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REYES DEL SIGLO XXI

Monarquía: el desafío de sobrevivir

La familia real del Reino Unido con la última incorporación: la esposa de Harry, de origen afroamericano

Felipe VI, el rey de España, junto a su esposa Leticia y sus dos hijas

La realeza holandesa, con la reina Máxima, nacida en nuestro país

Por VIRGINIA BLONDEAU

vivirbien@eldia.com

Acertado a medias estuvo el rey Faruk de Egipto cuando en 1952, poco después de ser destituido y sangrando por la herida, vaticinó que en pocos años solo quedarían cinco reyes en el mundo: la reina de Inglaterra y los cuatro de las barajas. Es cierto que la entonces recién coronada Isabel ya cumplió 66 años en el trono y que los cuatro reyes de las barajas siguen incólumes en los casinos del mundo. Pero en algo se equivocó: aún reinan en Europa diez casas reales y, aunque con otras características, sobreviven las históricas dinastías de Asia y África.

Quienes crean que la monarquía tienen los días contados por ser una institución obsoleta corre el riesgo de ser motivo de mofa como hoy lo es el rey Faruk.

Y es que este personaje no contaba con la capacidad de reinventarse que las nuevas generaciones de reyes y príncipes demostraron en la segunda mitad del siglo XX y, sobretodo, en estos últimos años.

Poco a poco se fueron subiendo a la carroza del marketing moderno. Asumieron como propias las nuevas tecnologías. El puntapié inicial lo dio la propia reina Isabel II con sus apariciones en la incipiente televisión y un ejemplo reciente es el de Mette-Marit, la princesa heredera de Noruega, contando en Instagram el parto de su adorable perrita.

Tuvieron que aprender a recrear los símbolos, a conjugar tradición y modernidad, a tomar conciencia de que ya nadie los cree ungidos por el poder divino y a ganarse día a día el pan y favor de sus pueblos. Y no siempre fue fácil.

El rey Juan Carlos de España pasó de ser el monarca constitucional con más poder político a tener que pedir perdón frente a las cámaras de televisión por haber ido a cazar elefantes. Claro… en compañía de una rubia y en plena crisis institucional de su país.

Cuando en la madrugada del 31 de agosto de 1997 la reina Isabel II se despertó con la noticia de la muerte de Diana, su exnuera, seguramente en lo primero que pensó fue en sus nietos, que dormían en la habitación contigua. Diana era solo eso: la madre de Guillermo y Harry, alguien que ya no pertenecía a la familia real y, por lo tanto, “la casa” nada debía hacer. Fue la presión de un pueblo que respetaba a su reina pero mucho más quería a “su” Diana la que la “obligó” a dejar su refugio escocés y a organizar para su peor enemiga un funeral de estado digno de una reina, la reina que ya nunca Diana iba a ser.

En Mónaco, el príncipe reinante Alberto tuvo que resignar el “glamour por el glamour mismo”, tan valorado en los años dorados de su madre, la inolvidable Grace Kelly. Entendió que esa imagen frívola ya no era “políticamente correcta”. Sigue contando los euros que provienen del casino más elegante del mundo, pero también se puso al frente de movimientos ecológicos, es miembro activo del Comité Olímpico Internacional y lleva una política exterior mucho más inteligente que sus antecesores.

El rey Guillermo Alejandro de Holanda cuenta con un arma imbatible para reinventarse: una esposa inteligente, simpática, bella y, como si esto fuera poco, argentina. Aunque suene contradictorio Máxima logró, con su abierta carcajada, darle seriedad y respetabilidad a un príncipe heredero al que los holandeses llamaban “Prins Pils”, algo así como el “Príncipe Cerveza”. Ya podemos imaginar cuál era su imagen antes de que nuestra chica fuera a poner orden.

Y no fue el único en buscar compañera en la joven y republicana América: el gran duque Enrique de Luxemburgo se enamoró de María Teresa Mestre, una cubana que dio al pequeño y frío país un toque de calor latino.

Los reyes y príncipes de Bélgica, Dinamarca, Suecia y Noruega entendieron también que la consigna es “reinventarse o morir”. Su Majestad, LA IMAGEN es la verdadera reina de estos tiempos y saben que, ante ella, tienen que inclinarse.

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