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Temas |EL MITO DEL NIÑO PRODIGIO

Los que llegan más lejos no siempre empiezan primero: cómo ser exitoso de grande

Estudios muestran que quienes alcanzan su mayor superación en la adultez rara vez fueron destacados de niños y, en general, siguieron trayectorias más lentas y diversas. Lejos de la especialización temprana, explorar múltiples disciplinas es una ventaja clave

4 de Enero de 2026 | 03:40
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Durante mucho tiempo, la cultura del éxito construyó un relato seductor y aparentemente indiscutible: quien empieza antes, llega más lejos. Niños prodigio, talentos precoces, adolescentes que rompen récords y acaparan titulares fueron presentados como el anticipo inevitable de una carrera extraordinaria. Sin embargo, una serie de investigaciones científicas recientes —con un estudio publicado en la revista Science como punta de lanza— viene a poner en jaque esa narrativa y a proponer una lectura mucho más compleja, y también más humana, del desarrollo del talento a lo largo de la vida.

El trabajo, liderado por el científico deportivo Arne Güllich junto a un economista deportivo y dos psicólogos, analizó 19 grandes conjuntos de datos ya existentes que abarcan a más de 34.000 adultos de altísimo rendimiento en todo el mundo. Entre ellos, bases completas que incluyen a todos los premios Nobel de Física y Química hasta el momento de la publicación, además de músicos, ajedrecistas, científicos y deportistas de élite. A eso se sumaron 66 estudios previos sobre niños prodigio y personas que, ya adultas, quedaron apenas por debajo del nivel máximo en sus respectivos campos.

Cuanto más diversas las trayectorias, más chances de mejorar / Freepik

LO QUE DICEN LOS EXPERTOS

La conclusión central es tan contundente como contraintuitiva: el desempeño sobresaliente en la infancia no predice, en la mayoría de los casos, el máximo rendimiento en la adultez. De hecho, al comparar a quienes alcanzaron “los niveles más altos de logro” con otros individuos de alto rendimiento, los investigadores encontraron que el desempeño final máximo suele estar asociado negativamente con el desempeño temprano. Dicho de otro modo, quienes brillaron menos de jóvenes tienen, estadísticamente, más probabilidades de llegar más lejos.

Los datos muestran que los caminos hacia la excelencia suelen dividirse en dos grandes modelos. Por un lado, el modelo del prodigio juvenil: una especialización temprana, un foco casi exclusivo en una sola disciplina y un progreso rápido en los primeros años. Es el pianista que no toca otro instrumento, el nadador que evita cualquier deporte fuera de la pileta, el estudiante que dedica toda su energía a una sola área del conocimiento. Por el otro, un modelo menos celebrado pero más frecuente entre las élites adultas: trayectorias con exploración temprana, participación en múltiples disciplinas, avances graduales y una especialización que llega más tarde.

Este segundo patrón aparece con una regularidad sorprendente en disciplinas muy diferentes entre sí. En el deporte, por ejemplo, quienes alcanzan el máximo nivel mundial suelen haber practicado varios deportes durante la infancia y la adolescencia. En la música, muchos intérpretes y compositores destacados exploraron distintos instrumentos antes de concentrarse en uno. En la ciencia, una gran parte de los premios Nobel no mostró señales extraordinarias en la juventud y transitó recorridos académicos amplios antes de consolidar su campo específico.

La superación no siempre radica en una infancia prodigiosa / Freepik

ESTUDIOS QUE SORPRENDEN

La investigación no niega la existencia de excepciones. Casos como Mozart o Simone Biles demuestran que el talento precoz puede, en ocasiones, transformarse en grandeza sostenida. Pero los propios autores del estudio subrayan que esos ejemplos, por su espectacularidad, tienden a ocupar un lugar desproporcionado en el imaginario colectivo. “Con mayor frecuencia, las élites a largo plazo progresan lentamente y finalmente superan a los niños prodigio”, señala el trabajo.

