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Séptimo Día |“VOY A REALIZAR UNA EMPRESA ROMÁNTICA”
El ansia de escribir y la pasión de navegar por ríos y mares

Libertad y soledad: dos sentimientos que comparten escritores y navegantes. El velero de Pérez Reverte y el barco de papel de Vincent. Las travesías de Vito Dumas y sus libros

El ansia de escribir y la pasión de navegar por ríos y mares

Navegar a vela durante un atardecer, una sensación única / AFP

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

26 de Junio de 2022 | 06:48
Edición impresa

Hay escritores que primero escribieron y que después se hicieron navegantes, como los actuales españoles Arturo Pérez Reverte o Manuel Vincent. Y, por contrapartida, hay marinos que, con el fluir de sus vidas, se hicieron escritores como Mark Twain (1835-1910). Existe una relación íntima entre la navegación y la literatura. Se trata de un nudo casi imposible de desatar, que se forma con dos sentimientos unidos y misteriosos: la soledad y el ansia de libertad. Sin ellos entrelazados no se podría escribir ni navegar seriamente.

Entre los segundos fue citado Twain, que apenas llegado a joven ya fue timonel avezado de barcos a rueda en el Misisipi. Entre muchos otros, puede hablarse del científico noruego y luego escritor Thor Heyerdahl (1914-2002) que organizó la expedición Kon-Tiki en 1947, durante la cual recorrió 8000 km a lo largo del océano Pacífico, desde las costas de Perú hasta el archipiélago Tuamotu y que escribió un libro memorable, que lleva el nombre de la balsa. Y entre nosotros, el épico “navegante solitario”, Vito Dumas que, entre otras proezas marineras, realizó cuatro fantásticos viajes en un pequeño velero y que luego escribió libros dignos de memoria.

El escritor Juan Bautista Duizeide fue piloto de la marina mercante

 

No un marino, un aviador, Antoine de Saint Exupery dijo esto: “Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho”. Sin ese anhelo no habrá barcos ni palabras que valgan la pena.

Pérez Reverte, con 70 primaveras en su lomo, viaja cada vez que puede con su velero “Corso” por el Mediterráneo y así contó hace poco un incidente: “El otro día, en el mar, se fueron todos los instrumentos al carajo. Era de noche, estábamos en viaje de vuelta, en mitad de una niebla espesa, y yo acababa de fondear el velero en cuatro metros de sonda con treinta y cinco de cadena”.

“Si la avería, o lo que fuera, llega a ocurrir media hora antes, las habría pasado mortales: no habría tenido más remedio que mantenerme al pairo lejos de la costa, esperando que con el día levantase la niebla, con cuanta luz a bordo pudiera tener encendida, haciendo sonar la bocina de vez en cuando y rezando, o lo que equivalga a eso, para que no apareciera de la nada otro barco y me metiera la proa en el través”. Desconfiar, desconfiar siempre del naufragio cercano.

El saludo de Vito Dumas desde un barco / Web

Vito Dumas explicó alguna vez por qué se lanzaba en solitario a dar la vuelta al mundo en un velero de apenas 9,50 de largo y 3,30 de ancho: “Voy, en esta época materialista, a realizar una empresa romántica”. Luchó contra océanos distantes y bravíos, afrontó el viento y el frío, venció a la sed y el hambre, atravesó aguas impiadosas.

Recorrió en ese viaje 20.420 millas marinas (37.818 km) a través de tres océanos, regresó al puerto de Buenos Aires el 7 de septiembre de 1943, con una travesía que duró 437 días de los cuales 274 fueron navegando. No hay lectura arrepentida en ninguno de sus libros -Crucero de lo imprevisto”; “Los cuarenta bramadores”; “Solo, rumbo a la Cruz del Sur, estos dos últimos traducidos al francés ; “El viaje de Sirio” y “Mis viajes”-, todos saturados por experiencias de vida.

El mar enseña. Puerto del mundo al que llegaba, Dumas se topaba con personas buenas esperando su llegada, porque se hizo conocer y querer. Lo ayudaban los marinos del lugar, le daban consejos. Pero siempre tenía que zarpar. Cuando alguna vez se iba de uno de esos puertos, escribió: “Al mirar ya por popa ese puñado de amigos de tan querida tierra, lloro amargamente. Necesitaba ese llanto. Por mucho tiempo lo había contenido en mi papel de hombre inconmovible. Ahora soy nada más que un niño.” Al día siguiente escribió: “La noche es negra. No se distinguen señales de vida por ningún lado. Llevo casi cuarenta horas de trabajo continuado. No he probado alimento alguno”. Los viajes de Dumas fueron eso, un sueño infantil.

Pérez Reverte cita a otro gran escritor-marinero, a Joseph Conrad, para definir así su propia pasión: “Decía Conrad que la principal característica de un marino es una saludable incertidumbre. Dicho al contrario, la certeza de que todo el tiempo estás en un medio hostil donde puedes esperar cosas desagradables. Una perpetua desconfianza que se manifiesta en la ojeada que diriges alrededor cada cinco minutos, aunque estés leyendo un libro apasionante, adormilado o conversando con alguien. La mirada inquieta a esa mancha oscura que puede ser una racha peligrosa, a la nube de color sucio que empieza a formarse en el horizonte, a las luces del mercante que debe maniobrarte, pero que posiblemente no lo haga”. Navegar, dice más adelante, es mantenerte vivos, tu y la tripulación: “No fiarte ni de tu sombra”. Desconfiar, corregir rumbos, corregir palabras.

