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MALVINAS

Diario de Viaje

Esta semana el cementerio de Darwin, en Malvinas, volvió a ocupar el centro de la atención a partir de la inauguración de un monumento a los caídos argentinos en la guerra que motivó la visita de un nutrido grupo de familiares a las islas. Esas visitas comenzaron ayer y volverán a repetirse el sábado próximo. En esta nota, un académico que habitualmente colabora con este diario refleja las sensaciones que lo embargaron en un reciente viaje a las islas, especialmente, al ingresar al cementerio argentino y a los escenarios de los enfrentamientos de Darwin y Goose Green. Por: Raúl Martinez Fazzalari

Llegar al aeropuerto militar de Mount Pleasant en las Islas Malvinas es una sensación difícil de describir. Lo primero que pensé fue que a pesar de los pocos kilómetros que separan las islas del territorio continental, hay distancias que se deben medir por otros parámetros, distintos que el sistema métrico. A lo largo del camino desde el aeropuerto hacia Puerto Argentino, se pueden ver numerosos campos en que se advierten de la presencia de minas. Restos y tristes recuerdos de los días de abril, mayo y junio de 1982.

Una vez instalado en la casa de la familia que me alojó salí a recorrer la ciudad. El pueblo es pequeño y lo primero que llama la atención son las casas bajas y las pocas personas que caminan por sus calles. Solo el paso de las 4x4 denota la existencia de pobladores. El viento constante en determinadas época del año ayuda a no salir de los hogares.

Fui a Darwin y Grosse Green, los lugares donde se produjeron los enfrentamientos más encarnizados y decisivos del mes de mayo de año 82. En Darwin se encuentra el cementerio argentino. El día que lo visité, con un sol radiante y un viento intenso que no cesó durante todo la mañana pude ver, y ser un testigo lejano, de la crueldad de la guerra.

Resulta difícil describir el panorama, el paisaje y la condición de un lugar tan desolado y remoto. Allí están las casi 300 cruces blancas que en su mayoría pertenecen a soldados de los que se desconoce el nombre. Se entra por una pequeña tranquera y enfrente se encuentra una enorme cruz blanca debajo de la cual se colocan placas, flores, cartas y todo tipo de ofrendas. Yo dejé el poema de Jorge Luis Borges "En Memoria de Angélica". Recorrí las tumbas y al azar elegí una de las tantas cruelmente anónimas para colocar sobre ella un rosario.

He conversado con los isleños de casi todo lo que pude hablar. Fútbol, noticias, cine y por supuesto de la guerra. Jamás sentí una agresión, un comentario peyorativo o despectivo para con la Argentina. Hasta me invitaron a almorzar en casa de una familia junto a 8 personas.

Todos por supuesto sabían que era argentino y el tema de la guerra fue interesante y extraño conversarlo con ellos y en esa circunstancia. Les pregunté como lo habían vivido y como había sido la vida diaria durante aquellos meses. Me abstuve de preguntar lo que sintieron durante esos días. Coincidimos todos en la locura de la guerra y lo descabellado (para calificarlo suavemente) de aquella aventura militar.

RESTOS DE LAS BATALLAS

Es sorprendente que a 27 años de la guerra se puedan encontrar restos de las batallas. Desde el Monte Tombledown, a 10 kilómetros de Puerto Argentino, se produjo el ataque final de las tropas británicas. Allí vi balas, partes de fuselajes de avión, una cocina, hierros oxidados e irreconocibles y sobre el terreno aún las huellas de los impactos de las bombas.

Durante todo el viaje tuve una extraña mezcla de rabia, pena y soledad. Alegría por estar allí y por haber visto las cosas que vi, esperanza de volver, cariño por las personas que conocí. Amistad con algunas y agradecimiento con otras. Pensé bastante e intenté entender algunos sentimientos como la nostalgia, la rabia o la cobardía. También el sentido del valor, de la entrega y del coraje. Pensé mucho en mis hijas que tienen pocos años menos que los chicos que allí descansan. Cuando regresé las abracé y las besé de una manera diferente.



(*) Especialista en Derecho y Nuevas Tecnologías

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