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Considerado el mayor poeta lírico del país, publicó sólo cuatro libros en la primera década del siglo pasado. Luego se aisló y mantuvo inédito durante seis décadas hasta su muerte en 1968. Fue rescatado del olvido por los jóvenes poetas de los ´60
MARCELO ORTALE
En la pasada década del 60 los jóvenes poetas de Buenos Aires rescataron del olvido en el que se encontraba a Enrique Banchs (1888-1968) que por entonces frisaba los 70 años de edad y había dejado de editar su último libro de poesía, La Urna, en 1911. En los plenos inicios del boom latinoamericano, con Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa y otros ocupando las vidrieras de las librerías, en forma insólita comenzó a terciar el hasta entonces pretérito nombre de Banchs. Su obra, que no se había reeditado, era buscada como una piedra preciosa en las más recónditas cuevas literarias. Circulaban entre manos amigas los libros de Banchs, fotocopiados.
Antes de 1911 había editado Las Barcas (1907), El libro de los elogios (1908 y el Cascabel del Halcón (1909). Y desde entonces sólo había publicado poemas en forma esporádica, en diarios y revistas. Como murió, también en Buenos Aires, a sus 80 años, puede decirse que estuvo casi seis décadas inédito. Sin embargo, se lo consideró por aquellos cuatro libros de juventud, como uno de los poetas de más alto lirismo que tuvo el país, con un estilo que resistió el paso del tiempo.
A los veinte años escribió en un poema: “La firme juventud del verso mío/ como hoy te habla, te hablará mañana”. Su poesía se presentaba actual y vigente en las vanguardias sesentistas que andaban entonces entreverándose con la generación del 27 española, con la poesía norteamericana y con los poetas italianos contemporáneos. Gran parte de la crítica volvió a enfocar a este poeta riguroso, que tenía una sólida formación y cuyo estilo, a primera vista y sólo en partes algo anacrónico, se emparentaba con el lirismo de San Juan de la Cruz y con el Siglo de Oro español, aunque también estaba influenciado por los clásicos latinos y los poetas sajones.
Casi adolescente escribió sobre las barcas, cuyas proas están puestas hacia los descubrimientos. ¿Cómo no iban los jóvenes a admirar esos sueños nuevos que llegaban en la voz de Banchs? “Nuestras quillas se han hecho de cedros olorosos/ con hachas perfumadas y cantos vigorosos/ desatamos las velas en una primavera/ las largas velas suaves como piel de pantera..” Las llamó las barcas del esperanza, del ensueño: “Ya nada nos detiene/ somos águilas sueltas/ y tanto hemos andado que olvidamos las vueltas”.
Dijo Roberto Giusti: “Una de las muchas virtudes de Banchs es la de remozar cuanto toca”. Su voz había venido a remozar la poesía, el idioma esencial.
Banchs vivía en el barrio de Colegiales. Ir a visitarlo tenía algo de peregrinación y de expiación también, acaso por haberle permitido a ese enorme hombre de letras mantenerse en un aislamiento casi monacal.
Allá por la calle Delgado, el venerable Banchs recibía a los ocasionales visitantes vestido con un severo traje cruzado color marrón o azul oscuro y se lo notaba sorprendido cuando los jóvenes le llevaban sus libros recién nacidos de la imprenta. “¿Por qué vienen a verme a mí…? ¿Alguien se acuerda de mi?”, preguntaba con sincero estupor, mientras caminaba por la vereda de la cuadra de su casa con el ocasional interlocutor. Banchs tenía a su mujer enferma, desde muchos años y por eso –al menos a quienes menos conocía- los recibía afuera. Todo era discreción y silencio alrededor de Banchs. Alguien dijo que hablar con Banchs era como hablar con una leyenda.
El motivo del apartamiento de Banchs constituye uno de los enigmas más explorados y, a la vez, más respetados por el universo literario argentino. Es seguro que muchos de sus colegas y admiradores –desde luego Borges, que siempre tuvo palabras de cercanía y de elogio hacia Banchs; Roberto Giusti, prologuista de la Obra Poética que publicó en 1973 la Academia Argentina de Letras; Leónidas de Vedia, que publicó un estudio sobre Banchs en Ediciones Culturales Argentinas (1964) y Antonio Requeni, este último autor de un artículo titulado “El silencio de Banchs”- conocieron el motivo profundo, acaso doloroso, de esta suerte de retirada de Banchs, pero ellos también prefirieron guardar reserva.
El poeta adolescente –y luego el poeta contenido en la madurez, ofrecido sólo en gotas- había escrito versos “inmortales”, según la calificación borgiana. En la primera década del siglo pasado escribió: “No trabajes el verso/ con amor prolongado/ Sea como la paloma/ que se va de la mano…/…Que no tenga en tu vida/ mucha importancia el verso/ Tú que los haces sabes/ qué poco vale eso”.
