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La honestidad como bien en la vida política

Por REINALDO CLAUDIO GÓMEZ (*)

rclaudiogomez@gmail.com

La honestidad es un bien escaso en la Argentina. Al menos en el plano político.

Una recorrida por Youtube, donde se mezclan, como retazos de una memoria fragmentaria y azarosa, las imágenes de un Aleph modesto, devaluado, permite a cualquier aburrido encontrar algunas perlas.

Entre ellas, reaparece un reciente programa periodístico de cable que se denomina “Corea del Centro”. El solo nombre habla de la intención una pretendida postura neutral frente a la información. Es decir, una posición equilibrada, cuya pretensión evidente es distanciar las opiniones de los extremos de la “grieta”.

En una de sus emisiones, los conductores María O’Donnell y el platense Ernesto Tenembaum plantean a uno de sus invitados una original prueba de conciencia política.

A través de una serie de fotografías de los presidentes argentinos desde 1983 (desde el regreso de la Democracia) convocan (en este caso a Luis Novaresio) a generar un orden del “mejor al peor” gobierno presidencial.

En la emisión, los tres comunicadores coincidieron en colocar a la cabeza de la escala a Raúl Alfonsín. En la continuidad de la formalización de la incómoda nómina, los pareceres variaron, pero la plena coincidencia en que Alfonsín protagonizó el “mejor” gobierno desde el 83 para acá no mutó.

La escena rescata, al menos, dos consensos casi generales. Uno, la relevancia de la honestidad como atributo de gestión: Un presidente que se retira sin riquezas extras después de su mandato obtiene un reconocimiento especial, un bonus track a su labor.

Emerge desde allí la idea de que el éxito de un proyecto económico solo se mide en circunstancias precisas: con el correr del tiempo no es un dato de importancia para dimensionar las bondades de las presidencias.

Con Alfonsín -el mejor considerado- la inflación llegó en 1989 al 3.079 anual. El desfasaje de precios le costó la presidencia, pero otros logros mandaron al olvido esa faceta y, a la vez y con el tiempo, mejoraron la imagen del hombre de Chascomús.

La segunda cuestión es todavía más interesante. Alfonsín simboliza el regreso a la Democracia, su defensa y su estabilización. Un paso fundamental del país hacia la libertad de la que hoy gozamos y vivimos de manera natural.

Los gobiernos que continuaron tienen sus logros diversos; pequeños, medidos en relación con las expectativas que generaron en una sociedad siempre un poco ingenua e inclinada menos a la realidad que a los actos de fe. Para la consideración de la mayoría social, han sido gestiones peores que la de Alfonsín, al fin y al cabo un exponente del radicalismo y de pura cepa.

Entonces, resulta extraño que en la composición de las fórmulas presidenciales de este año, abunden los peronistas y no haya radicales. La figura de Alfonsín, aunque cuestionable, es excepcional. No es trasladable ni hereditaria. Algo que ni el propio Perón pudo evitar. La Historia es menos contumaz que extraña.

 

(*) Personalidad destacada de la Cultura

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