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Espectáculos |DETRÁS DE ESCENA

“Nueve Reinas”: historia de la película más querida del cine nacional, que vuelve a las salas

El clásico de Fabián Bielinsky se reestrena este jueves, en una versión remasterizada en 4K. A continuación, contamos cómo se hizo una cinta clave en la historia del cine nacional

“Nueve Reinas”: historia de la película más querida del cine nacional, que vuelve a las salas
Pedro Garay

Pedro Garay
pgaray@eldia.com

18 de Febrero de 2024 | 04:48
Edición impresa

FARSANTES

Fabián Bielinsky se hizo desde abajo. Filmó un cortometraje, adaptación de “Continuidad de los parques”, de Cortázar, en sus mocedades, en la escuela secundaria, y casi una década más tarde, en 1983, presentó como obra de graduación de la Enerc “La espera”, basada en un relato de Borges. Recibido, laburó en publicidad y como asistente de dirección, recorriendo casi todos los puestos que uno puede ocupar en el set. Aprendiendo, furtivo como su personaje de “El aura”, su película más personal.

Así es que hubo que esperar 16 años desde “La espera” hasta “Nueve Reinas”. En algún momento, hacia la mitad de ese período, Bielinsky empezó a poner en papel una idea, una historia de estafadores inspirada por el cine que admiraba, el de los 70. De hecho, aparecerían en la película algunos guiños: la “uruguaya”, el truco que abre “Nueve Reinas”, aparece en “Luna de papel”, al igual que el engaño del billete roto de Marcos en el bar. Hay referencias a “El amable estafador”, las caminatas de Darín y Pauls recuerdan a “Pánico en el parque”.

Y, aunque referencias más tardías, más contemporáneas, allí estarían, en ese guión, Michael Mann y “Casa de juegos”, la película de David Mamet con la que “Nueve Reinas” será comparada por siempre. Fabián Casas llamó a la de Bielinsky “una copia degradada” de la de Mamet.

Del thriller de Mamet, más psicologista, algunos puntos de la trama. De Mann, el detallismo en la puesta, la película como rompecabezas. Diría luego el experimentado montajista Jerry Zóttola en la historia oral de “Nueve Reinas” que escribió Andrés Fevrier: “Tengo más de cincuenta películas compaginadas. La primera fue en 1969. Pero el de ‘Nueve Reinas’ fue el primer libro con el que trabajé que no se podía tocar. Donde sacabas algo se perdía un dato y se caía todo. Era tan redondo que no se podía cambiar nada. Era brillante”.

El guion perfecto, un mecanismo de relojería que dejaba indicios del engaño final, el real, la “historia 2”, a simple vista, para redescubrir en la segunda visita a la película y sonreir. El encanto de ser engañados como espectadores tiene que ver con advertir el perfecto funcionamiento del artificio, el artefacto disfrazado de naturaleza, de realismo, hasta el acto final, el corrimiento de la cortina.

Aquel guión, que Bielinsky escribió durante varios años, y que terminó tras pedirle plata a sus padres para tomarse unos meses alejado del mundanal ruido (así, al final, se hacen tantas cosas: pidiendo tiempo, dinero, prestados, un apuesta a escapar), se llamaba “Farsantes”. Pero el director pensó que delataba la trama. Y así aparecieron las estampillas para darle nombre. Las “Nueve Reinas”.

LO QUE FALTAN SON FINANCISTAS

Pero nadie quería ese guion perfecto. Bielinsky trabajaba hace años en la industria, era un hombre de cine, un amante de las películas, pero tenía solo un cortometraje a su nombre. Al guion se lo rechazaron en todos lados. Era una película distinta a las que se hacía en Argentina en aquellos tiempos de comedia costumbrista. Incluso parecía cara. Se la rechazaron hasta en Patagonik, que luego lanzaría un concurso de guiones que Bielinsky ganaría.

Al concurso, el cineasta se presentó, a último momento, a regañadientes: estaba casi vencido. Le insistió su mujer, Cristina Moncayo, quizás cansada de escuchar “su chiste ante la frustración” que “era que no sabía si seguir con el cine o ponerse una pizzería, porque hacía buenas pizzas”, como relata Fevrier en su artículo.

