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Una travesía que cruza santos, cartas y selva, donde la gramática inventa un país narrativo más vasto que frontera moral
Periodista y autora nacional de “Las aventuras de la China Iron” / Web
Las niñas del naranjel de Gabriela Cabezón Cámara dialoga con un linaje propio de la literatura argentina: escribir es desobedecer y el lenguaje es el campo de batalla. La novela abre con un hombre en fuga, Antonio, que para cumplirle a su Virgen del Naranjel —que lo salvó de la horca— se interna en una selva que respira como animal múltiple. La peripecia inicial: huir con dos niñas famélicas, dos monos, una perrita, una yegua y su potrillo. Lo que sigue: un verosímil tras otro, sin domesticar la rareza.
La herramienta es la carta. Antonio escribe a su tía, priora del convento que abandonó siendo novicia, una epístola interrumpida por preguntas imposibles: ¿vivimos lo que no vimos? ¿cuenta como vida lo que dejamos pasar? El diálogo de las niñas, en guaraní y carcajada, funciona como vidrio roto que refleja el trauma colonial y también la infancia que insistió en no morir. Así, la trama no “cuenta la Conquista”, la piensa desde su centro enmarañado, entre cosmovisiones que no se traducen, apenas cohabitan. Los rezos en latín, las canciones en vasco, la respiración del guaraní o los ecos de la espada colonial, rompen con la métrica del Siglo de Oro para parir una gramática afectiva nueva: misericordia contra codicia, cuidado contra exterminio.
La crítica lo entendió como urgencia y autenticidad. Samanta Schweblin subrayó que no solo desafía la oscuridad sino que devuelve humanidad viva a cambio. Los cruces formales —de la tercera a la primera persona, del monólogo a lo epistolar— no son pirueta: el género no es una frontera, es una escalera que prende fuego mientras se sube.
Lo central es el cuerpo y la intemperie histórica. Los cuerpos enferman, desean, huelen, cargan, resisten insultos y alcohol. La moral no rige donde el hambre escribe; la belleza no salva pero insiste; la identidad no se resuelve: se enuncia como quien traga tierra y aun así canta. Lina —con su pulso veloz y sintaxis dislocada— es la heredera formal de esa economía violenta del decir, una de las primeras heroínas adolescentes del canon argentino, desparpajo que no es concesión sino energía narrativa.
Si Cabezón Cámara necesitó a la legendaria Catalina de Erauso para avanzar contra los géneros, es porque en esa figura partida encuentra una máquina narrativa que habilita la multiplicación de vidas, identidades y gramáticas.
Una novela monumental que inventa una patria afectiva donde el humor, lo queer, lo popular y lo sagrado conviven en un temblor precioso. Es obligatoria porque no corrige a la literatura argentina: la reescribe con barro y resplandor.
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