Arturo Pérez Reverte navegando en su velero / abc.es

LA LITERATURA DEL RÍO

Los chicos del pueblo de Hannibal, Misuri –cuenta Mark Twain- sólo tenían una ambición: “ser tripulante de un barco a vapor”. Tenían, claro, pretensiones pasajeras, si llegaba un circo querían ser payasos. Esas ambiciones efímeras “se esfumaban una a uno, pero la de ser tripulantes de un barco a vapor siempre permanecía en nosotros”.

“Si querés construir un barco no empieces por buscar madera o cortar tablas”

 

Twain escribió La vida en el Misisipi, casi al mismo tiempo que Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, que tendrían al río como vértebra argumental. Allí en las aguas turbias aprendió. El río fue donde el escritor se hizo universal, en el río vivió aventuras inolvidables y tan humanas. El autor cuenta que, una vez agotado su trabajo como timonel, se convirtió primero en buscador de plata en minas de Nevada, reportero de un periódico, buscador de oro en California, corresponsal en Europa y Oriente, educador “y por fin me convertí en escritor de poca monta”.

No lo creyeron de poca monta la traductora y el editor de La vida en el Misisipi, al señalar que, sin el autor de esa obra de rescate de su primera vida al comando de un barco, “tal vez no hubieran existido William Faulkner, Erskine Caldwell, Tennessee Williams, Carson McCullers, ni posiblemente J. D. Salinger, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy.” Algo así como que no hubiera existido una literatura estadounidense.

Hay un caso parecido en la Argentina. El escritor Juan Bautista Duizeide fue piloto de la marina mercante, navegó en buques de ultramar por el Atlántico, el Pacífico, el Mar del Norte y el Báltico.

“En esta época materialista, voy a realizar una empresa romántica”

 

En un artículo publicado en Página 12, Angel Berlanga dice que a partir de las novelas En la orilla y Kanaka, el marplatense Duizeide, que vivió en La Plata y ahora en una isla cercana a Tigre, asomó en la literatura argentina “con el poco frecuente perfil de escritor navegante de mar y río. Algo que en realidad no abandonó, aunque siempre conservando un bajo perfil, incluso hasta ahora, cuando da a conocer las Crónicas con fondo de agua. Vidas secretas del Río de la Plata (Ed. Continente). Historias de Berisso, Ensenada, Río Santiago, destilerías y astilleros arrasados durante los años noventa. Duizeide habla sobre su relación con la literatura de los mares del mundo, su paso por el Liceo Naval y su experiencia como piloto de barcos cargueros, pesqueros y petroleros para volver a tierra y escribir sobre los paraísos marítimos”. El agua y la palabra siempre juntos.

EL BARCO DE LOS SUEÑOS

“Necesito del mar porque me enseña...” dice Neruda en un poema dedicado al mar. Y así ocurre con el escritor español Manuel Vicent, ya que es un necesitado del mar. Y más que del mar abstracto, del concreto Mediterráneo, esa matriz de todas las culturas. Hace poco tiempo este navegante literario escribió una pequeña maravilla titulada “Un niño deposita un barco de papel en el agua”.

Dice que hay fuerzas oscuras que te acechan en un mar lleno de peligros y que hay que estar bien pertrechado. Y para lograr eso, para poder llegar a un puerto abrigado, “no hay barco más seguro que el primer barco de papel que fabricamos cuando éramos niños con una hoja del cuaderno escolar donde habíamos escrito nuestros sueños más puros”.

Después de doblar el papel varias veces de una forma determinada, “abrías el pliegue y de pronto aparecía entre los dedos un maravilloso velero. Con un leve impulso lo botabas en una orilla de la alberca y comenzaba a navegar el agua estancada bajo el vuelo de libélulas verdes y amarillas. Podía ser un barco pirata, fantasma, mercante o de guerra. Pese a que la alberca albergaba algunos sapos, el barco siempre conseguía llevar a la otra orilla nuestros sueños incontaminados”.

Vivimos ahora tiempos de azar, entre la violencia y la banalidad, agrega Vincent. “No sabes quién te vigila, quién te controla, quién decide por ti, pero eres consciente de que alguien puede apretar el botón que te hará saltar por los aires. Ya no existen maestros a los que seguir ni valores sólidos a los que agarrarse y puesto que vale todo pero nada es firme, en esta travesía confusa la salvación es ya una cuestión fiada a la imaginación de cada navegante”. Es el nudo que no se puede desatar, entre navegación y literatura.

Vincent añade que un preso descubrió que la única forma de escapar de la cárcel era pintar una ventana abierta de par en la pared del calabozo. “Aquel velero de papel que construiste con una hoja del cuaderno escolar para cargar en él los primeros sueños, hoy puede convertirse en un barco de salvamento si aquellos sueños que transportaba no han sido traicionados”.

 

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