El guion de Bielinsky se impuso a más de doscientas presentaciones, pero aún así, el presupuesto sería acotado: Patagonik centraba sus cañones en “Almejas y mejillones”, mientras que al guion ganador, que no se producía en coproducción sino con un crédito del INCAA,le daba lo lógico para un concurso de jóvenes talentos: más o menos un millón de pesos. Tiempo después, a Gastón Pauls le preguntarían cuánto había costado la película: cuando dio la cifra, le dijeron que no, que ese era su cachet, que cuál había sido el presupuesto.

INGENIERÍA ARGENTINA

No había plata, ni siquiera para pagar una hora extra, pero no por eso Bielinsky mesuraría su hoy legendaria obsesión por la toma correcta, el rodaje minucioso, el tono adecuado. Al dar la orden de corte, contaban sus colaboradores, Bielinsky nunca estaba conforme, sentía que no le alcanzaba el tiempo (que es dinero). “La pasó mal, se la pasaba fumando, muy ansioso”, recuerdan: sabía exactamente lo que quería, no quería ceder, pero el dinero no alcanzaba para sus aspiraciones. Y a veces tenía que negociar; otras, inventar, aprovechar. Optimizar recursos. Costumbres argentinas.

Igual, parecía nunca ser suficiente, nunca alcanzar. Por el concurso, a Bielinsky le dieron veinte mil metros de película. Pidió diez mil más y los consiguió. Y luego, diez mil más. El equipo le pedía, por favor, que no repita más tomas. Todos se reían. Con cierta desesperación.

“NUEVE REINAS”, CON GOITY Y SBARAGLIA

Darín y Pauls no iban a ser Darín y Pauls: los elegidos para protagonizar “Nueve Reinas” eran Leonardo Sbaraglia, como Juan/Sebastián, y Gabriel Goity como Marcos. Sbaraglia se bajó: le avisaron que comenzaba el rodaje cuando terminaba, agotado, “Plata quemada”, y ya había asumido un compromiso en el exterior. Al Puma lo bajaron sin mucha explicación.

El casting inicial refleja algunas intenciones de Bielinsky que él mismo le contó luego a Darín: para Marcos, no quería un personaje que generara empatía. Ricardo, se sabe, seduce con esa mirada de buen tipo a la que el director, de hecho, quiso ponerle lentes de contacto marrones.

Marcos tenía que ser “una lacra humana”, contaría Darín. Para el actor, tenía que tener algo seductor. “Nueve Reinas” terminó siendo la película que llevó al intérprete hacia un registro más amplio, más oscuro: el chico de “Mi cuñado” de repente era un estafador cínico, gracias también a un espectacular cambio de look, incluida la memorable barbita de “garca”.

ESTÁN AHÍ, PERO NO LOS VES

En algo que sí pudo ahorrar la producción es en extras: si Buenos Aires está impregnada en el celuloide de “Nueve Reinas”, si está encarnado en esos cuarenta mil metros de cinta virgen el vértigo y el rebusque de la city porteña, el ritmo de Constitución, el alma de la urbe, es porque muchas escenas se rodaron casi de manera documental, “por asalto”, como definiría Darín, aprovechando los “extras” reales: los porteños mismos que caminaban por ahí.

La película transcurría en la calle, y muchas veces no había dinero para extras, o para cortar todo. Entonces, llevaban a los protagonistas en camioneta hasta la locación: ellos bajaban, actuaban aprovechando el movimiento real de la calle y, desde la camioneta, se filmaba la escena. Muchas veces los reconocieron, los descubrieron, y arruinaron la toma, para nerviosismo de quienes contaban los metros de cinta. Una vez, pasó el tío de Gastón por allí.

“Tomábamos la calle por asalto”, contó luego Darín en una entrevista realizada por Juan Manuel Domínguez para “El fulgor”, libro dedicado a Bielinsky. “Llegábamos en una combi; ya estábamos con la ropa. Sin maquillaje, ni peluquería, ni vestuario. Nos tirábamos a la calle, y a laburar. Muy adrenalínico todo; no fue convencional, fue más de batalla”.

Cuando rodaron en el banco, se acercaron curiosos: fueron los extras involuntarios que ayudaron a crear la idea de amontonamiento frente a la sucursal en quiebra. El equipo aprovechaba todo, y de esa costumbre de atar todo con alambre emana cierta “verdad”, como la definió Pauls en una entrevista por los 20 años de la película.

