La elefanta Mara, quien tiene unos 50 años y estuvo casi tres décadas encerrada en el Zoológico de Buenos Aires, ya tiene un nuevo hogar: el Santuario de Elefantes de Brasil, en el Mato Grosso. El traslado no fue para nada sencillo, menos aún, en tiempos de pandemia de coronavirus.
Reubicar a una elefanta a través de 2.700 kilómetros y atravesar fronteras internacionales requiere una gran cantidad de papeleo, ya que las autoridades buscan prevenir el contrabando y blanqueo de animales, en especial de una especie en peligro de extinción.
En el caso de Mara, y según señala una nota de The New York Times, conseguir los permisos implicó comprobar su lugar de nacimiento y los lugares en donde vivió antes de llegar a instalarse en el zoológico en 1995. En ese entonces había sido incautada de un circo, el Circo Rodas, debido al maltrato y en donde mató a un entrenador. Antes de que la incautaran y la llevaran a vivir al zoológico la encontraron encadenada en un estacionamiento.
La frontera entre Argentina y Brasil había estado cerrada debido a la pandemia de coronavirus por casi dos meses. A principios de mayo, un convoy llegó hasta el puesto de control en Puerto Iguazú: 15 personas y 6 vehículos, entre ellos, una grúa y un gran camión. Detrás del mismo había una caja transportadora especial que trasladaba a Mara.
“Todo valió la pena cuando ves al animal, que ha pasado casi toda su vida de forma antinatural, conectando con su esencia y con lo que ella es. Para ella, demoró mucho”, indicó Tomás Sciolla, responsable de Conservación y Gestión de Fauna del Ecoparque (ex Zoo) y encargado de la logística del traslado.
Según contaron aquellos que participaron del traslado, Mara rápidamente conectó con otra elefanta asiática de nombre Rana. Su vínculo fue tan instantáneo e intenso que alguno de los presentes se preguntaron si se habían conocido durante la infancia.
En Brasil, Scott Blais, uno de los fundadores del santuario, vio a Mara explorar sus nuevas relaciones con los otros elefantes. “Se la etiquetó de asesina”, dijo, pero él la veía como “una bola de inseguridad”, hambrienta de interacción.
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