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Tras el homicidio de su padre, Oscar “Colo” Pérez eligió el camino de la solidaridad para intentar transformar la realidad social. El martes pasado la vida lo sorprendió con una extraña casualidad
la ruta de la solidaridad suele ser un camino bastante frecuentado por el colo pérez para intentar cambiar la realidad social /césar santoro
Nicolás Maldonado
nmaldonado@eldia.com
Oscar Pérez tenía 60 años y estaba por jubilarse como repartidor de artículos de kiosco cuando el 21 de julio de 1998 bajó de su camioneta para entregar un pedido en El Dique. Hacía rato que su familia le insistía para que “se dejara de jorobar” con el trabajo, pero él seguía ocupándose de algunos viejos clientes. Aquello era su vida y conocía de sobra los riesgos para que le dijeran lo que tenía que hacer. Quizás por eso no se sobresaltó cuando esa mañana se vio de pronto abordado por un joven que le exigía la plata: se limitó a sacar su billetera y se la dio. Jamás hubiera podido prever lo que ocurriría un instante después.
La muerte de su padre, de un disparo a quemarropa en la cara, marcó para siempre la vida de Pablo “el Colo” Pérez, que tenía 28 años cuando ocurrió. Si bien para entonces ya solía involucrarse en iniciativas sociales, a partir de aquel momento comenzó apostar cada vez más a la solidaridad como motor para cambiar esa realidad que le había arrebatado a su papá. Con un grupo de amigos arrancó dando apoyo escolar a chicos en villas y terminó fundando años más tarde “La Plata Solidaria”, una ONG que impulsa colectas para llevar alimentos, útiles escolares y ropa de abrigo a familias en la periferia de la Ciudad.
El martes pasado, cuando se encontraba con su camioneta repartiendo donaciones en El Dique, el Colo Pérez sintió que el lugar le resultaba familiar. Enseguida se dio cuenta que estaba en la cuadra donde veinte años antes habían matado a su padre. Como no encontraba la dirección de la mujer a la que iba a llevarle la ayuda, revisó su Whatsapp y al ver su apellido pensó que “era demasiada casualidad” pero no dijo nada. Localizó a la señora, le entregó unas bolsas con ropa de abrigo para sus hijos y, tras intercambiar con ella unas pocas palabras, siguió camino hasta que unas cuadras más adelante ya no pudo aguantar más.
“¿Por casualidad sos algo de Javier Herrera”, tecleó en su teléfono y sin pensarlo demasiado apretó “enviar”. La respuesta de la mujer con la que había estado charlando unos minutos antes no tardó en materializarse en la pantalla. “Soy su hermana”, decía. “Yo soy el hijo de Oscar Pérez: tu hermano asesinó a mi papá”, le respondió menos sorprendido por las vueltas de la vida que por su propia reacción. Por alguna razón que no terminaba de entender en ese momento aquello no le despertó el rencor sino una extraña paz.
La historia del Colo Pérez y M., la hermana del asesino de su padre (quien pidió que no se mencionara su nombre en esta nota) es la de dos familias rotas por la violencia de nuestra sociedad. Pero también es la historia de alguien que eligió no atarse al odio y las elecciones fáciles que suelen abundar hoy. Sin dejar de sentir en su momento esa bronca, que él mismo reconoce que marcó parte de su vida, eligió seguir un camino difícil y lleno de contradicciones que el martes pasado, a la vuelta de una esquina cualquiera, finalmente lo recompensó.
Dos días después de que asesinaran a su padre, el Colo Pérez fue hasta la casa del hombre que le habían dicho que era el autor del crimen. Vivía justo enfrente del kiosco donde ocurrió el homicidio. Ni el mismo sabe bien que lo llevó hasta ahí. ¿Deseaba vengarse? Ganas no le faltaban, reconoce. Lo cierto es que se quedó solo en su auto viendo el lugar, las casas humildes, los pibitos jugando en la calle descalzos en pleno invierno… “Me preguntaba qué podía depararle el futuro a esos pibes: laburar de cartoneros o salir con un chumbo a afanar”, cuenta al rememorar esos días llenos de bronca, angustia y confusión.
Tiempo después llegó el juicio oral. En la sala de audiencias se encontró con la familia del homicida: “un montón de hermanas que rezaban” y lloraban como su propia familia. “No entendía nada: ¿por qué rezan?, me preguntaba yo mientras internamente pedía para que el asesino fuera en cana y no saliera más”, reconoce al contar que aquel deseo suyo no se cumplió. Aunque Javier Herrera fue condenado a 18 años de cárcel, dos por uno mediante estuvo unos años preso y en 2008 quedó finalmente en libertad.
