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El lado B del mercado de trabajo. La mayoría afirma que el estrés ya afecta al desempeño profesional y teme por el largo plazo
el estrés genera preocupación entre los trabajadores / web
Carlos Sosa
eleconomista.com.ar
Una nueva encuesta realizada a jóvenes profesionales de Ciencias Económicas de la región expone un dato que ya no puede ser ignorado: el 80% afirma sentir temor por el impacto que su salud mental podría tener en su vida a largo plazo, mientras que el 70% reconoce que el estrés ya está afectando su rendimiento profesional.
Si bien en los últimos años la conversación sobre bienestar emocional ganó espacio, estos resultados muestran que el problema dejó de ser abstracto. La preocupación por la salud mental ya no es una proyección futura: es una experiencia cotidiana del trabajo actual.
Los datos surgen en el marco de distintas actividades formativas desarrolladas junto a Consultora Funcionalmente, donde abordamos la gestión de presiones, la ansiedad y las emociones como parte central del rendimiento profesional, no como un tema accesorio. Y los números confirman algo que vemos todos los días en organizaciones públicas y privadas: el modo en que trabajamos hoy está poniendo en tensión la sostenibilidad del rendimiento.
Uno de los conceptos clave para entender este fenómeno es lo que denominamos la curva oculta del rendimiento. Existe un punto en el que la presión deja de ser un estímulo y comienza a generar el efecto contrario: bloqueo cognitivo, pérdida de claridad mental, dificultad para priorizar y una toma de decisiones cada vez más reactiva.
En este estado, las personas no rinden menos porque no saben o no quieren, sino porque su sistema emocional está saturado. No se trata simplemente de cansancio: es un desfasaje entre lo que la persona quiere sostener y lo que efectivamente puede sostener en el tiempo.
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El dato de que al 70% le preocupa que el estrés ya esté afectando su desempeño refleja esta realidad. Y lo más relevante es que ocurre en etapas tempranas de la carrera profesional, lo que anticipa un problema de largo plazo si no se aborda a tiempo.
Otro dato contundente de la encuesta es que el 85% identifica una brecha significativa entre las expectativas con las que ingresó a la profesión y la realidad laboral que encontró. Esta distancia emocional entre lo esperado y lo vivido es uno de los principales generadores de frustración, desmotivación y desgaste temprano.
Existe un punto en el que la presión deja de ser un estímulo y genera el efecto contrario
La brecha no es solo salarial o de condiciones laborales; es también una brecha de sentido. Muchos jóvenes ingresan al mercado con la expectativa de desarrollo, aprendizaje y equilibrio, y se encuentran con exigencias constantes, urgencias permanentes y poco espacio para procesar la presión.
A esto se suma que el 60% reconoce no haber esperado tantas exigencias laborales, especialmente en contextos donde los tiempos de respuesta se acortan y el error parece no tener margen. Esta sobredemanda sostenida impacta directamente en el sistema nervioso, generando irritabilidad, ansiedad, baja tolerancia a la frustración e incluso síntomas físicos.
Estos datos permiten una lectura clave: los jóvenes profesionales no rechazan la exigencia, rechazan la falta de recursos para gestionarla. No buscan trabajar menos, sino trabajar mejor. No piden ausencia de presión, sino herramientas para administrarla sin poner en riesgo su salud mental.
En términos simples: la presión no es el problema; el problema es no saber cómo organizarse, planificar y priorizar en contextos de alta demanda.
Y aquí aparece un punto central que muchas organizaciones pasan por alto: la gestión del estrés no es solo una cuestión individual, sino también organizacional y de liderazgo.
Uno de los factores que más impacto tiene en la percepción de estrés es la falta de planificación. Cuando todo es urgente, nada es estratégico. Y cuando no hay planificación, el cerebro funciona en modo alerta permanente.
Planificar no es rigidez. Es, paradójicamente, lo que permite mayor flexibilidad. Una buena planificación:
- Ordena prioridades.
- Reduce la improvisación.
- Baja la ansiedad anticipatoria.
- Permite tomar decisiones con mayor claridad.
Muchas personas viven agotadas no por exceso de trabajo, sino por exceso de desorden mental y operativo.
Cinco claves prácticas para gestionar el estrés y planificar mejor el próximo año
Frente a este escenario, tanto profesionales como organizaciones pueden incorporar algunas prácticas simples pero efectivas:
1. Diferenciar urgencia de importancia. No todo lo que grita es prioritario. Aprender a distinguir lo urgente de lo verdaderamente importante reduce la sobrecarga y mejora la toma de decisiones.
2. Planificar en ciclos cortos. En contextos cambiantes, planificar a largo plazo sin revisiones genera frustración. Trabajar con objetivos trimestrales o mensuales permite ajustar sin vivir en modo fracaso.
3. Ordenar la agenda real, no la ideal. Muchas personas planifican sobre una agenda que no existe. Incorporar márgenes, pausas y tiempos de recuperación es clave para sostener el rendimiento.
4. Delegar y pedir ayuda. La autoexigencia extrema es una fuente constante de estrés. Delegar no es debilidad, es madurez profesional. Y pedir ayuda no resta valor, lo potencia.
5. Incorporar espacios de descarga emocional. Hablar, reflexionar y procesar lo que pasa reduce la acumulación de tensión. Lo que no se expresa, se somatiza o se actúa. El rol del liderazgo en la gestión del estrés.
Los datos de la encuesta también interpelan directamente a los líderes. El estrés no se gestiona solo con talleres aislados, sino con culturas laborales más conscientes.
El liderazgo tiene un impacto directo en: La claridad de las prioridades, La forma de comunicar, el manejo de los tiempos, y el permiso (o no) para frenar.
Cuando los líderes viven en urgencia permanente, los equipos también. Cuando el liderazgo planifica, ordena y comunica con claridad, la presión se vuelve más manejable.
El gran desafío del mundo laboral actual es dejar de medir el rendimiento solo en términos de resultados inmediatos y empezar a pensarlo en términos de sostenibilidad emocional y mental.
Los datos muestran una generación que ya no acepta normalizar el malestar. Que entiende que la salud mental no es un tema privado, sino parte del rendimiento profesional. Y que plantea este debate desde el inicio de su carrera, no después de años de desgaste.
Formar en planificación, gestión del estrés y habilidades emocionales ya no es un “plus”. Es una condición necesaria para construir organizaciones y trayectorias profesionales saludables.
La encuesta deja un mensaje claro: el rendimiento no está en crisis, está desordenado. Y ese desorden se paga con estrés, frustración y miedo al futuro.
Planificar, priorizar y gestionar las emociones no elimina la presión, pero la vuelve administrable. Y en un mundo laboral cada vez más exigente, esa diferencia puede definir no solo cómo trabajamos, sino cómo vivimos.
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