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“El arte en tu heladera”: el impulso artístico, de la prehistoria a los “cositos” en el refrigerador

Ricardo “Mono” Ibarlín prepara una muestra en base a fotos de las heladeras de la gente: para el actor, el electrodoméstico es un espacio ignorado donde irrumpe la expresión en un mundo acelerado, y donde pervive algo de lo que se está perdiendo

“El arte en tu heladera”: el impulso artístico, de la prehistoria a los “cositos” en el refrigerador

Ricardo Ibarlìn con su heladera

26 de Marzo de 2023 | 09:24
Edición impresa

Para Ricardo “Mono” Ibarlín, hombre de teatro y cine, reconocido personaje de la Ciudad, las heladeras están vivas: en ese electrodoméstico frío donde guardamos lo que comemos, en esa caja de pinta robótica y burocrática olvidada en un rincón de la cocina, se acumulan objetos, cositos, piringundines, pistas de una vida pegadas allí de forma aparentemente aleatoria. Pero quizás no sea todo tan aleatorio, dice Ibarlín. Quizás la heladera sea un espejo de sus dueños, una ventana al inconsciente de los habitantes de esa cueva, de ese refugio. Quizás allí haya algo parecido al arte.

Por eso, Ibarlín está organizando una muestra de fotos reales de heladeras, que la gente le puede enviar, y que no solo reflejan una variedad de mundos, sino que también ponen cara a cara a los dueños del electrodoméstico con esa heladera, disparando mil sorpresas en lo cotidiano, lo que vemos e ignoramos todos los días.

Y la sorpresa es clave, afirma Ibarlín, en un mundo profundamente automatizado, en el que el hombre ha quedado atrapado en una vorágine de información y tecnología.

“Estamos todos invadidos por los medios de comunicación. Han invadido todo. Y te podés comunicar con alguien en China, pero no te llevás bien con el que está al lado tuyo: la humanidad está sintiendo la falta de vínculo. El hombre no tiene de donde agarrarse por ese tipo de tecnologías”, lanza Ibarlín

Pero aún allí, la expresión emerge, incluso de forma inconsciente, en esa heladera donde alguien, algún día, por alguna razón que quizás no le fuera clara ni a él mismo, colocó un pequeño imancito, una nota, algo. Es que para el actor, el impulso de expresarse quizás sea prehistórico.

 

“El arte nace porque el hombre no es feliz. Está buscando algo que lo saque de un atolladero, y más al borde del quilombo que ahora no hay”

 

“El hombre en la prehistoria vivía en cuevas, no en árboles. Cuando encuentra la cueva, encuentra un refugio, primero para él, luego la familia, las relaciones, la comunidad: es un resguardo que tienen, pero lo que cazan no lo comen todo: se lo ahuma, se lo guarda. Empieza a tener un lugar para guardar las cosas”, dice Ibarlín. Allí dentro, en esa comunidad, empieza a pasar otra cosa: “El hombre empieza a pintar manos, flechas, los animales que caza. Ahí, empieza a desarrollarse la humanidad. Ahí aparece el arte”.

Para Ibarlín, el arte nace “porque el hombre no es feliz”. “Está buscando algo que lo saque de un atolladero, y más al borde del desorden, ahora, no hay”, lanza el actor: en ese contexto de descontento, entonces, aparece, sin querer, “El arte en tu heladera”, el nombre de la muestra que todavía está en preparación.

Aunque el actor, que trabajó en cine en “Los chicos desaparecen” (sobre una novela de Gabriel Báñez) y en abril volverá a hacer “Sonoro” junto a Lara Fichera, dice que ni siquiera sabe si aquello que está en la heladera es arte. No, al menos, en su forma académica, tradicional: “Es simplemente una forma de expresión”.

EL ARTE ES METERTE EN LA HELADERA

Al respecto, Ibarlín recuerda que hay cientas de definiciones de arte, y que, de hecho, fue en medio de esos debates sobre qué es arte y qué no, que estalló una de las chispas de este proyecto: “Siempre hay uno que dice ‘¿sabés lo que es el arte? El arte es meterte en la heladera y congelarte’”. Eso flotaba en la cabeza de Ibarlín cuando un día, frente a su propia heladera, “me di cuenta que la heladera es un lugar de representación”.

 

“En la heladera, en el medio del quilombo de información en el que vivimos, lo que aparece es la representación de algo que el tipo tiene en el ´mate´, que no sabe bien qué es”

 

“Primero, un lugar de representación informativa: pegaste dónde está el plomero, el teléfono de la carnicería. Pero también empieza a ser producto de un montón de cosas que el hombre no registra más, pero que están”, dice Ibarlín, e invita a mirar la heladera propia para descubrir lo olvidado. “El tipo abre la heladera y la cierra, abre y cierra como pasan los cuadros de una película. Hasta que un día decís ‘¿qué es esto que está pegado en la heladera?’”, se ríe.

