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Un habitante en el lecho del lago Poopó, donde hasta hace no muy poco había agua (Foto: WFP/Elio Rujano)
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Durante décadas, el Lago Poopó fue un punto cardinal de la vida en el altiplano boliviano. Los habitantes de sus orillas no sólo pescaban allí: construían sus balsas, celebraban sus rituales, transmitían sus historias y sostenían una identidad profundamente ligada al agua. Ser “qotzuñi”, en lengua aymara, significaba ser “gente de lago”. Pero ese territorio espiritual, productivo y cultural quedó reducido hoy a un desierto de sal, grietas y viento.
Lo que ocurrió en esta región no fue una tragedia repentina, sino un proceso lento y silencioso que durante años estuvo a la vista de quienes observaban el retroceso de las costas y el debilitamiento del ecosistema. La desaparición del lago borró un paisaje natural, pero también arrasó con un modo entero de vida, forzando a cientos de familias a reconstruirse desde cero.
El Poopó llegó a ser uno de los lagos más grandes de Sudamérica. A pesar de su escasa profundidad, su extensión de agua salobre era el hábitat de peces, aves migratorias y especies adaptadas al clima extremo. Las comunidades que lo rodeaban organizaban su economía y su vida social en torno a ese ciclo acuático.
Sin embargo, en los últimos años, las variaciones climáticas —con sequías más prolongadas y temperaturas crecientes— se combinaron con un uso intensivo del agua en la zona alta de la cuenca. La actividad minera, los desvíos de ríos, el consumo agrícola y la ausencia de controles sobre los caudales que alimentaban al lago sellaron su destino.
El resultado: un territorio antes azul convertido en un espejismo quebrado. Una gran depresión árida donde, hasta no hace mucho, se reflejaba el cielo.
“Los chicos que nacieron en los últimos años no saben lo que era estar en la orilla. Para ellos, el lago es un cuento”, contaron al diario La Nación residentes de la región, donde las escuelas aún guardan fotos antiguas para que los alumnos recuerden que alguna vez existió un horizonte de agua.
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En las localidades que circundaban el lago, como Puñaca Tinta María, la pérdida del Poopó fue sinónimo de éxodo. Sin pesca ni producción vinculada a la totora, los hombres migraron para buscar trabajo en ciudades o en zonas mineras. En muchos casos, las mujeres quedaron a cargo de los hogares, de los hijos y de la tarea de reinventar la economía familiar.
Caminando por los pueblos, aún pueden verse los galpones que alguna vez alojaron balsas, redes o embarcaciones livianas. Hoy están vacíos. Otros se usan como talleres improvisados donde se fabrican artesanías: tejidos, objetos de totora, pequeñas piezas que se venden en mercados turísticos para sostener ingresos que antes dependían exclusivamente del lago.
La estructura social cambió como consecuencia directa del desastre ambiental. Muchos adultos mayores recuerdan el sonido del agua golpeando contra las barcas o el brillo de los pescados secándose al sol. Las nuevas generaciones, en cambio, crecen en un entorno donde la memoria del lago es apenas un relato transmitido entre mates o en las asambleas vecinales.
Ante la amenaza del olvido, docentes y referentes comunitarios impulsaron iniciativas para mantener viva la identidad qotzuñi. En varias escuelas se organizaron espacios de memoria con fotografías, mapas, muestras de fauna desaparecida y explicaciones sobre cómo funcionaba el ecosistema del Poopó. También se promueve el uso de la lengua ancestral y se realizan talleres culturales para evitar que las costumbres se diluyan junto con el paisaje que las originó.
La artesanía no sólo se convirtió en un recurso económico: también en una forma de resistencia. Cada tejido, cada figura, cada pieza ornamental se vuelve un gesto para que las generaciones futuras comprendan que hubo un tiempo en el que la vida estaba profundamente ligada al agua.
Hace unos años, dos jóvenes realizadores argentinos viajaron hasta el altiplano para registrar la transformación del territorio y el impacto humano de la desaparición del lago. El proyecto, inicialmente pensado como un retrato íntimo, creció hasta convertirse en un cortometraje que ganó premios internacionales y captó la atención de festivales de cine de varios países.
El film, centrado en testimonios de pescadores, artesanas y líderes comunitarios, logró movilizar recursos para escuelas, emprendimientos locales y programas de preservación cultural. También sirvió para mostrar al mundo que la crisis climática no siempre se expresa en grandes cataclismos: a veces se traduce en pequeñas comunidades que pierden su identidad cuando el paisaje que las sostiene desaparece.
La historia del Poopó es parte de una tendencia más amplia: la fragilidad de los sistemas hídricos ante el cambio climático y la presión humana. Estudios científicos realizados durante años alertaban sobre el descenso del nivel del agua, pero el deterioro avanzó más rápido que las acciones para proteger la cuenca.
La combinación de temperaturas más altas, evaporación acelerada, disminución de lluvias y uso indiscriminado de los afluentes condujo a un punto sin retorno. El lago, que ya había atravesado ciclos de retracción en el pasado, no logró recuperarse esta vez.
El desenlace deja una duda inquietante: ¿cuántas comunidades en el mundo podrían atravesar un destino similar si no se replantean los modelos de consumo y gestión del agua?
El caso del Poopó muestra que la pérdida de un ecosistema no es un fenómeno natural aislado: es un golpe directo a la vida social, económica y cultural de quienes habitan ese territorio. Muchas familias tuvieron que reconfigurar rutinas, migrar o adoptar oficios nuevos. Otras se aferran a su identidad y buscan sostenerla en medio del vacío.
La desaparición del lago dejó una enseñanza dramática: cuando una comunidad pierde su entorno natural, pierde también parte de su historia y de su futuro. Pero la resiliencia de los qotzuñi —expresada en su cultura, en su trabajo artesanal, en su memoria colectiva— demuestra que incluso en medio de la adversidad es posible construir nuevas formas de vida sin renunciar a la raíz profunda que los define.
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