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FRANCISCO M. OLIVERO
Pablo Gerchunoff abre su nuevo libro con una confesión que es también una declaración metodológica. El título y el subtítulo necesitan explicación, reconoce, y eso es un doble problema de origen. Lo que sigue a esa advertencia es el esfuerzo por resolverlo, y de ese esfuerzo emerge el argumento central de La demora y la prisa. Historia de los (des)equilibrios sociales argentinos.
La historia argentina puede leerse como una sucesión de desfasajes entre el tiempo propio y el del mundo, entre el ritmo de las instituciones y el de las expectativas, entre lo que se tiene y lo que se anhela.
La palabra “equilibrio” del subtítulo no remite a ninguna armonía universal garantizada por mercados bien engrasados. Remite, más bien, a la segunda acepción de la Real Academia, aquella que describe “la situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse”. Un equilibrio que es en realidad un desequilibrio, o en todo caso intrínsecamente inestable.
Los cuatro ensayos que componen el volumen comparten esa mirada. El primero, que le da nombre al conjunto, recorre las siete estaciones del equilibrio social argentino desde la independencia hasta el presente. La demora es la deuda acumulada respecto de los primos más afortunados, los espacios de colonización tardía como Estados Unidos, Canadá o Australia, que partieron con condiciones similares de tierra abundante y mano de obra escasa.
La prisa es la compulsión por saldarla, el impulso reparador que una y otra vez prometió cerrar la brecha y una y otra vez encontró su límite en tensiones no resueltas. Los ensayos sobre la inserción internacional, el peso de la contingencia política y la cuestión monetaria son cada uno un espejo particular de ese argumento más amplio.
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El último capítulo, “Desencuentros de los argentinos con su moneda”, nació de una dificultad de intentar explicar el presente y la de prever sus resultados. Ante esa dificultad, el camino natural fue el refugio en la historia. No para afirmar que la historia se repite ni para instalar ningún determinismo, sino para rastrear los detalles relevantes de nuestras frustraciones monetarias y entender en qué medida tienen raíces más profundas que las decisiones de turno.
El ensayo está atravesado por la idea de que la historia de la moneda es incomprensible si se pretende independizarla de la historia social, política y productiva. En tiempos en que se tiende a creer que resueltas las cuestiones fiscales y monetarias el resto se acomoda solo, el recorrido que proponemos opera como una advertencia.
El capítulo avanza en siete estaciones desde 1810, cuando los hombres de mayo apostaron a los recursos del Potosí que pronto perderían, hasta el presente. En cada estación, el nudo es el mismo: la confianza en la moneda depende de la solidez del Estado que la respalda, y esa solidez nunca fue dada de antemano.
La primera estación es la de las “monedas sin nación”: sin el metálico del Potosí, las provincias emitieron sus propios medios de pago, mientras Buenos Aires consolidaba un banco que circulaba más por la vitalidad de su economía ganadera que por la autoridad de un Estado todavía inexistente.
La llegada de Pellegrini al poder en 1890, tras la crisis que hundió a la Casa Baring, inauguró un punto de inflexión: la Caja de Conversión y el Banco de la Nación Argentina pusieron finalmente las bases de una moneda para la nación. Era el fin de una demora de ochenta años. La convertibilidad de 1899 bajo el patrón oro confirmó esa inflexión con números elocuentes, el PBI creció 121% entre ese año y 1913.
El recorrido posterior ilustra cómo esa estabilidad fue siempre frágil y dependiente del mundo exterior. La Primera Guerra Mundial cerró provisoriamente la Caja de Conversión en 1914; la Gran Depresión terminó de hacerlo en 1929. Desde entonces, cada intento de estabilización, desde los planes heterodoxos de los años ochenta hasta la convertibilidad de los noventa con su “argendólar”, heredó el mismo problema estructural: la ausencia de una confianza colectiva capaz de anclar las expectativas.
El dólar, que pasó de reserva de valor marginal a competidor permanente del peso después de 1975, es quizás el síntoma más elocuente de ese déficit. Las comparaciones regionales son reveladoras. Entre 2006 y 2023, Argentina registró una inflación promedio del 40% anual, contra el 5% de Brasil, el 4% de Chile y el 8% de Uruguay. Nunca antes la brecha con el vecindario había sido tan amplia ni tan sostenida.
Lo que el capítulo busca transmitir no es la fatalidad de ese resultado sino su complejidad. Los “desencuentros” no son accidentes sino síntomas de estructuras que se reproducen. Lo que vivimos en la última década es una secuencia inflacionaria del 25% al 200% que termina encrespando a la sociedad hasta el punto de producir sus propios antídotos, tan radicales, por momentos, como el mal que intentan curar. Si esa nueva prisa logrará saldar la vieja demora es algo que la historia todavía no sabe.
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