Dos poemas
Hay dos poetas que escribieron sobre el enigmático retiro de Banchs. Los dos insinuaron y los dos asordinaron la respuesta. A continuación se transcribe el de Borges, dedicado en forma expresa a Enrique Banchs. Dice así:
“Un hombre gris. La equívoca fortuna/ hizo que una mujer no lo quisiera;/ esa historia es la historia de cualquiera/ pero de cuantas hay bajo la luna/ es la que duele más. Habrá pensado/ en quitarse la vida. No sabía/ que esa espada, esa hiel, esa agonía,/ eran el talismán que le fue dado/ para alcanzar la página que vive/ más allá de la mano que la escribe/ y del alto cristal de catedrales./ Cumplida su labor, fue oscuramente/ un hombre que se pierde entre la gente;/ nos ha dejado cosas inmortales.
Del otro poema, que es de Baldomero Fernández Moreno, se transcribe esta primera estrofa formada por interrogantes:
“¿Por qué cesó tu juvenil repique,/ finísima campana matutina?/ ¿Quién te ligo las alas, golondrina?/ Di la palabra mágica que explique…”. Y terminaba el soneto con esta otra pregunta: “¿Acaso está la Patria tan sobrada/ de grandes voces para que tú calles?”
El escritor argentino-canadiense Alberto Manguel analizó el silencio de Banchs. Destacó allí que no es un caso único: “Rimbaud interrumpió su carrera poética a los diecinueve años; Salinger no escribió más cuentos después de 1963; Enrique Banchs publicó su último libro en 1911 y luego vivió 57 años más sin decidirse a publicar otro. No sabemos si estos creadores sintieron en cierto momento que habían logrado todo lo que debían lograr y que podían entonces retirarse de la escena habiendo ya cumplido su rol. Desde nuestra distancia de lectores, es cierto que su obra parece acabada, madura, perfecta. Pero ¿fue así como ellos lo vieron?”
En términos similares se expresa la investigadora Vanesa Ledesma Urruti, en su trabajo “Enrique Banchs, poeta olvidado, poeta del olvido”: “Quizás esta inmersión en el silencio fuera parte de un intenso y voluntario esfuerzo por caer en el olvido, y de ahí su eterna negativa a la reedición de sus obras. El carácter enigmático de este silencio rodea al genial poeta argentino de un halo de misterio comparable al de otras figuras atormentadas finiseculares, como es el caso de Arthur Rimbaud, quien en 1873 nos daba un premonitorio y ardiente “Adieu” optando por sepultarse a sí mismo, junto a sus recuerdos y su imaginación. A pesar de las diferencias de tono entre ambos poetas, la despedida de Rimbaud es muy similar a la de Banchs, quien nos dice adiós a sus veintitrés años de la misma manera: sepultando su yo poético en el más profundo recodo de la memoria. Ahí radica precisamente el sentido de su última obra: La urna es un recipiente formado por cien delicadísimos sonetos de tono austero y temple sombrío, con que el poeta estaba construyendo el cajón para su propio entierro. A juzgar por sus versos, se trata de un olvido deseado, fuertemente anhelado: pasar sin apenas dejar rastro, vivir “sin hacer señas ni hacer ruido”
El escritor cordobés Pablo Anadón ofrece una explicación si se quiere más pragmática sobre el retiro de Banchs: “Era el mayor de seis hermanos, y siendo un carácter más bien dado a la contemplación, de una fina y reconcentrada sensibilidad, pronto tuvo que insertarse en el mundo del trabajo para ayudar a la economía de la familia. Esto le dio tempranamente, pareciera, una conciencia aguda del significado de la frase bíblica sobre el costo de ganarse el pan, y una valoración de la labor humana y de la voluntad práctica más próxima a un estoicismo ético que a un hedonismo estético”
Banchs tuvo que mantener un hogar y eso es lo que hizo. Su dedicación al trabajo para ganar ese pan –dicen- resultó ser tan absorbente que no quiso “tentarse” con la vida habitualmente bohemia de la literatura. Se disciplinó y trabajó años como director de una publicación del Consejo Nacional de Educación. Curiosamente, su “retiro” como creador no le impidió desarrollar una activa labor en la Sociedad Argentina de Escritores y luego en la Academia Argentina de Letras, aún cuando fue intransigente en su decisión de no volver a publicar ningún otro libro suyo.
Pero son mayoría quienes apuntan a la tesis de que Banchs no eligió el silencio por necesidad o por alguna suerte de conveniencia, sino que lo hizo por pudor y dignidad ante los prohibitivos abismos de la vida y del amor . “Sólo el silencio es grande. Lo demás es debilidad” había dicho Alfredo de Vigny. Y Enrique Banchs, con íntima firmeza, le hizo caso.
Si la muerte es final, total olvido,
el alma, en ese sueño no sentido
nada es, pues no sabe que ha vivido;
nada, pues de sí misma está vacía.
O, acaso, sombra es de lo que ha sido.
y en vena vana hay eco de un latido
y oye caer un ilusorio oído
hojas secas de extinta melodía.
Sombra. Sombra de todo lo perdido,
reflejo que por siempre ha recogido
fugaz amor e instante de agonía.
Y por siempre, en el Tiempo detenido
sueña que es cierto su vivir mentido
porque espera la muerte todavía.
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