La adrenalina de filmar por asalto y a velocidad tiene sus riesgos, claro: la primera vez que intentaron filmar la escena de la corrida por Puerto Madero, la persecución de la motito, Pauls se tropezó y se lastimó feo la rodilla. Acarreó la lesión todo el rodaje: cuando por fin pudieron repetirla, en el mismo punto se desgarró Darín.

ESTE PAÍS SE VA A LA MIERDA

Con esa barba, Darín pronuncia a los pocos minutos de iniciada la cuestión una de sus frases más emblemáticas: “Crunchy”, dice, mientras mira una barrita que acaba de robar. “Elaborado en Grecia. Este país se va a la mierda”.

Durante mucho tiempo se dijo que el éxito de “Nueve Reinas” tenía que ver con que era una película apolítica: el género, el marco policial, era más que el marco que encuadra la pintura; era la pintura misma. Entretenimiento puro. “No es una película que baja línea”, afirmó, 20 años más tarde del estreno, Darín.

Y sin embargo, allí está un representante de cierta clase de porteño, el tramposo, el vivaracho, echándole la culpa de un país que “se va a la mierda” a otros. Allí está la falta de protección a la industria local, el desapego por lo nuestro, y, claro, el apocalipsis siempre inminente en este país. Es el año 2000, en un año, volará todo por los aires: allí está, profético, el banco que quiebra y se queda con los ahorros de todos.

Así como no hacen falta camellos en el Corán, Bielinsky sabía por su querido cine de los 70 que no hacen falta discursos explicativos para hablar del presente. Marcos debía ser una lacra no por afán de villanía, sino por lo que representaba en el cierre de esos 90 donde la corrupción de repente era un valor, una avivada más, donde el dinero parecía ser el único fin, y justificaba todo medio.

Siempre creí que la anteúltima escena, la del subte, el autito de juguete y los 10 pesos, cifraba aquella visión: el chico elige, no le queda otra, el dinero, pero Bielinsky le ofrece el auto, el juego. En la vida, no todo es dinero, tampoco en el cine, donde esa dicotomía se plantea todavía hoy para las películas nacionales: o son de autor o son para hacer plata. Y la película, al final, era un poco sobre eso: sobre el dinero, pero también sobre el juego, sobre la creatividad, en esa tierra yerma donde todo es el dinero (“¿de qué otra cosa podrían hablar los cineastas argentinos, que siempre hablan de dinero? Y al mismo tiempo: ¿qué podríamos ver en las películas sino, alternada y recurrentemente, los orígenes o los efectos de las crisis?”, escribe Sergio Wolf en “El fulgor”).

Bueno, resulta que en realidad, en el guion perfecto el chico elegía el auto. A Damián Leibovich, meritorio de la producción, le parecía una falsedad, y un día se animó a plantearlo. El cineasta lo discutió: el auto era el padre de Juan/Sebastián, era su infancia. Al final, le hizo caso a Leibovich.

PRINCIPIOS Y FINALES

Tampoco apareció en la película otra escena planteada en aquel guion perfecto: transcurría, curiosamente, cerca de Olidén, y abría la película. Era una escena onírica, incluía una ruta y un auto incendiado, y se filmó, pero fue cortada.

La escena final sí era la misma, pero se rodó dos veces: la primera no conformó a Bielinsky, que, obsesivo hasta el final, volvió tras el cierre del rodaje a aquel galpón para repetirla. El español que hacía de Vidal Gandolfo ya había vuelto a su país: sus apariciones en la escena son las del primer corte.

EL ÉXITO

Filmada por un millón de pesos, la película fue un éxito inmediato que se retroalimentó con el boca en boca. Tuvo una salida limitada, pero le alcanzó para llevar un millón y medio de espectadores, recaudando más de 5 millones de pesos.

Para algunos, fue la película que cerró la grieta entre el cine popular, las comedias de Francella que andaban dando vueltas por entonces, y el Nuevo Cine Argentino, premiado a nivel internacional pero sin espectadores a nivel local (se habían estrenado recientemente “Pizza, birra, faso”, “Mundo grúa” y “Silvia Prieto”. En rigor, esa grieta no parece haberse cerrado, para nada: la muerte de Bielinsky parece haber truncado ese horizonte.

 

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