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Animales humanos y políticos

Animales humanos y políticos

SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)

7 de Agosto de 2022 | 08:36
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Somos animales políticos. No solo quienes ejercen funciones en y desde el poder o quienes aspiran a hacerlo. Somos todos animales políticos. “Zoon politikon”, es el modo en que definía Aristóteles (junto a Platón y Sócrates padres fundadores de la filosofía occidental) al ser humano. Polis, la palabra de donde deriva “política”, significa ciudad. Un “Zoon politikon” es una criatura que vive agrupado, sea en tribus, bandas, hordas, villas o, de un modo más complejo y evolucionado, en ciudades. Y allí plantea y resuelve los temas y problemas que devienen de la diversidad. Ser social por naturaleza, el humano resulta así un animal político. Y como tal vive en sociedades que muestran diferentes tipos de desarrollo y complejidad. El antropólogo estadounidense Elman R. Service (1915-1996), que estudió concienzudamente este proceso, estableció los diferentes agrupamientos humanos como bandas, tribus, jefaturas y Estados. A mayor complejidad de esas formas de interrelación, mayor complejidad también de la política. Esta se encuentra en todo grupo humano. Hay política incluso en la familia, en donde se hace necesario conciliar e integrar intereses diversos, características personales diferentes, gustos y prioridades variados, y procurar el mayor bienestar de los integrantes.

“Si los políticos fueran sinceros no serían elegidos. Muchos son mentirosos a secas. No tienen forzosamente que ser psicópatas. Pero la política es un medio fantástico para que se desarrollen”

Robert D. Hare,
psiquiatra canadiense eminencia en psicología criminal

En los Estados (ya sea que estos tomen forma de república, monarquía o incluso dictadura) la política se convierte en profesión. Y si bien es cierto que todos los humanos somos animales políticos, no todos, sino una minoría, ejercemos profesionalmente esa disciplina. Aunque a todos nos afectan las decisiones que toman y las acciones que ejecutan quienes sí lo hacen. En momentos de crisis como el actual queda en evidencia hasta qué punto esas acciones y decisiones influyen en nuestras vidas, relaciones, proyectos, porvenir, estado de ánimo y salud mental. Algunas personas siguen las peripecias políticas con la misma dedicación y obsesión con las que otras se concentran en el acontecer futbolístico. Otras se desentienden autodenominándose “apolíticas”, pero no por eso quedan inmunizadas ante las decisiones de los profesionales.

PERSONAS O FICHAS

Y en tanto la política es un fenómeno esencialmente humano, y los humanos estamos dotados de un aparato psíquico y un sistema emocional, todo análisis del acontecer político debe incluir ese factor. Habitualmente esto es dejado de lado, tanto por los analistas y politólogo como por los mismos ciudadanos de a pie dedicados a rastrear día a día los vaivenes políticos. Ocurre, entonces, que, al prescindir del factor humano, todo queda reducido a una suerte de partida de ajedrez en la que los protagonistas son meros peones, alfiles, torres, caballos, peones, reyes o damas, o, de lo contrario, personajes de un juego virtual manejados desde un “joystick” invisible al que, inevitablemente, se le atribuyen impulsos conspirativos.

Como consecuencia del olvido o desvalorización del factor humano, muchas de las decisiones y conductas de los políticos profesionales (tanto en funciones de gobierno como de oposición) resultan confusas o incomprensibles. Para entenderlas no alcanza la información política, por más que se sigan todos los programas dedicados al tema, se lean todas las columnas centradas en la cuestión o se crea a pie juntillas en los centenares de chismes y noticias falsas con que las redes sociales infectan el raciocinio. Entre los políticos profesionales, como entre la población global de una sociedad, hay psicópatas, sociópatas, paranoicos, esquizoides y mitómanos. Y esos perfiles orientan sus acciones. El psiquiatra canadiense Robert D. Hare, consagrado desde hace muchos años como eminencia en psicología criminal, afirma: “La mayoría de los psicópatas no son asesinos. Están en la política o en los negocios”. En estas actividades constituyen la misma proporción que en el resto de la sociedad (algo más de un 1%), aunque, señala Hare, “desde esas actividades ese 1% puede tener impacto sobre millones de personas”. Aun así, considera que estas dos actividades congregan una mayor proporción de psicópatas que otras: “El porcentaje entre ellos es, pese a todo, muy superior al general, aunque con diez ejecutivos o políticos psicópatas entre mil, ya sería suficiente”.

Un psicópata es una persona que carece de empatía, que ignora las nociones de bien y de mal, que usa a los demás como instrumentos para el logro de sus intereses y que, en ese cometido, miente, manipula, seduce o amenaza según sea el caso. “La política y el póker son dos ocupaciones cuyas reglas obligan a mentir y engañar”, explica el doctor Hare. “Si los políticos fueran sinceros no serían elegidos. Muchos son mentirosos a secas. No tienen forzosamente que ser psicópatas. Pero la política es un medio fantástico para que se desarrollen, el mejor ambiente, el ideal. Igual que los negocios, que cambian con mucha rapidez. Ahí los psicópatas se desenvuelven como peces en el agua”.

SIN REGLAS

“Hay personas a quienes les encantan los psicópatas”, agregaba Hare hace un tiempo en una entrevista con el periodista madrileño José Manuel Nieves, del diario ABC. “Son divertidos, atractivos, parecen inteligentes, aunque no lo sean, te van a chupar tu esencia”. Acaso esto explique por qué tantos de ellos son votados, reelegidos, nombrados para funciones decisivas en momentos críticos a pesar de qué están a la vista sus antecedentes y casi podría decirse que su prontuario. Saben aparecer o reaparecer disfrazados de seres providenciales. Los psicópatas estudian dónde está el punto débil de la víctima (o la presa) y hacia allí apuntan. Anestesiadas todas sus emociones, hay dos que, sin embargo, habitualmente de les escapan, especialmente cuando ven frustrados sus planes o resultan descubiertos. La ira y el desprecio. Son las únicas reales, dice Hare, todas las demás resultan fingidas.

El psicópata, señala el científico canadiense, no acepta reglas. Por el contrario, las impone. En su libro “Sin conciencia”, dedicado al estudio de este tipo de personalidad, Robert Hare recuerda que el psicópata no tiene cura (“nace, no se hace”), que miente con facilidad y goza cuando engaña a otros, que cuida su imagen para resultar atractivo física o intelectualmente, que emite afirmaciones contradictorias entre sí, que mueve mucho sus manos al hablar y a veces lo hace de manera antinatural, como si dirigiera una orquesta, que su comunicación es agresiva, que no respeta la distancia con su interlocutor, sino que invade el espacio de este.

¿Alcanzan estos datos para prevenirse de los psicópatas en política? Hare es escéptico. Piensa que las sociedades no tienen grandes defensas ante ellos, porque generalmente se los detecta tarde. Aun así, quedan algunos recursos. Por ejemplo, el de la memoria. No olvidar, no creer en los discursos sino en las conductas, no desentenderse de los temas comunes a la sociedad, ejercitar el pensamiento crítico (lo cual exige abandonar la pereza mental y no guiarse por creencias ni por cuestiones de fe). Y descreer de los seres providenciales, de los que prometen paraísos artificiales, de los que niegan sus propios pasados, aunque estén documentados. En la política no hay divinidades, sino seres humanos.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"

 

 

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