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Dietas exprés: el lado oscuro de los retos para adelgazar que copan las redes

Prometen bajar muchos kilos en pocas semanas. Lejos de ser soluciones mágicas, implican graves riesgos físicos y psicológicos y refuerzan una relación dañina con la comida

Dietas exprés: el lado oscuro de los retos para adelgazar que copan las redes

Comer bien no siempre implica restringir todos los gustos / Freepik

4 de Enero de 2026 | 03:34
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En TikTok, Instagram y YouTube abundan los videos que prometen lo que para muchos suena irresistible: bajar cinco, ocho o hasta diez kilos en apenas una, dos, tres o cuatro semanas. Los llaman “retos”, “desafíos”, “planes detox” o directamente “dietas milagro”. Se presentan como experiencias breves, intensas y supuestamente controladas, con calendarios claros y resultados rápidos. Pero detrás de esas promesas virales se esconde una realidad mucho menos glamorosa: prácticas alimentarias extremas, sin respaldo científico, que pueden poner en serio riesgo la salud física y mental.

El fenómeno no es nuevo, pero sí se volvió más agresivo y masivo. A diferencia de las dietas de moda de otras décadas, hoy estos planes se difunden en formatos atractivos, con música pegadiza, influencers sonrientes y testimonios editados que muestran cuerpos “antes y después” sin ningún contexto. En muchos casos, quienes los promocionan no tienen formación en nutrición ni en salud, pero hablan con seguridad y construyen una narrativa poderosa: “si yo pude, vos también”, “son solo dos semanas”, “después volvés a comer normal”. Esa lógica, advierten especialistas, es justamente una de las trampas más peligrosas.

LAS MÁS VIRALES Y (POR LO TANTO) MUY PELIGROSAS

Entre las dietas más difundidas aparecen los desafíos de restricción extrema, que proponen consumir menos de 800 calorías por día durante una o dos semanas, a veces incluso menos. Hay planes que indican comer una sola vez al día, otros que reducen la alimentación a frutas específicas, licuados “detox” o caldos. También circulan retos que combinan ayunos prolongados con ejercicio intenso, o que directamente invitan a “aguantar el hambre” como si se tratara de una prueba de voluntad. En algunos casos, se presentan bajo nombres aparentemente inofensivos o lúdicos, como la llamada “dieta de las princesas”, donde cada día se asocia a un personaje y a un menú ridículamente escaso, o desafíos semanales que prometen resultados “impactantes” antes de un evento, un viaje o el verano.

Otro grupo peligroso son las dietas basadas en la eliminación total de grupos de alimentos. Versiones extremas de la dieta keto, de planes hiperproteicos o de esquemas “sin carbohidratos” se adaptan a los formatos de redes y se transforman en retos de corto plazo, sin ningún tipo de evaluación previa. En esos casos, el problema no es solo qué se come, sino cómo y para qué: se fuerza al cuerpo a cambios metabólicos bruscos, sin controles médicos, con la única meta de que la balanza marque menos en pocos días.

Los riesgos de estas prácticas son múltiples y están bien documentados por la comunidad médica. La pérdida de peso acelerada suele estar asociada a una fuerte deshidratación, pérdida de masa muscular y desequilibrios de electrolitos, que pueden provocar mareos, debilidad, desmayos y arritmias. A eso se suman déficits de vitaminas y minerales esenciales, alteraciones hormonales, caída del cabello, problemas gastrointestinales y, en algunos casos, complicaciones más graves como cálculos biliares o afectación renal. Lejos de ser un “atajo”, el cuerpo interpreta estas dietas como una situación de estrés extremo.

El impacto psicológico tampoco es menor. Muchos de estos retos refuerzan una relación conflictiva con la comida, basada en la culpa, el castigo y la obsesión por el control. El mensaje implícito es que el hambre debe ignorarse y que el sufrimiento es parte del camino hacia un cuerpo aceptable. Especialistas en salud mental advierten que este tipo de contenidos puede funcionar como disparador o agravante de trastornos de la conducta alimentaria, especialmente en adolescentes y personas jóvenes, pero también en adultos que llevan años encadenando dietas fallidas.

La obsesión por dar un buen peso en la balanza puede ser contraproducente / Freepik

LAS CONSECUENCIAS

A todo esto se suma el famoso efecto rebote, casi inevitable cuando se baja de peso de manera extrema. Al terminar el reto, el metabolismo queda enlentecido y el cuerpo tiende a recuperar rápidamente lo perdido, e incluso más. El resultado suele ser frustración, sensación de fracaso y la búsqueda de un nuevo desafío todavía más restrictivo, alimentando un círculo difícil de romper. Paradójicamente, cuanto más rápido se baja, más difícil es sostener ese peso en el tiempo.

Pese a las advertencias, estas dietas siguen circulando con fuerza porque apelan a un deseo muy instalado en la cultura actual: la inmediatez. En un contexto donde todo se mide en resultados rápidos, la promesa de transformar el cuerpo en pocas semanas se vuelve seductora, incluso cuando el costo es alto. El problema es que las redes sociales, a diferencia de un consultorio, no muestran los efectos secundarios, los abandonos silenciosos ni los daños que no se ven en una foto.

Los profesionales de la salud coinciden en un punto clave: no existen soluciones mágicas ni saludables para bajar muchos kilos en poco tiempo. Los cambios reales y sostenibles requieren procesos más largos, personalizados y respetuosos del cuerpo. Frente al bombardeo de retos virales, la información confiable y el pensamiento crítico se vuelven herramientas fundamentales para no caer en propuestas que, bajo una estética atractiva, esconden prácticas peligrosas.

En tiempos donde la delgadez exprés se vende como un logro, vale recordar que la salud no es un desafío de redes ni una carrera contra el reloj. Y que ninguna tendencia viral justifica poner el cuerpo en riesgo.

 

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