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Séptimo Día |“DE PROFUNDIS”, DE OSCAR WILDE
Historias de escritores entre rejas

Intelectuales detenidos en las cárceles por sus ideas: desde Cervantes, que escribió el Quijote en un calabozo hasta Miguel Hernández y los contemporáneos. La anécdota de Alfredo Palacios

Historias de escritores entre rejas

Alfredo Palacios

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

5 de Septiembre de 2021 | 06:04
Edición impresa

Encarcelar a escritores por sus ideas ha sido y probablemente será para siempre una costumbre de las dictaduras de todos los tiempos y de cualquier pelaje. Miles de intelectuales sufrieron años de calabozo y algunos la muerte en ellos, sólo por pensar distinto que el régimen autoritario de turno. “¿Así que usted dice que no está de acuerdo? A la cárcel...”, es la decisión de los déspotas. Lo curioso es que buena parte de esos intelectuales presos supieron absorber las condenas, regenerar sus convicciones y concebir tras las rejas obras maravillosas.

Miguel de Cervantes estuvo preso varias veces, pero no por sus ideas

 

La España de la Guerra Civil tiene dos casos emblemáticos. El primero de ellos, el de Miguel Hernández, detenido en cárceles franquistas. Murió el 28 de marzo de 1942, a los 31 años de edad, en la celda número 100 del penal de Alicante que compartía con otros siete presos. Había sido detenido apenas concluida la guerra y condenado a muerte, pena que fue conmutada por la de 30 años de reclusión. Desde allí le escribió al hijo recién nacido: “Tu risa me hace libre/ me pone alas/ soledades me quita/ cárcel me arranca”.

Murió de enfermedad pulmonar, sin medicación oportuna. En los últimos meses de su vida tampoco le daban, siquiera, papel y lápiz para que pudiera escribir. Un guardia cárcel se apiadó y, bajo cuerda, le ofreció un pedazo de carbón. Con ese carbón, Hernández escribió en la pared del calabozo los últimos dos versos de una obra que se haría universal poco después. Allí escribió: “Adiós hermanos, camaradas, amigos/ despedidme del sol y de los trigos”.

El otro poeta español, también republicano, fue Fernando Macarro Castillo (más conocido por el seudónimo Marcos Ana (1920-2016), que a los 19 años de edad, en 1939, fue encarcelado por el franquismo y liberado recién en 1961. Había sido condenado a muerte por supuestos tres homicidios, que estuvo lejos de haber cometido

Autor de una obra cada día más valorada, escribió en su poema “Autobiografía” los siguientes versos: “Mi pecado es terrible;/ quise llenar de estrellas/el corazón del hombre.// Por eso aquí entre rejas,/ en diecinueve inviernos/ perdí mis primaveras.// Preso desde mi infancia/ y a muerte mi condena,/ mis ojos van secando/ su luz contra las piedras./ Mas no hay sombra de arcángel/ vengador en mis venas:/ ¡España! es sólo el grito/ de mi dolor que sueña.” Claro que España no agotó en ellos las prisiones ni el exilio para figuras como Rafael Alberti, Luis Cernuda y tantos otros. Y el crimen insuperable, el de Federico García Lorca, fusilado por poeta u homosexual y arrojado a una fosa común..

¿Sigue habiendo escritores presos? El siglo XX, con el fascismo y el comunismo dominantes, fue un doloroso muestrario. Hay muchos autores presos ahora, en distintos países y en una cantidad mayor de la que podría suponerse. Un informe de Amnesty Internacional destacó que existe en Turquía una verdadera persecución a las letras, reseñándose en 2019 que había unos 150 escritores y periodistas detenidos en cárcel, acusados de “terrorismo” y de “ofensas” al actual presidente Erdogan. En 2016 fueron clausuradas 42 editoriales. Ejemplificaron con el caso de una periodista turca, detenida en la localidad kurda de Dyarbakir, a la que le confiscaron obras de los intelectuales Baruch Spinoza y Albert Camus, a los que el fiscal encargado de instruir el caso definió como “miembros de la organización terrorista PKK”.

Miguel Hernández

DON QUIJOTE EN CÁRCEL

Miguel de Cervantes estuvo preso varias veces, pero no por sus ideas. Primero, cuando joven, por un duelo en el que hirió a su rival. Después, siempre por dinero y varias veces por su arbitrario desempeño como recaudador de impuestos a los labriegos de Andalucía, para solventar los gastos de la Armada Invencible. Fueron tan grandes sus excesos que se ganó la hostilidad no solo de los campesinos sino de influyentes y de la Iglesia.

Finalmente, por malas liquidaciones, la Audiencia de Sevilla ordenó detenerlo en la Prisión Real de esa ciudad y así fue que Cervantes pudo conocer a delincuentes de toda clase, que le enseñaron trampas y picardías y con quienes compartió la “bazofia” que engullían para no morirse de hambre. Allí escribió el Don Quijote, en la cárcel “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”.

