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Hay que recuperar el prestigio de la institución presidencial

Hay que recuperar el prestigio de la institución presidencial

Ricardo López Göttig *

5 de Enero de 2023 | 04:26
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El casi conflicto de poderes que planteó el presidente de la Nación ante el fallo de la Corte Suprema de Justicia, amenazando con no acatar el mismo y con recusar a los ministros del más alto tribunal o de impulsar su juicio político, es un episodio mas de los que contribuyen a la pérdida del prestigio y la autoridad de la institución presidencial.

Con esa colisión perfectamente evitable, el presidente Alberto Fernández provoca un chisporroteo innecesario y perjudicial. El gobierno federal, tal y como está establecido en la Constitución, se compone de tres poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial (¡y el orden tiene mucho sentido!). La República se basa en el equilibrio y control mutuo entre ellos con el fin de establecer vallas frente a la tentación del despotismo y la suma del poder público.

Pero cuando desde la tribuna política salen voces y se arenga a la resistencia, con expresiones altisonantes, cuestionando la legitimidad del Poder Judicial, se provoca un daño colosal a todo el orden constitucional, siendo un boomerang que se vuelve contra quienes intentan presionar para obtener sentencias a su favor. Si el propio Presidente incumple con los decretos que él mismo firmó, y devalúa su palabra con idas y venidas, a la vez que es cuestionado hasta por los propios socios de la coalición gobernante, esto deteriora a la institución en sí misma.

Cuando Juan Bautista Alberdi reflexionó en sus célebres Bases sobre la institución presidencial, en los ajetreados tiempos de la organización nacional, pensó en una figura que acumulara y proyectara una imagen de poder, prestigio y autoridad que se asemejara a un monarca, pero limitado a un período de seis años sin reelección inmediata. Lo que se buscaba era crear un orden republicano que pudiera contener los desbordes de la anarquía y el consecuente despotismo, y para ello establecía claros límites constitucionales al poder del primer magistrado de la Nación. El Ejecutivo es un deber unipersonal y por lo tanto tiene la obligación de cuidar el prestigio y la respetabilidad de esta institución. Esa conciencia en torno a lo que simbolizaba el presidente de la República fue interpretada en la misma línea por figuras tan diferentes como Sarmiento y Roca en el siglo XIX, cuando aún estaba fresca la tinta con la que se redactó la Ley Fundamental de 1853.

Las democracias son estables y duraderas cuando sus miembros –ciudadanía, líderes políticos, sociedad civil y medios de comunicación- creen y respetan las reglas básicas, tal como ocurre en cualquier otro ámbito de la vida. Así como la práctica de un deporte sería imposible de si cada participante pusiera y dispusiera las reglas a su antojo, algunos jugando con el pie, otros con la mano, ya tirando al arco o a un aro colgado en la pared, lo mismo pasa con el Estado de Derecho y la democracia.

El caudillismo que produce al “hombre fuerte” que da órdenes a su arbitrio, pegando un puñetazo en la mesa, dista mucho del líder democrático que precisamos en un país que aspira a ser desarrollado y moderno. Lo que nos debe gobernar, porque somos un Estado de Derecho, son las leyes que emanan del Congreso. La fortaleza es del sistema, está en cada uno de los eslabones que forman la cadena, y que persiste a lo largo de las generaciones aún cuando cambien las personas que desempeñen las funciones. Esto es tener instituciones, creando previsibilidad, seguridad jurídica y las condiciones propicias para el progreso económico, social y cultural.

Por todo esto es imperioso recuperar el prestigio de la institución presidencial, independientemente de quién se siente en el sillón de Rivadavia y ostente los símbolos. Porque una de las cuentas pendientes de nuestra democracia, llegando a sus cuarenta años desde su restauración en 1983, es que aprendamos a pensar y convivir en términos de leyes e instituciones que garanticen el derecho de cada persona a discrepar con el punto de vista de las autoridades.

* Doctor en Historia, autor y profesor universitario.

“Las democracias son estables y duraderas cuando sus miembros respetan las reglas básicas”

 

 

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