 

Niños prodigio y talentos precoces fueron presentados como el anticipo de una carrera exitosa

 

Este hallazgo dialoga con una vasta literatura previa, especialmente en ciencias del deporte. El Modelo de Desarrollo de la Participación Deportiva, uno de los marcos teóricos más influyentes en el área, distingue entre la “ruta de especialización temprana” y la “ruta de muestreo”. La evidencia acumulada indica que esta última —caracterizada por la diversidad de experiencias— se asocia no solo con mejores resultados a largo plazo, sino también con menor riesgo de lesiones, menor agotamiento psicológico y una relación más saludable con la actividad. La especialización precoz, en cambio, suele ofrecer ventajas iniciales que se diluyen con el tiempo.

Ser un niño prodigio no siempre garantiza una adultez ilustre / Freepik

MÁS AVANCES

Meta-análisis recientes refuerzan esta idea: solo una pequeña proporción de quienes se destacan claramente en la infancia logra mantenerse en la cima en la adultez. En algunos estudios, esa cifra ronda apenas el 10 %. El resto queda en el camino, no necesariamente por falta de talento, sino por desgaste, lesiones, pérdida de motivación o por haber alcanzado un techo demasiado pronto.

Lo interesante es que este patrón no se limita al deporte. En la ciencia y la creatividad, investigaciones retrospectivas muestran que muchos innovadores destacados tuvieron trayectorias erráticas, intereses múltiples y progresiones lentas. La creatividad, sugieren estos estudios, se nutre de cruces entre disciplinas, de experiencias diversas y de tiempos largos de maduración. La figura del genio precoz, encerrado desde niño en una sola obsesión, parece ser más un mito cultural que una regla empírica.

 

Quienes brillaron menos de jóvenes tienen más probabilidades de llegar más lejos

 

Para Arne Güllich, uno de los aspectos más llamativos del estudio es la similitud de los patrones de desarrollo entre campos muy distintos. “Aunque las disciplinas tengan perfiles de habilidades y estructuras de edad completamente diferentes, el patrón de desarrollo de los mejores del mundo es notablemente parecido”, explicó en una entrevista. Esa coincidencia refuerza la idea de que no se trata de un fenómeno aislado, sino de una lógica general del desarrollo humano.

Desde afuera del equipo investigador, las reacciones fueron mayormente positivas, aunque no exentas de matices. Keith Simonton, profesor emérito de psicología de la Universidad de California y referente mundial en estudios sobre creatividad, celebró el mensaje implícito del trabajo. “Hay algo esperanzador aquí para quienes no fuimos niños prodigio”, dijo. “A menudo, la tortuga vence a la liebre”.

El estudio también reconoce sus limitaciones. Se basa en datos observacionales, tanto prospectivos como retrospectivos, y no en experimentos aleatorios que asignen distintos recorridos de desarrollo a los niños. Ellen Winner, investigadora asociada al Proyecto Cero de Harvard y especialista en niños prodigio, señaló que hubiera sido útil analizar por separado los resultados de ambos tipos de estudios. Aun así, la convergencia de evidencias de múltiples fuentes le otorga solidez a las conclusiones.

El superdesarrollo en la niñez se ve como el éxito y no siempre tiene relación con la maduración humana / Freepik

Más allá del ámbito académico, los hallazgos plantean interrogantes profundos para los sistemas educativos, deportivos y culturales. En un contexto atravesado por rankings, evaluaciones tempranas y una presión creciente por “detectar talento” a edades cada vez más bajas, la investigación sugiere que apurar los procesos puede ser contraproducente. Tal vez el verdadero desafío no sea identificar a los que brillan primero, sino crear entornos que permitan explorar, equivocarse y crecer sin la exigencia permanente de resultados inmediatos.

En definitiva, el mensaje que emerge de esta línea de investigación es claro y, a la vez, disruptivo: llegar tarde no es sinónimo de llegar mal. En muchos casos, es exactamente lo contrario. El éxito duradero, parece decir la ciencia, no siempre corre a la velocidad del aplauso temprano, sino al ritmo más silencioso —pero persistente— de quienes avanzan despacio y no se detienen.

 

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