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La riqueza infinita

Por Facundo Bañez

La riqueza infinita

La riqueza infinita

8 de Abril de 2012 | 00:00

Alguna vez alguien dijo que la poesía de Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990) era un gesto inclasificable y rebelde. Es probable. Pero también es algo más. Vinculado a los movimientos de vanguardia en la década del 40 y aún después, su estilo fue dueño de una rara intuición y una fina perspicacia a la hora de hacer poesía o, como él prefería decir, su cotidiano ejercicio de vida y verbo. Ese ejercicio, inclasificable, rebelde y atrincherado, es el que acaba de rescatar el sello Turkestán, una editorial platense que, además de tener ya listo en las gateras un puñado de libros de cuentos y poesía de casi diez autores distintos, salió a pisar fuerte en el mercado editorial con la reedición de la obra poética completa de quien fuera acaso el exponente más genial de la generación del cuarenta.

En esta edición de lujo, al cuidado del poeta Pablo Ohde y compuesta de dos volúmenes, Francisco Madariaga realiza la presentación y una foto hasta ahora inédita del autor (la que acompaña esta nota) abre el trabajo apenas como un anticipo de lo que se esconde en las páginas siguientes. Y lo que se esconde va de los años cuarenta, donde Bayley fue referente del invencionismo junto a otros poetas y artistas plásticos, hasta los primeros años de la década del ochenta, período en que el poeta terminó por incursionar en el ensayo como una forma de construcción literaria lógica y coherente con la obra inmensa que al fin y al cabo logró edificar.

A modo de repaso, vale recordar que Bayley fue desde siempre un agitador cultural comprometido con lo único que tal vez valga la pena comprometerse: el lenguaje. Su participación activa en revistas como "Arturo" o "Invención 2" así lo demuestran, del mismo modo que lo confirma el rumbo que adoptó a partir de los años cincuenta, cuando se integró a las huestes de Raúl Gustavo Aguirre desde la trinchera que representó la revista "Poesía Buenos Aires", donde hicieron sus primeros pasos varios de los mejores poetas argentinos del siglo XX.

Dueña de ese encanto llano pero envolvente, acaso recóndito, la mística de Edgar Bayley tal vez resida en esa simplicidad perfecta para hacer que palabras comunes se presenten en frases de uso frecuente que, sin embargo, en su conjunto, constituyen algo extraño al uso frecuente. "Porque la claridad que tanto he buscado -como bien dice el propio Bayley-, sólo está en algunos silencios/ En algunos espacios en blanco/ Antes y después de unas pocas triviales palabras".

Llamativo o no, la obra de Bayley -pese a ser considerado desde hace tiempo como uno de los poetas imprescindibles de las letras locales- sufre algo común al género poético en general: no ha gozado de gran difusión ni ha sido objeto de fervor masivo. El trabajo de Ohde desde el hipnótico y elegante sello Turkestán, es la mejor y única forma de revertir semejante injusticia.

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