consideraba entonces buen alumno al que repetía exactamente lo que el preceptor escribía. Hablar por boca de ganso pasó a ser la descripción del acto de afirmar algo sin tener constancia de ello. Hoy ya no se escribe con aquella pluma (se usan teclados, biromes, estilográficas, lápices), pero en cambio se extendió la costumbre de hablar por boca del ave. Uno de los ámbitos en donde este hábito produce efectos más peligrosos es en la política, donde decirse “militante” (del signo que fuere) suele equivaler a presentar un salvoconducto que exime de pensar y habilita a repetir consignas y, si se lo cree necesario, a respaldarlas con insultos, descalificaciones y hasta amenazas a quien las cuestione o proponga debatirlas. Es decir, someterlas a examen con el ejercicio del pensamiento crítico.

MENTES EMPOBRECIDAS

Los psicólogos estadounidenses Linda Eldner y Richard Paul, creadores de la Fundación y el Centro para el Pensamiento Crítico, instituciones que impulsan políticas al respecto y desarrollan una vasta tarea en colegios y entre docentes, establecieron una guía llamada “Estándares para el Pensamiento Crítico”, en donde sostienen que “los pensadores críticos justos son intelectualmente humildes e intelectualmente empáticos, poseen confianza en la razón y en la integridad intelectual, y muestran coraje y autonomía intelectual”. Una descripción que produce envidia y añoranza en cuanto se leen o escuchan declaraciones de candidatos, de presidentes, de ciertos docentes y científicos o “expertos”, de comunicadores e incluso de personajes de la intelectualidad y la cultura. Aunque es necesario recordar una vez más que todos ellos son emergentes de la sociedad, no se trata de figuras ajenas a ella, sino generadas y aceptadas por esta. La agonía del pensamiento crítico es síntoma grave de la extensión de la pereza mental y de la intolerancia. Cuando no hay pensamiento crítico se impone el pensamiento único. Y este puede adoptar diferentes disfraces, lo cual lo hace más peligroso. Puede llamarse progresista, puede decir que habla en nombre de la libertad, puede embanderarse en causas justas bajo cuyo eufemismo impulsa todo tipo de injusticias, puede invocar la verdad para desplegar mentiras flagrantes. En los hechos anula la diversidad y toda la riqueza que esta conlleva y convierte a los no comulgantes en enemigos, arrogándose el derecho de “hacer justicia” con ellos ya sea por vía de la palabra o de la acción.

En donde prevalecen los dogmas y el pensamiento único quien piensa críticamente (o sea quien evalúa, discierne, dilucida, se hace preguntas y se da tiempo para procesar todo eso) corre el riesgo de la soledad o de ser la oveja negra de un rebaño de ovejas blancas, domesticadas, formateadas y abducidas. En este rebaño solo se admite la auto confirmación. Una endogamia mental que empobrece día a día la capacidad de pensar, relaciones entre clones, encierro en un ámbito tóxico, sin ventanas por donde entre el oxígeno de la diversidad. Como advierte Franco “Bifo” Berardi: “El principal problema del paisaje de medios contemporáneo no es la propagación de ´fake news´, sino la descomposición de la mente crítica, cuyos efectos incluyen la credulidad entre las muchedumbres y la agresividad autoconfirmatoria de la multitud”. Por ese camino, alerta este pensador, la estupidez colectiva crece, desaparece la subjetividad autónoma, cualquier manipulador puede pescar en ese río de credibilidad en el que los peces desertaron de pensar. Lo que equivale a despreciar un valioso don humano.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

 

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