 

“El tipo abre la heladera y la cierra, abre y cierra como pasan los cuadros de una película. Hasta que un día decís ‘¿qué es esto que está pegado en la heladera?’”

 

Recuerdos, pero también imancitos absurdos, algún recordatorio olvidado, algún teléfono de vaya a saber qué en un papel ya amarillento, objetos de lugares que uno ni recuerda. Adornos absurdos. En un lugar, dice Ibarlín, hilando el relato con su teoría del arte en la prehistoria, que “está relacionado con la supervivencia”.

“La gente suele no saber por qué están ahí, por qué los puso ahí. Y para mí, hay algo más profundo: el tipo no sabe en qué momento pegó eso, cuál es la razón de eso. No le das pelota, pero todas las heladeras tienen referencias de vidas particulares, momentos particulares”, sigue Ibarlín. “Pero no es que el tipo es artista, no ha hecho un collage, o pop art. En esos casos hay una búsqueda, de algo. En la heladera, en el medio del desorden de información en el que vivimos, en el desorden del tipo que no le alcanza la guita, lo que aparece es la representación de algo que el tipo tiene el mate, que no sabe bien qué es. Al punto de que ni se acuerda qué hay ahí. Pero el tipo sabe que tiene algo en el mate que lo lleva a hacer esa forma de expresión”.

Ibarlín lo define como “un acto irreflexivo, inconsciente, de expresión”, pero profundamente humano, como aquel hombre de las cavernas: “El tipo, en la prehistoria, representaba no por artista, sino para contener un montón de cosas. Y aquí, de pronto, aparecen un montón de cosas que lo representan en una heladera”, afirma. “Hay una especie de arte que está en tu heladera, hecho sin reflexión. No es que el tipo es artista, pero en este mundo de informaciones, hay algo que lleva al ser humano a hacer, en un acto irreflexivo, algo de perdurabilidad, en ese contexto que lo contiene, y en ese espacio que tiene que ver con la conservación de la vida, que es la heladera”.

LA HELADERA EN EL CINE

Este descubrimiento ha hecho que ahora, cada vez que Ibarlín mira una película, observe las heladeras, para ver “si pusieron una heladera ahí o si está viva la heladera, si no está solo de fondo”. Y se ríe al recordar cómo en la serie distópica “Real Humans”, que acontece en un futuro de superficies tersas, brillantes y frías como una heladera, aún allí aparece una heladera con un pequeño “cosito” pegado. Incluso en ese mundo sintético, aparece esa forma de expresión.

“El ser humano se tiene que dar cuenta que esa acción es una especie de recreo”, dice, y opina que, de hecho, es un recreo que se pierde. El ritmo de la vida moderna ha terminado con el tiempo de reflexión y ocio, y “hemos perdido”, tira, “un tranco del caminar, por ejemplo. Vamos de un lado a otro, pero hay otra forma de caminar”.

Ibarlín recuerda una anécdota: fue convocado por Frontón Ensamble para hacer una obra, “Por qué tiene que haber algo y no más bien nada”, que a causa de la pandemia se transformó en un cortometraje. Allí, en ese tiempo detenido de la pandemia, se filmó caminando por el Bosque Las Banderitas. “Y empecé a ver cosas extrañas, expresiones artísticas hechas por la naturaleza”, dice. En el corto, de hecho, afirma que aparece una imagen fantasmal. Todo lo que nos perdemos cuando no estamos mirando.

Y como consecuencia de esa falta de observación, se pierde “la fantasía, el contar una fantasía entre amigos”. La imaginación sufre, sin tiempo para expandirse. Y sin embargo, aunque todo eso se disuelve en el aire moderno, “se sigue ejecutando un pequeño arte en tu heladera”.

La muestra, que lleva su nombre gracias a la antropóloga social Laura Lugones, se organizará con imágenes que cualquiera puede enviar a elarteentuheladera@gmail.com (una foto de la heladera y una o dos más de algún detalle particular, pide Ibarlín). Y el objetivo de Ibarlín, entonces, es poner al hombre frente a su heladera, de generar esa irrupción de curiosidad en un mundo automático. “Que el tipo descubra que es cierto”, que lo que hay en el frente de la heladera “le esboce una sonrisa, un recuerdo, algo”.

“Que el tipo diga ‘yo hice esto’. Que se pregunte por qué lo hizo. Que piense cuál es el reflejo suyo en esa heladera. En medio de un mundo donde vamos, venimos, bajamos, llamamos… que frene”, dice.

Ir a un lugar de arte, lleno de heladeras, también es una manera de salir de esos automatismos, agrega: “Es como si te despertaras de un sueño”. La esperanza es que al ver ese objeto al que no le presta atención, se encienda la llama en el espectador, “aparezca una chispa”, la curiosidad de ese chico “que anda hurgando por la casa”, que irrumpa lo extraordinario en lo ordinario, lo cotidiano. “Esas son las cosas que me alimentan”.

Dos imágenes de heladeras que le enviaron para la muestra

 

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