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Matías Lobos *
Los estados de bienestar se constituyeron en el mundo occidental de la segunda posguerra como instrumentos para lograr un fin muy preciso: evitar que las clases trabajadoras y los sectores medios brindaran legitimidad social a modelos políticos comunistas. Recordemos que en esos años corría por el viejo continente el temor rojo, con cierta base de certeza, habida cuenta, por ejemplo, que el partido comunista italiano era el segundo partido a nivel mundial en cantidad de afiliados entre los partidos que profesaban la fe comunista.
La mecánica de funcionamiento de los mencionados estados era muy concreta: dotar a los sectores sociales detallados de un conjunto de derechos sociales y prestaciones económicas que posibiliten la integración de los mismos al sistema capitalista en un doble engranaje, como consumidores y como trabajadores. La inclusión social plena al sistema económico se conformó como la moneda de pago para extirpar de dichos sectores sociales su potencial revolucionario. Nuestro país no estuvo ajeno a este proceso internacional, y fue uno de los países sudamericanos donde el estado de bienestar alcanzó un grado de expansión considerable.
El actual estado de desarrollo capitalista enfrenta un nuevo desafío: el malestar social de clases trabajadoras y sectores medios integrados al sistema económico, pero que han perdido posiciones relativas en él, y han perdido una perspectiva de progreso y ascenso social de cara al futuro mediato.
Fenómenos tales como los indignados en España, los chalecos amarillos en Francia, los movimientos de protestas en Chile y Colombia, el voto a Trump en los Estados Unidos; son expresiones del malestar indicado. Como contrapartida a esta situación, los estados de bienestar se han ido focalizando en atender demandas de los excluidos; y han dejado de velar por el bienestar de los trabajadores y clases medias. Sin temor a caer en exageraciones desmesuradas, los estados de bienestar se han transformado en excelentes gerentes y administradores de una pobreza que se extiende y generaliza. La lógica que alimenta el sistema de políticas sociales en Argentina es un claro ejemplo de esto último.
Consideramos fundamental pensar un nuevo estado de bienestar en nuestro país que se piense desde dos esferas complementarias. En una de ellas, diseñar y ejecutar políticas de bienestar tendientes a mejorar la situación de los trabajadores y las clases medias. Brindar oficios a quienes no lo tienen, permitir que quienes tengan un oficio puedan ensayar un emprendimiento, quienes tienen emprendimientos puedan crecer y transformar los mismos en una pequeña o mediana empresa, quienes tienen empresas puedan mejorar su competitividad y ofrecer puestos de trabajo calificados.
En la otra esfera, mantener el actual andamiaje de políticas sociales pero poniendo límites temporales a las mismas, y ofrecer incentivos selectivos para que sea más atractivo para las personas dejar esta esfera y pasar a la otra. En definitiva, ir desinflando de manera paulatina la esfera que mantiene a los beneficiarios en un estado de pobreza administrada y controlada, e ir inflando la esfera que permite que las personas vivan de su trabajo con dignidad.
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Ni más ni menos, apostar de forma contundente por un nuevo estado de bienestar que deje de reproducir pobres, y apueste por tener trabajadores y sectores medios.
* Politólogo, especialista en Políticas Sociales.
“Han dejado de velar por el bienestar de los trabajadores y la clase media”
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