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Ejercicio físico: fármaco amigo para enfermedades crónicas
Ejercicio físico: fármaco amigo para enfermedades crónicas

Un afectado por esclerosis múltiple, enfermedad autoinmune, realiza sus ejercicios de rehabilitación /Javier Cebollada

29 de Diciembre de 2019 | 02:39
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¿Pero qué ocurre con el ejercicio si se trata de personas con alguna enfermedad grave o crónica como una afección cardiovascular o esclerosis múltiple?

Pues a decir de los expertos, el entrenamiento físico también se está revelando cada vez más como un potente fármaco, aunque el estado de los pacientes pudiera parecer, a priori, totalmente incompatible con cualquier ejercicio que requiera un mínimo esfuerzo.

Una vez aceptada esta tesis, el quid de la cuestión reside en acertar con las dosis adecuadas, principalmente en tiempo e intensidad.

Así lo han explicado los profesores José Manuel Sarabia y David Barbado, del Centro de Investigación del Deporte de la Universidad Miguel Hernández de Elche, en el curso de Verano de El Escorial “Deporte y salud, deporte e igualdad”, de la Universidad Complutense de Madrid.

En relación a las patologías cardiovasculares hay mayores evidencias científicas sobre la bondad de los ejercicios físicos para la rehabilitación de estos pacientes.

Organizaciones internacionales como la Sociedad Americana de Rehabilitación Cardiovascular y Pulmonar fija en tres fases los ejercicios físicos que deben hacer aquellos que han sufrido un infarto o un episodio grave cardiovascular.

La fase I, que coincidiría con la estancia del paciente en el hospital, habitualmente de 6 a 14 días, los ejercicios físicos recomendados se realizan con movimientos amplios de los miembros, ejercicios en la cama, sentarse y levantarse de forma intermitente y caminatas.

En la fase II y durante el período de convalecencia, es decir tras el alta hospitalaria pero todavía baja laboral (entre 8/12 semanas), la actividad física se prescribe después de determinar el perfil de riesgo y los resultados del test ergométrico.

En la fase III se llevaría a cabo un programa supervisado de desarrollo y mantenimiento, de 4 a 6 meses de duración, combinando ejercicios de fuerza con ejercicios aeróbicos.

La primera fase, apunta Sarabia, es primordial que comience cuanto antes, “aunque en el pasado se recomendaba que el paciente permaneciera en cama casi sin moverse hasta estabilizarse, ahora se prescribe todo lo contrario”. “Y en las primeras 24 horas ya pasean por el pasillo con el gotero, aunque les haya dado un infarto el día antes y les hayan puesto un muelle”.

“Esto es muy importante porque si los dejas cinco días tumbados en la cama lo que hacen es empeorar esa condición física que seguramente era bastante mala al llegar”.

En la segunda fase se busca que el paciente vaya al hospital a realizar ejercicio físico bajo supervisión y la tercera fase, apunta, debe ser para toda la vida, porque “en el momento en el que deje de hacer ejercicio todo lo ganado en las fase anterior se pierde”.

“Empezarán de nuevo los problemas de colesterol y se volverá a la misma situación de riesgo”.

Pero la cuestión de fondo reside en saber cuál es la cantidad de ejercicio físico que debe hacer cada paciente para estimular esas mejoras. Cuál debe ser el volumen, la intensidad y la frecuencia.

 

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