La homosexualidad fue otro de los grandes motivos para detener a escritores. El caso más conocido, el de Oscar Wilde, el gran escritor inglés que fue puesto preso en 1895 y condenado a dos años de trabajos forzados por mantener una relación íntima con Lord Alfred Douglas, hijo del Marqués de Queensberry, fundador de las reglas del boxeo moderno. El escándalo en Londres fue mayúsculo y la condena se fundamentó en el termino de “grave indecencia”, un eufemismo para referirse a la homosexualidad.

Famoso en el mundo por la calidad de sus obras –La importancia de llamarse Ernesto, El retrato de Lady Windermere, entre muchas otras- Wilde no trepidó en seguir zamarreando a la sociedad victoriana y en la cárcel escribió “De Profundis”, un texto desgarrador dirigido a su amante: “Querido Bosie: Después de larga e infructuosa espera, he decidido escribirte yo, tanto por ti como por mí, pues no me gustaría pensar que he pasado dos largos años de prisión sin recibir de ti ni una sola línea, ni aun noticia ni mensaje que no me dieran dolor. Nuestra infausta y lamentabilísima amistad ha acabado en ruina e infamia pública para mí, pero el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y la idea de que el aborrecimiento, la amargura y el desprecio ocupen para siempre ese lugar de mi corazón que en otro tiempo ocupó el amor me resulta muy triste---”

Durante el último gobierno militar argentino se cree que hubo cerca de un centenar de escritores presos y luego desaparecidos, que, entre muchos otros, fueron Horacio Agulla, Haroldo Conti, Julián Delgado, Susana Lugones, Rodolfo Ortega Peña, Guillermo Pagés Larraya, Edgardo Sajón, Francisco Urondo y Rodolfo Walsh.

La homosexualidad fue otro de los grandes motivos para detener a escritores

 

Las cárceles en la Cuba castrista se poblaron también de escritores que no pensaban como el gobierno cubano y que por eso fueron arrestados. Muchos de los grandes intelectuales de la isla, como José Lezama Lima, Reinaldo Arenas y Virgilio Piñera, fueron perseguidos por defender la homosexualidad. También hubo cárceles en Chile para los escritores durante el régimen de Pinochet. Lo concreto ha sido que en donde exista un sistema que pretende la vigencia de un pensamiento único, allí existirán intelectuales presos. La Inquisición católica tuvo una legión de escritores detenidos y a veces llevados a la hoguera por pensar distinto. Pasan las épocas y el fenómeno persiste.

Marcos Ana, en la cárcel de Ocaña en 2006 / Web

ALFREDO PALACIOS

En algunas ocasiones las cárceles incluyen anécdotas menos dramáticas. El político y también escritor argentino Alfredo Palacios (1878-1965), primer diputado socialista de América y defensor de la lucha obrera, tuvo una vida novelesca. Gran duelista, fue expulsado del socialismo por usar de esa costumbre burguesa y fundó su propio socialismo. La vida de Palacios alcanzaría para una extensa saga de Netflix: fue presidente de la Universidad Nacional de La Plata, fue un Don Juan sin remedio, jamás tuvo casa propia ni documento de identidad. Podía votar sin documento porque...¿ qué autoridad de mesa podría negársele? “Después le anulaban el voto, ya que el sobre estaba marcado...”, dijo alguna vez un ex funcionario electoral.

Estuvo detenido en dos oportunidades. En la segunda, que fue en 1953, había acusado a Perón de fascista. Lo que sigue acá le fue contado a este cronista por un ex presidente del socialismo en La Plata, ya fallecido. “Lo llevaron a Palacios a la Penitenciarìa, con la orden expresa de Perón de que lo trataran bien, primero porque lo respetaba como adversario y luego por la fama universal de Palacios. “Usted ofrézcale todo lo que pida”, le dijo Perón al director de la cárcel. Poco después el penitenciario le dijo que “Palacios me tiene loco, me pide libros raros todo el tiempo, tengo que mandar a un efectivo a buscarlos en distintas bibliotecas...”. Perón insistió: “dele todo lo que pida y cuando pueda sáquele el frasco de la Carmela...”. La Carmela era una tintura para el pelo y Palacios lucía siempre una cabellera renegrida con el toque de algunos blancos.

“A los pocos meses de detenido se ordenó liberarlo. Nosotros con un grupo de amigos socialistas fuimos a buscarlo en dos autos. Esperamos frente a la cárcel y tardaba en salir. De pronto vemos que sale un hombre que parecía muy viejo, con el pelo, la barba y el bigote completamente blancos. No le dimos importancia, pero uno de nosotros nos advirtió: ¡es Palacios...!”.

Se acercaron casi dudando y Palacios –que sólo había estado, como se dijo, algunos meses en el calabozo- se meció el pelo y dijo: “¡Cómo envejece la cárcel...!”.

 

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