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SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)
El 14 de mayo de 1796, Edward Jenner, médico y poeta británico nacido en Berkeley, tomaba pus de unas ampollas que cubrían las manos de Sarah Nelmes y lo inoculaba, mediante suero, en las venas de James Phipps, un chico de ocho años. La señora Nelmes se había contagiado de viruela vacuna ordeñando diariamente a una vaca llamada Blossom. El chico Phipps era hijo del jardinero que trabajaba en la casa del doctor Jenner. Esa noche James Phipps tuvo fiebre y respiraba agitadamente. Los síntomas le duraron un par de días. Y eso fue todo. No contrajo la enfermedad. Con su caso, y otros dieciséis en los que venía trabajando, Edward Jenner estaba creando la vacuna contra la viruela. Fue la primera vacuna que oficialmente se conoce como tal, y su principio básico (inocular virus atenuados de la enfermedad que se pretende combatir, para que el organismo se familiarice con ellos y pueda luego absorberlos sin consecuencias al ser atacado por esos microorganismos) se replicaría desde entonces en todas las vacunas que la ciencia fue generando. Jenner sería considerado como el padre de la inmunología.
En aquella época la viruela causaba estragos. Todavía hoy, cuando se la considera erradicada, aunque ningún mal será finalmente derrotado mientras exista la pobreza, figura como la pandemia que más muertos causó en la historia. En su variante infecciosa (que solo ataca a humanos) llegó a causar 300 millones de muertes. El sarampión, reaparecido tras creérselo erradicado, y cuyos primeros registros datan de unos 3 mil años atrás, mató desde entonces a más de 200 millones. La gripe española (que nació en Estados Unidos y fue propagada por sus soldados en Europa) se llevó casi 50 millones de vidas en un solo año, 1918. En la Edad Media la peste bubónica provocó 75 millones de muertos. El HIV, o sida, cobró 25 millones de víctimas fatales desde su aparición en los años 80. Un número similar al de la peste de Justiniano, que se extendió en el siglo VI de nuestra era desde el imperio bizantino, con características similares a la peste bubónica. Entre el siglo XIX y la actualidad, puesto que está vigente, el cólera mató a 3 millones de personas. El tifus, en el siglo pasado, hizo lo mismo con 4 millones. En el verano de 1968 la gripe de Hong Kong acabó con la vida de un millón de personas.
Protagonista fatídico en la era de la globalización, de la conexión inmediata y masiva, de las noticias falsas, de la paranoia planetaria, el coronavirus no juega todavía en las grandes ligas de las peores pestes de la historia humana. Pero es la que corresponde a nuestros tiempos, y se vive como si anunciara el fin del mundo. Según como se mire, podría significar en realidad el fin de un mundo. El de la soberbia humana que nos hizo creernos dioses del universo, capaces de cualquier hazaña física, científica y tecnológica. El de una voracidad consumista ilimitada que nos hizo usar y abusar impunemente de los escenarios y los frutos del planeta sin advertir que esa avidez nos lleva a destruir nuestro hábitat y poner en peligro nuestra propia existencia como especie. Olvidados de la historia, desentendidos de las otras especies con las que convivimos, y hasta indiferentes hacia nuestros propios congéneres, habíamos llegado a creernos invulnerables.
Practicamos una curiosa forma de solidaridad que consiste en aislarnos
Eso en el plano de la conciencia. Pero el inconsciente existe desde siempre (aunque haya sido reconocido a partir de los trabajos de Sigmund Freud y Carl Jung). Y en nuestros inconscientes (el individual y el colectivo) estuvo y está una certeza que nos angustia. Somos mortales. Finitos en el tiempo. Tenemos fecha de vencimiento. Nos aferramos entonces a toda promesa de inmortalidad (en sus versiones más aberrantes es lo que la tecnología nos promete) o a toda fábula que nos garantice otra vida después de la presente. Pero la angustia no desaparece. Sigue allí, subliminal, oculta. Para paliarla huimos hacia adelante. Más consumo, más depredación del medio ambiente, más delirio y fanatismo tecno-científico. Compramos mil tipos diferentes de seguros creyendo que eso nos pone a salvo de la incertidumbre, del imponderable. Consultamos ansiosamente a gurúes y hechiceros. Nos embelesamos con estudios y pronósticos que nos prometen que todas las enfermedades serán erradicadas, que viviremos mil años, o que seremos inmortales.
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Pero la angustia sigue. El insomnio se convierte en una plaga de este siglo. Consumimos psicofármacos como si fueran golosinas. Corremos detrás de pseudo terapias milagrosas, que aparecen siempre como la solución final y desaparecen tan pronto como se descubre su inoperancia. Eso no impide que nos entreguemos a la próxima. Y la angustia sigue. No hay consumo material o falsamente espiritual que la calme.
Hasta que, de pronto, aparece una minúscula forma de vida llamada virus (e identificada como Covid-19 o coronavirus) que nos pone de cara a nuestra vulnerabilidad, a nuestra fragilidad, a nuestra pequeñez. Corremos a escondernos, a defendernos, vaciamos los supermercados y las farmacias y nos metemos en nuestros refugios dispuestos a ser los últimos sobrevivientes de la especie, aunque todos los demás perezcan. Dejamos de vernos, de saludarnos, de tocarnos. Un estornudo puede convertirnos en parias. Todos son peligrosos. Todos son sospechosos. Practicamos una curiosa forma de solidaridad que consiste en aislarnos, en estar lejos los unos de los otros. Ya lo estábamos sin necesidad del coronavirus y gracias a nuestra adicción a todo tipo de pantallas, de redes sociales, de espacios y realidades virtuales. Ya nos habíamos entrenado en no ver al prójimo, es decir el próximo. Con los oídos tapados por auriculares, habíamos dejado de escuchar su voz, su pedido, su saludo, su pregunta, su opinión. Ahora terminamos de aislarnos, porque el invisible microorganismo parece el mensajero del fin del mundo. Pero queremos sobrevivir.
Y aquí vienen las preguntas. ¿Sobrevivir para vivir qué tipo de vida? ¿Para vivir cómo? ¿Para dejar qué huella? Cuando el virus se haya retirado (derrotado, contenido o simplemente aburrido), ¿cómo viviremos? ¿Cómo siempre? ¿Más conectados que comunicados? ¿Depredando nuestro hábitat, el planeta, la casa de todos? ¿Indiferentes a las otras grandes plagas, como el hambre o la pobreza, mientras no nos toquen? ¿Devorando todo lo que se nos ofrezca consumir, aunque eso consuma nuestro tiempo, nuestros recursos, nuestros vínculos, nuestra salud? ¿Embobados en un hedonismo y un narcisismo que convierten a cada uno en una isla? ¿Vamos a seguir corriendo, aunque no sepamos hacia dónde ni para qué? ¿Vamos a seguir siendo surfistas que pasan velozmente por la superficie de la vida, o nos convertiremos en buzos que se sumergen lenta y pacientemente en la maravillosa profundidad de la existencia y en sus misterios?
Con tanta cuarentena por delante, sin cines, sin teatros, sin boliches, sin ruido que nos aturda, con estadios patéticamente vacíos, se nos ofrecen de un modo súbito todo el tiempo y el espacio necesarios para explorar las respuestas a estas y otras preguntas. Sin saberlo y sin quererlo el coronavirus puede haber venido a proponernos una vida con sentido. Pero ese bichito solo trae las preguntas, no las respuestas.
(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"
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