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Final feliz

Hace una semana, Maximiliano Comba no podía imaginarse titular ante Boca. Había jugado (mal) en Tucumán, Guevgeozián y Hurtado facturaron y su escasa chapa no lo ponían en el centro de la escena. Sin embargo, fue el héroe del sábado de súper acción, el muchacho de sombrero blanco que salvó al pueblo y se quedó con la chica, que se va cabalgando hacia un horizonte de cartón pintado.

Final feliz

"Walter, de acá va a Gimnasia un chico que se llama Maximiliano Comba. ¿Ustedes saben algo? Porque ya está en viaje...". Walter Epíscopo, "Batata", recibió en El Día el llamado de un colega del diario "Puntal" de Río Cuarto y ahí empezó a desenredarse la madeja. "Una apuesta", dijeron desde la CD mens sana. Un poquito eclipsado por la llegada simultánea de Jan Hurtado, el pibe con pinta de jockey empezó a contar su historia, esa que empezábamos a rastrear desde los diarios cordobeses. 

Así, supimos de La Cautiva y de sus menos de mil habitantes, ahí, al sur de Río Cuarto. De sus padres y sus cinco hermanos, de que le gustaba más la vida de campo que el fútbol, que había que insistirle porque le gustaba más domar un potro que darle a la número cinco. De que a los 15 años no quería jugar más, pero que a los 16 lo convencieron de volver. Se hizo fuerte, maduró. "Trataba de ganar lo mio", recuerda, y eso era fuera de la cancha, con el trabajo que reemplazó al colegio. Y lo fue en esas canchas con matas de pasto y desniveles.  Estudiantes de General Levalle, San Martín de Vicuña Mackena, Recreativo de Jovita fueron los pasos previos a la llegada a Estudiantes de Río Cuarto, el grande de la zona, el que le permitió que varios clubes empezaran a prestarle atención al rapidito y mañero que jugaba de 7 o de 8. No fue Instituto, no fue Belgrano. El destino marcó La Plata. El pibe de La Cautiva no venía a El matadero...

Jugó en Tucumán en la cuarta fecha y ya no tuvo otra chance. Concentró, viajó, pero no jugó con Boca ni con Unión. Troglio, hombre de corazonadas, vio ganas y hambre que podían ayudar a un equipo que para jugar primero tiene que correr. Y a la cancha Comba, que ya el martes sabía que enfrentaría a Gago, Tevez y otros bronces ilustres de La Boca. 

No la descosió desde el inicio. Tuvo buenas, también malas. No pudo con una pelota suelta en el primer tiempo que Belardi rechazó al corner. No arrugó. Corrió y metió. Por derecha o por izquierda, gambeteando al ahogo y a los miedos. 

Cuatro minutos...centro desde la izquierda del Monito Gómez y Tijanovich que salta a buscar. Tija no es Silva, no es el armenio, no es el venezolano, pero la historia con final feliz empezaba a escribirse, entonces lo que no debía pasar, pasó. Tijanovich ganó de alto y metió la pelota entre los centrales y ahí picó Maximiliano Comba, domando sus sueños, guiado por su buena estrella que le decía "es ahora, es acá". Y ahí fue Comba, sus viejos, sus cinco hermanos, el pueblo entero, esas tardes a caballo, esas mañanas trabajando en el campo, esos partidos chacareros que lo hicieron hombre, el sueño de ser como Pablito Aimar y tenerlo al lado 90 minutos...y es la pelota que siente en el botín derecho, sin tiempo de pensar, la pelota en la red, esa mancha verdosa que es el arquero vencido, y todo gira y gira y son abrazos, risas, gritos, saltos, azul, blanco, ese extraño rosa que se coló en la fiesta. Felicidad en estado puro, la mirada al cielo, las manos tapando el rostro...Un instante en la vida de un pibe y parece que todo vale la pena, que no siempre ganan los mismos.

"Me cuesta calmarme después de esta emoción. Estoy viviendo un sueño", dijo Maxi Comba en la cancha. "Se me dio un partido increíble, no tengo palabras", agregó mientras se daba una vuelta por el pasado, los ojos húmedos, el agradecimiento a flor de labios para "Leonardo Rufinengo, quien me ayudó a llegar a jugar al fútbol, a mi familia, a mi segunda familia".Se emocionó y emocionó Maxi Comba. Vaya a saber uno que le depara el destino. Tal vez, sea el primero de muchos festejos; tal vez, sus cinco minutos de fama para contarles a sus nietos "el día que el abuelo le hizo un gol a Boca".  Hoy, ese pibe fue feliz e hizo felices a muchos. No es el final. Si lo fuera, hubiese sido redondito, mucho mejor que el de Metegol. ¿saben por qué? Porque de una vez por todas hay que dejar de regodearse en las derrotas dignas y empezar a construir pequeñas grandes victorias. Como esta, porque no tengan dudas, hoy Comba se llevó más que un grito y mil abrazos. Fue feliz.

 

 

 

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