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El urólogo empecinado

El urólogo empecinado

Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda

12 de Marzo de 2023 | 04:34
Edición impresa

Pablo Colaci, urólogo platense, fue condenado en 2018 por masturbar a sus pacientes para poder curarlos. Estuvo un año y medio detenido por sus prácticas abusivas y después le concedieron prisión domiciliaria. Pero en casa empezó a extrañar aquellos desahogos y volvió a sus viejas manipulaciones. Ahora lo mandaron otra vez a prisión. Evidentemente, es un empecinado que está convencido del poder sanador de sus abusos.

En junio de 2022, en domicilio, un paciente de 23 años lo denunció por haberle hecho sexo oral y “otras prácticas vejatorias”. Empezó a palparlo y se entusiasmó. Por eso la Justicia, que ya lo había calificado de “abusador serial” en 20l8, ahora lo volvió a encerrar y lo puso a prudente distancia de cualquier bragueta preocupada.

Cuando lo condenaron, se tuvieron en cuenta 15 hechos de “abuso sexual gravemente ultrajante para la víctima”. Y otros dos por “abuso sexual con acceso carnal”. También lo acusaron por “corrupción, porque uno de los pacientes que habría sido abusado es menor”. Realmente, un innovador que le dio otro aire al poder curativo de la imposición de manos.

La condena de Colaci -especialista de impecable trayectoria profesional, docente de la UNLP, premiado y reconocido por sus pares- sorprendió a colegas y clientela. Quizá, más allá de querer darse un gusto, aspiraba a constituirse en un facultativo nostálgico de la vieja medicina. Muchos pacientes se quejan hoy por el trato despersonalizado que brindan algunos galenos, quienes sólo tienen oídos para escuchar lo que le dicen los aparatos. Extrañan el contacto con ese clínico que conocía su cuerpo y sabía recorrerlo para ubicar las nanas. Hay tanta tecnología sofisticada, que quizá este urólogo confianzudo sólo buscó recuperar los viejos hábitos de conversar, intimar y auscultar a sus enfermos. Era un partidario de revisiones hechas a mano, sin ayuda ni preparados, y usaba un ejercicio muy antiguo y muy entretenido para poder acertar con el diagnostico. Su rutina jamás cambió. Preparaba la camilla y apelaba a sus manotazos para aliviar a esos pacientes que buscaban acabar con sus temores. Acudía a la masturbación -así lo insinuaba- para ayudar a la ciencia más que para sacarse las ganas. Gracias a esa manualidad, el profesional recogía lo que quería y el paciente alcanzaba un alivio fuera de programa que lo dejaba como de entrecasa. Sin hacer doler, con cuidado, el enfermo se dejaba masturbar para que el doctor pueda ir ajustando trastornos y tratamiento. Este abusador serial permitía darle otra excitación a la consulta. Su método puso en jaque los alcances de la cátedra y le abrió una ventana al poder saludable de masturbaciones y goteos. Al urólogo le sobraba entrenamiento y buen ritmo para este subibaja curativo. Su predisposición era tan fogosa que no medía riesgos. Y siempre tenía respuestas científicas cuando su faena despertaba la curiosidad del paciente. Ahora que los médicos se ponen guantes hasta para hacer las recetas, merece tenerse en cuenta la performance de un profesional arriesgado que, sin alcohol ni precauciones extras, con pulso firme, proponía un homenaje a los pioneros que metían mano sin aprensiones ni aparatos. Su operatoria intentaba amenizar el ejercicio médico y acortar el camino hacia el diagnóstico. Y durante el juicio, la defensa intentó darle rigor científico a este manoseo tan hospitalario. Su quehacer le devolvía familiaridad al mano a mano y de paso mejoraba el clima de intimidad y contacto en el consultorio. Pero cuando empezaron a llegar las denuncias de los desahogados de prepo, no pudo convencer a la fiscal de que caratulara la causa como “pajas sanadoras”. Los testimonios se repetían: escritorio, charla y camilla. La vieja liturgia de la revisación exhaustiva tenía su punto culminante cuando el visitante de buen aspecto entregaba bono y genitales para ver si lograba solucionar trastornos de allí abajo. Ahora, Colaci cayó por segunda vez porque en junio apareció este joven de 23 años que decidió consultarlo por un problema de “hipersensibilidad en el pene”. A Colaci, se la habrá hecho agua la boca cuando le dio el turno.

Durante el juicio, la defensa intentó darle rigor científico a este manoseo tan hospitalario

Su quehacer le devolvía familiaridad al mano a mano y de paso mejoraba el clima de intimidad en el consultorio

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