Tras el juicio, Pablo siguió adelante con su vida. Necesitaba empezar a cerrar la herida y encontró una salida posible a través de la ayuda social. Con un grupo de amigos se dedicó a brindar apoyo escolar en villas, una elección que ya por entonces lo puso a prueba por primera vez. Entre sus alumnos tuvo al sobrino del asesino de su padre y también al hijo de quien lo encubrió. “Era una sensación rara, porque los pibes se reían, pero ellos no sabían quién era yo”, contó alguna vez.
Su elección lo había llevado a su vez a enfrentarse con sus propios seres queridos, que no entendían por qué actuaba así. Pero aunque mantenía fuertes discusiones con su familia, siguió adelante convencido de que aquello que estaba haciendo era precisamente lo que tenía que hacer.
Lo cierto es que una cosa fue llevando a la otra y sin darse cuenta el Colo se encontró de pronto formando parte de un gran grupo de vecinos de Tolosa que apostaban como él a poner el cuerpo para transformar la realidad social, ya no militando en un partido político, como alguna vez había hecho, sino a fuerza de trabajo y solidaridad. Fue así como finalmente en abril de 2013, tras la gran inundación de la Ciudad, nació La Plata Solidaria, una ONG que desde entonces ha realizado decenas de campañas para llevar leche a los comedores, brindar apoyo escolar en barrios carenciados, repartir calzado y ropa de abrigo en invierno y juntar juguetes todos los años para el Día del Niño, Reyes y Navidad.
Con el arranque de los primeros fríos de este invierno, al observar que muchas familias de la periferia no tenían medios para acercarse a los percheros solidarios instalados en el centro, los integrantes de La Plata Solidaria resolvieron el mes pasado comenzar a llevar ellos mismos las donaciones de ropa a los barrios. La idea, a la que bautizaron “Abrigo Móvil”, llamó la atención del noticiero de TN, que la convirtió en una de las historias trasmitidas en horario central. En su casa de El Dique, M. fue una de los miles de televidentes que la vio.
Madre de ocho hijos y con uno en camino, la mujer anotó el número de teléfono que difundía el noticiero pensando que no perdía nada por intentar. Después de todo quién más que ella necesitaba esa ayuda. Con una única fuente de ingresos basada en las monedas que junta su pareja abriendo puertas de taxis frente al Bingo de La Plata, comprarles ropa a los nenes constituye un lujo que no se puede dar. A falta de ese lujo, dos de sus hijos, de 6 y 8 años, terminaron internados por neumonía en el Hospital de Niños, donde debieron operarlos para extraerles pus del pulmón.
Ajeno por completo a ese drama, el Colo Pérez tocó el timbre en la casa de M., una más entre las tantas que tenía previsto visitar. De no ser porque el barrio y el apellido de la dueña de casa le habían recordado el asesinato de su padre, aquella entrega no tenía para él nada de particular.
“Aunque estaba un poco conmocionado por tanta casualidad, quería sacarme la idea de la cabeza. Así que bajé calladito y sin decir nada le entregué las bolsas de ropa a la señora. Y como tenía unas mantitas de bebé, aproveché también para darle cosas a una vecina embarazada que se nos acercó”, cuenta el Colo, que no pudo sin embargo quedarse con la duda. Tras despedirse de ellas, detuvo su camioneta y mandó aquel mensaje que terminó revelándole la verdad.
“Me quería matar al enterarme quién era él”, reconoce M., quien aceptó dar la entrevista a condición de no hablar de su hermano, a quien hace tiempo que no ya no ve y del que sólo sabe que “hoy se dedica a cartonear”. También a ella el recuerdo de lo que hizo parece llenarla de dolor.
“Recién me enteré que había matado a un hombre unos días después en el Hospital Rossi, cuando fui a ver a mi mamá que sufrió un infarto por lo que pasó. A los meses también mi papá, que manejaba un camión de basura, sufrió un ataque al corazón y se murió. Mi familia tuvo que irse del barrio porque no podían vivir más en un lugar donde todos los vecinos los veían como asesinos. Fue muy injusto para todos: de los doce hermanos que somos, él fue el único que salió así”, dice la mujer.
“Cuando me enteré quién era esta persona nos había traído la ropa para los nenes volví a sentirme muy culpable por ser la hermana de alguien que mató –asegura-. Me hubiera gustado que en lugar de mandarme un mensaje me lo hubiera dicho personalmente. Lo hubiera abrazado para pedirle disculpas, aunque también nosotros sufrimos mucho por lo que pasó”.
“¿Qué culpa puede tener ella –dice por su parte el Colo Pérez del otro lado de la línea-. De haber sabida antes quien era hubiera actuado igual. Me importa un carajo eso. Su hermano me arrebató a alguien que amaba y a cambio yo pude algo que tal vez la ayude. Cualquiera que me conoce sabe que no soy muy místico pero esa idea me hizo sentir bien. Si alguna vez estuve confundido con lo que sentía, hoy ya no lo estoy”.
Su elección lo llevo incluso a enfrentarse con sus propios seres queridos
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